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Serafín Fanjul

Liberación animal

Si dejáramos de alimentarnos con vacuno, ovino, peces, volátiles y demás familias, también se extinguirían todas las especies domésticas e industrializadas –gracias a Dios– en la actualidad.

Serafín Fanjul
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En el muro de un cortijillo abandonado no lejos de San José (Almería), campea una pintada anatematizadora: "Carne es asesinato". La tesis, prodigio de síntesis y concisión, viene firmada por "liberación animal" y una "A" mayúscula inserta en un círculo, símbolo –según creía un servidor, erróneamente– al parecer de ácratas y pacifistas, de quienes, hasta el momento, no se conocían veleidades contrarias a solomillos y afines, como probaron los barceloneses que trincaron jamones en El Corte Inglés en el curso de una de tantas protestas contra esto y aquello. Pero, por supuesto, cada uno es de su padre y de su madre. Dejando aparte el extraño español utilizado en tan breve mensaje, que apesta a traducción literal de una lengua germánica (inglés o, más probablemente, alemán), el asunto no sería para inquietarse por sí mismo, si no viniera en un conjunto de otros fenómenos ideológicos y sociales más serios que nos rodean a diario.

Cualquiera tiene el derecho de apuntarse, o borrarse, a consumos, gustos, fantasías o creencias en tanto no molesten o perjudiquen a nadie. No valdría la pena, pues, ni escribir estas líneas. Pero la cuestión es más compleja: dotan a los animales de condición humana, los convierten en nuestros iguales y se erigen en sus representantes. De ahí lo de "liberación".

Toda la vida han existido tabúes alimentarios, por lo general asociados a religiones; e igualmente de siempre viene la existencia de vegetarianos que han llevado con dignidad y discreción su renuncia a chuletas y perniles. Los hinduistas con el tabú de la vaca, judíos y musulmanes con los de cerdo y sangre (calcados de otros más antiguos del Egipto faraónico) o los cristianos hasta momentos recientes con la abstinencia de carne en determinados días, reflejan sustratos de creencias que, tal vez, tuvieron su justificación en etapas pasadas, pero que al quedar petrificadas en el tiempo tienen más de arqueología que de fe. Insistimos: nada que objetar a tales actitudes y comportamientos.

Sin embargo, en la actualidad la caída general de las creencias religiosas en el mundo occidental induce a una parte de nuestros próximos, espoleados por la búsqueda de rarezas y por la vertiginosa velocidad de los medios de comunicación y difusión, a sustituir unas formas de religiosidad por otras, con todos los rasgos extremistas y fundamentalistas de las sectas ultraminoritarias imbuidas de ansias redentoras por cualquier medio, incluidos los coercitivos. Y quizás sea, precisamente, el carácter de misión salvadora con que se invisten los adeptos lo que les hace cargantes y quién sabe si algún día peligrosos. Por la resuelta decisión de imponer sus creencias y su incapacidad para ver la realidad de un modo diferente a como la conciben. Ante la revelación de la Verdad no hay discusión posible.

Los vemos en Alemania haciendo propaganda callejera, distribuyendo volantes en los que se afirma que Jesús de Nazaret era vegetariano (se olvidan de que Hitler también lo era), con sus chapas y emblemas de la cabra con cara modorra (la única que puede tener una cabra, la pobre); pululan por Estados Unidos o La Coruña arruinando carísimos abrigos de piel o soltando visones en bosques y campos inconscientes del daño que causan al ecosistema al cual, en principio, deberían adorar; en España pagan publicidad (me temo de dónde sale el dinero: adivinen) contra las corridas de toros y –también en nuestro país, claro– organizan cencerradas gamberriles contra la Fiesta bien revueltos con separatistas catalanes, ecologistas variopintos y okupas eternamente desocupados.

Digamos que la desorientación y vacío de valores y certezas en que nuestras sociedades viven propician el auge de estos mensajes sustitutorios y no entremos ahora en las causas del hueco. Está ahí. Por otra parte, la radicalización es ingrediente básico en la actuación apostolar de estos sectarios: no se trata meramente de abstenerse de una lista de alimentos, sino de llevar el asunto a punta de lanza, en un proselitismo continuo que, como mínimo, se hace pesadito. En el plano estrictamente racional no se puede discutir con ellos y sólo cabe reírse o, de forma educada, evitarlos. No veo otra. ¿Cómo hacerles entender que si se prohibieran las corridas, la raza de toros bravos desaparecería por carecer su cría de sentido económico? Seguramente, la desaparición de esa especie no les inquiete pero se quedarían muy a gusto con tal victoria: perder el tiempo hablándoles de arte, tradición, historia, folklore, etc. es, simplemente, eso, perder el tiempo.

Pero es que si dejáramos de alimentarnos con vacuno, ovino, peces, volátiles y demás familias, también se extinguirían todas las especies domésticas e industrializadas –gracias a Dios– en la actualidad. Los occidentales hemos superado las terribles hambrunas que se padecieron hasta el siglo XIX merced a la bendita industrialización en la producción de alimentos. Se redujo maravillosamente la mortalidad y mejoró la salud mediante la ingesta garantizada de proteínas: alabado sea el Señor. Estos quieren retornar al Paleolítico pero sin caza ni pesca. Excelente.

Imagino que estos ultravegetarianos del momento son entusiastas de la Naturaleza, pero no parecen resueltos a imitarla: aparte de los herbívoros sin remedio ¿de qué se alimentan todos los animales en libertad sino de comerse unos a otros? Da vergüenza tener que recurrir a elementalidades –abrumadoras, masivas– de este jaez, pero ya se sabe: quien no tiene ni idea de cómo regenerarse a sí mismo se empecina en regenerar al prójimo. Qué tabarra.

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