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La Historia se repite

La alianza contra natura del nacionalismo con la izquierda ha sido, sin duda, una de las causas del auge de los nacionalismos, como hábilmente intuyó Pujol.

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Jordi Pujol y Artur Mas | Flickr cc CDC

"De Pujol se podrá pensar que ha sido un mal banquero, que es de la derecha camuflada o que es feo, pero nadie, absolutamente nadie en Cataluña, sea del credo que sea, puede llegar a la más leve sombra de sospecha de que sea un ladrón". Con esta contundencia se expresaba Manuel Vázquez Montalbán, el oráculo máximo que ha tenido la izquierda en Cataluña, el 29 de mayo de 1984 en las páginas de opinión de El País. En aquel momento el entonces Honorable Pujol se veía en graves apuros porque la fiscalía quería actuar contra él por su actuación en Banca Catalana

"Artur Mas no es un delincuente" titula a toda página, también en página de opinión, El País del 3 de febrero de 2017, para introducir un artículo de Xavier Vidal-Folch. Justo cuando el ex Honorable Mas también se ve en apuros porque la Fiscalía está procediendo contra él por su actuación en la farsa del referéndum del 9 de noviembre de 2014.

Me ha resultado inevitable relacionar estos dos artículos, escritos con voluntad de exculpar a dos presidentes de la Generalidad en difíciles situaciones judiciales, y publicados en las páginas de opinión del mismo periódico.

Es significativo que Vázquez y Vidal-Folch inicien sus razonamientos con concesivas, como si quisieran cargarse de razón para soltar después la rotunda afirmación exculpatoria. El viejo leninista que era Vázquez empieza diciendo que de Pujol se podrían criticar muchas cosas, pero que no era un ladrón. Vidal-Folch, que no es leninista, empieza su artículo concediendo que Artur Mas ha sido el peor presidente de la Generalidad, pero que no ha cometido ningún delito en todo lo que se refiere al 9-N.

La diferencia en sus razonamientos exculpatorios estriba en que Vidal llena la sábana de El País en defensa de Mas con argumentos de leguleyo, mientras que el creador del detective Carvalho basa su defensa de la honradez de Pujol en su mera percepción de que en Cataluña nadie, absolutamente nadie, lo considera un ladrón.

Resulta poco inocente titular a cuatro columnas que Mas no es un delincuente el mismo día, el 3 de febrero, en que la noticia más importante era que habían sido detenidos sus hombres de confianza por un asunto, el del 3%, que sí que conocía todo el mundo en Cataluña desde tiempo inmemorial, es decir, desde que Pujol llegó al poder, en 1980.

No me atrevo a sospechar lo que ha movido a Vidal a escribir su artículo exculpatorio, que estoy convencido de que no va a caer en el olvido porque todo el mundo sabe que el horizonte penal de Mas no se limita al 9-N, y hay fundadas sospechas de que la lenta Justicia española acabará juzgando los delitos del 3% que cometieron los dirigentes de CiU, donde Mas ha sido hombre clave. Y afirmar rotundamente su inocencia parece muy aventurado.

Pero sí me atrevo a describir el entorno y las causas que movieron al inteligente y brillante Vázquez Montalbán, que estaba al cabo de la calle de las tropelías financieras de Pujol, a escribir el suyo, que, 34 años después, se nos aparece como una muestra acabada del cinismo más depurado.

Todo empezó cuando, en 1960, el joven médico Jordi Pujol lanzó en el Palau de la Música de Barcelona unas octavillas con reivindicaciones nacionalistas. La Dictadura respondió a las octavillas llevando a su autor ante un Consejo de Guerra que lo condenó a siete años de cárcel, de los que cumplió más de dos, saliendo luego en libertad provisional.

No es aventurado suponer que en la cárcel tuvo tiempo para reflexionar sobre el estado real en que se encontraba ese catalanismo católico y de derechas que él pretendía liderar contra el franquismo. Y su reflexión le llevó, sin duda, a reconocer que todo lo que había representado la Lliga de Cambó, que podría haber sido su modelo, estaba inequívocamente con Franco. Desde el alcalde Porcioles hasta el ministro Gual Villabí, pasando por muchos de los inspiradores intelectuales del Plan de Estabilización del 59, como Sardá o Perpiñá, habían sido de la Lliga. La conclusión del joven Pujol fue que nada se podía esperar del viejo catalanismo para resucitar el nuevo.

Pero al mismo tiempo que veía cómo se cerraba esa puerta para sus planes de reconstrucción del nacionalismo catalán, la cárcel le abrió otra. Ahí debió de conocer de primera mano a militantes comunistas del PSUC. Y ahí descubrió que los comunistas catalanes sí que defendían las reivindicaciones nacionalistas, con muchísimo más ardor que los viejos militantes de la Lliga.

Pujol llegó a la conclusión de que los comunistas, y, en general, la izquierda, podrían serle muy útiles para sus planes de resucitar el catalanismo militante y combativo. De ahí que, conseguida la libertad en 1962, el hoy ex Honorable pusiera todo su interés y, con frecuencia, muchos recursos económicos en apoyar iniciativas que provenían de la izquierda.

Desde su Banca Catalana, Pujol ayudó a crear y desarrollar empresas editoriales, musicales, como la Nova Cançó, o periodísticas, en las que los militantes o simpatizantes de la izquierda encontraron un privilegiado púlpito para expresar sus ideas, entre las que se encontraba, claro está, la reivindicación del reconocimiento de Cataluña como una nación.

No hay que ser muy retorcido para comprender que ese apoyo a las empresas y a las iniciativas de los partidos de la izquierda catalana es la razón última del artículo de Vázquez Montalbán, que mostró así a Pujol su agradecimiento; aunque, para escribirlo, tuviera que olvidarse de la verdad.

La alianza contra natura del nacionalismo, que es en esencia un movimiento reaccionario, con la izquierda ha sido, sin duda, una de las causas del auge de los nacionalismos, como hábilmente intuyó Pujol. Los nacionalismos son los que han salido beneficiados de la alianza, mientras que los partidos de izquierda (y ahí está el eterno conflicto entre PSC y PSOE) no parecen capaces de encontrar su identidad al margen, o enfrente, de las ensoñaciones nacionalistas.

Falta perspectiva para juzgar en toda su extensión el artículo de Vidal-Folch, pero el paralelismo con el de Vázquez a mí me parece evidente y alarmante.

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