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Serafín Fanjul

¿Indigenismo? No, gracias

a estos aireadores a todas horas del multiculturalismo y de la palabra mestizaje, de pronto, lo que les enajena y enfervoriza es la pureza racial, las reconstrucciones arqueológicas de quimeras y chorradas y la persecución y exclusión

Serafín Fanjul
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La reciente crisis de Bolivia, aun no terminada y de secuelas imprevisibles, fue precedida hace poco por otra muy similar en Ecuador, país que coincide con el primero en varias características fundamentales: nutrida población indígena (mayoría absoluta en Bolivia), pertenencia a un tronco étnico y lingüístico común (quechua), subdesarrollo y pobreza, preponderancia de la república criolla desde la época de la independencia, religión cristiana predominante, subordinación global al área geopolítica y estratégica de Estados Unidos…son aspectos que definen bien a ambos países. También en los dos, los gobiernos constituidos de forma más o menos legal saltaron por los aires ante la presión violenta de poblaciones exasperadas por muchos años de abusos consagrados como norma desde los poderes públicos. El modelo de Rodríguez y Llamazares (derribar gobiernos chillando por las calles) y que en alguna medida consiguieron poner en práctica el 13 de marzo, en otras latitudes del planeta funciona con una regularidad que, de ningún modo, podemos calificar de feliz. Porque si bien es cierto que las repúblicas criollas no se distinguieron por su generosidad –menos aun, justicia- para con los indígenas, no lo es menos que las pretensiones y métodos de éstos (o de sus cabecillas, históricos o actuales) no van a la zaga en cuanto a objetivos y procedimientos excluyentes.
 
Han franqueado la barrera de la protesta social (discutible, aceptable, justa, excesiva, matizable en diversos niveles) para adentrarse en la insostenible ciénaga de las exigencias raciales, con flecos culturales y hasta religiosos. No se conforman con mejoras salariales, beneficios laborales, seguridad social, educación, higiene, medicina, ocio, vivienda, cultura…, en fin todo el conjunto de derechos básicos que corresponden a cualquier ser humano por el mero hecho de serlo y que, hoy en día, nadie en sus cabales les va a negar. No les basta con el bienestar material y moral y se obstinan en dar la razón a Huntington cuando excluye –a nuestro juicio de manera indefendible- a Iberoamérica de la civilización occidental. También es verdad que entre estos movimientos indigenistas los hay de su padre y de su madre, pero entre ellos no faltan quienes pretenden erradicar el cristianismo, volver al culto solar y otras fantasías étnicas, suprimir la cultura europea por extraña (después de cinco siglos, un ratito) y reinstaurar, en Sudamérica, el imperio andino del Tahuantinsuyu, borrando a golpe de manifestación y quema de neumáticos cualquier vestigio europeo, español para ser más exactos. Y todo ello con el aplauso entusiasta de personajes de allende y aquende nuestras fronteras, como el subvencionado por la Fundación Naumann, Heinz Dieterich, el lingüista metido a Mesías de bolsillo Chomsky, o la filobatasuna editorial Txalaparta de Pamplona que les publica los libros. Por hablar sólo de fenómenos cercanos y al alcance de nuestros lectores. No es paranoia afirmar que todo antiespañol de dentro de España se emociona tiernamente ante la posibilidad, por remota que sea, de que nuestro idioma desaparezca de América y la justicia histórica ponga las cosas en su sitio, el mismo que reclaman para sí: “Y no dejar de España enhiesto muro”, en verso de Ercilla.
 
Obviamente, para llevar a cabo semejantes barbaridades atentatorias, no ya contra la Historia, sino contra la lógica más elemental, habría que pasar por encima de las masas mestizas que, excepto en Bolivia, son mayoritarias y, desde luego, de las copiosas minorías de blancos que, sólo por fanatismo, odio y estupidez pueden ser tildadas de foráneas. Amén de ignorar –esas gentes son aficionadas a ignorar casi todo- que la difusión del castellano a gran escala no la hicieron los virreinatos sino las repúblicas criollas independientes. ¿Qué dirán si recordamos que los indígenas en las guerras de independencia se mantuvieron al margen o tomaron partido por los realistas, como en el caso del ejército de Goyeneche compuesto por indios del Alto Perú ( o sea, Bolivia) que estuvo a punto de dar al traste con los insurgentes de las Provincias Unidas del Río de la Plata? ¿Cómo enjuiciarán las palabras definitorias y definitivas del Inca Garcilaso de la Vega en sus Comentarios Reales? Y, sin embargo, lo dejó muy bien escrito: “A los hijos de español y de india –o de indio y española- nos llaman mestizos, por decir que somos mezclados de ambas naciones. Fue impuesto por los primeros españoles que tuvieron hijos en indias. Y por ser nombre impuesto por nuestros padres y por su significación me lo llamo yo a boca llena y me honro con él”.
 
Pero a estos aireadores a todas horas del multiculturalismo y de la palabra mestizaje, de pronto, lo que les enajena y enfervoriza es la pureza racial, las reconstrucciones arqueológicas de quimeras y chorradas y la persecución y exclusión, cuánto agresivas se precise, de todo discrepante. Pero, ojo, no estoy hablando ahora de las Vascongadas ni de la Alemania nazi, que ya nos tienen acostumbrados a estos alardes de majadería trágica, sino de personas cuya pertenencia biológica a tipos raciales que históricamente han sido preteridos y maltratados, debería hacerles entender que no pueden exigir como un derecho la reproducción por su parte de comportamientos abusivos que sufrieron sus antepasados a manos de otros europeos, no nuestras. Pero lo hacen. Y así, individuos que oscilan entre bufos y siniestros como Evo Morales o Felipe Quispe, se descuelgan exigiendo indemnizaciones a España por la explotación de mano de obra indígena en la minería entre el siglo XVI y el XVIII, por la extracción de la plata de Potosí, o por la atroz ejecución que se aplicó a Túpac Amaru II hace más de dos centurias. Y como no pueden haber a las manos a Carlos III, a los oidores de Charcas, a los propietarios de las vetas argentíferas del Cerro Rojo o al sursum corda, se ceban con las instalaciones de Repsol, proclaman la abolición del dinero o arrasan preciosas ermitas virreinales, verdaderas joyas de los Andes. La necedad nunca se para en barras ni atiende a razones ajenas. Desconociendo el concepto de evolución y cambio histórico, deciden que un momento determinado de los tiempos idos es el modelo ideal al que retornar y todo lo anterior y –en especial – todo lo posterior a esa Arcadia Feliz carece de valor ninguno y debe ser barrido y eliminado por la raíz. No es la mera imposición de una nueva aculturación, sino la venganza completa entre razas y culturas. Como si los peruanos, bolivianos, mexicanos, etc. blancos, cholos, mestizos, en mil grados y mil leches fuesen culpables de algo y no víctimas también, solidarias y en toda la línea, de las crisis económicas, el subdesarrollo o la malnutrición.
 
En 1789 se proclamó la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, el estado y la misma sociedad. Proclama refrendada en pleno siglo XX por la Declaración Universal de Derechos Humanos, sin que sea admisible discriminación de ningún tipo por motivos de sexo, raciales, culturales o religiosos. A esos principios debe acogerse –y jamás abdicar de ellos – cualquiera que se apellide progresista, sin legislaciones especiales de favor, como andan buscando ya los islamistas en Occidente so color de religión, o los indios de América enarbolando la bandera racial y cultural. Y por muchos agravios del pasado que esgriman. ¡Qué paradoja: contemplar a los rojos peligrosos de toda la vida pidiendo desigualdad de derechos y deberes!

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