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Serafín Fanjul

Polizones en “La Medusa”

en cuanto a discriminación in situ, sugerimos preguntar su opinión a los españoles de clase baja que compiten con inmigrantes recién llegados en una plaza escolar, una beca de comedor, una vivienda de renta limitada o protegida o en diversas modali

Serafín Fanjul
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En 1816 la fragata francesa “La Medusa” naufragó a la altura de Cabo Blanco; como no disponían de botes suficientes hubieron de improvisar una balsa con tablas y barriles y en ella pretendieron salvarse muchos de los doscientos tripulantes y pasajeros. Sin embargo, las corrientes marinas la arrastraron hacia adentro en vez de echarla a tierra; fuera de las rutas habituales, sin comida ni agua y martirizados los infelices por el viento y el sol, los más débiles sucumbieron a manos de los fuertes en un carrusel trágico por la supervivencia y cuando, al fin, fueron rescatados sólo subsistían quince personas, espantados de sí mismos, con horribles remordimientos pero vivos. Años más tarde el pintor Géricault inmortalizó la singladura siniestra en uno de sus más famosos cuadros y es que el arte siempre acaba beneficiándose del horror.

Siento el suelo batido bajo nuestros pies por el oleaje y comprendo que nuestra jangada de pedra –como la denominó José Saramago en su hermosa ficción– también navega a la deriva por el Atlántico, rumbo a ninguna parte (la de la novela sí sabía cuál era su destino: América, a velas desplegadas), sobrecargada de hambrientos metafóricos pero también de polizones muy listos que para mejor disputar la pitanza dan codazos, aplastan a las madres y se zampan a los hijos, enarbolan la bandera de la Ética y en ella se envuelven para conseguir sus muy particulares objetivos, sin escrúpulo ni titubeos. Y la Ética es diosa de múltiples advocaciones, como una Virgen María del laicismo: un día se llama Multiculturalidad, otro Solidaridad-entre-los-pueblos, al siguiente Progresismo…y así, pasito a paso, van explotando, para sacar su tajada cotidiana, todas las fechas del almanaque, cada una con su santo laico correspondiente. Al tiempo, buscan desarmar toda resistencia con frases grandilocuentes y ajenas, por ejemplo: “La patria es el último refugio de los canallas”, “los canallas se envuelven en la bandera de la patria”, etc. Obviamente, ni la Patria ni la Ética son responsables de nada pues se trata de abstracciones cuya existencia depende de nuestra decisión y de cómo las usemos.

Pero ellos avanzan posiciones, levantan los más puros estandartes (la libertad, por ejemplo) y, a continuación, obran en sentido contrario. Mientras la balsa sigue a la deriva, los polizones –que nunca pagan pasaje– se van haciendo con el control de las cuatro tablas todavía a flote. Pero dejemos la alegoría y bajemos al terreno de lo concreto, que vale para España en grado superlativo, por la inconsistencia y espíritu logrero de no pocos tripulantes, pero que también sirve para Europa. Y no sólo por las miras inmediatas de gobiernos, burócratas bruselenses, multinacionales y especuladores financieros que hacen la vista gorda ante asuntos tan graves como el rearme nuclear de Irán, la terrorífica situación de los derechos humanos en el mundo islámico o la infiltración masiva de inmigrantes sin la menor intención de integrarse en nuestras sociedades. Parapetados tras excelsos conceptos y grandes palabras –si bien un tanto gastaditas, la verdad– políticos y grandes empresarios tienen el entusiasta concurso, más o menos espontáneo, remunerado de una u otra forma, de una tropa de sociólogos, antropólogos, periodistas, profesores, chicas con novio moro, dispuestos todos y en nombre del “respeto a la diferencia” a instaurar la sinrazón y la desigualdad como norma, engullendo hasta el postrer granito de mijo restante en la jangada y arremetiendo contra quienes no estamos por dejarnos avasallar. Y a la almadía, gracias a la cual viven, que la lleve el Diablo.

Por un lado, esta actitud, entreguista y avispada de modo simultáneo, responde a la idea de la “...dialéctica del amo y del esclavo para entenderlo. El odio del que se somete se dirige contra quien resiste, y quien resiste al terrorismo islámico, hoy por hoy, es Israel”, decía Jon Juaristi (ABC, 25-4-04). Por otro, articula una nube de argumentos victimistas a base de contraposiciones falaces (“ política de carácter multicultural , basada en el régimen de los derechos humanos, o la fortaleza europea , P. Lubeck), mentiras manifiestas (“No cabe duda de que los movimientos políticos de carácter xenófobo que surgieron durante los años ochenta predispusieron a los estados en contra de los solicitantes de asilo y de los inmigrantes no europeos en general”, P. Lubeck) o peroratas de sociólogo tras las cuales se ocultan –y asoman de inmediato– metas muy concretas al servicio de intereses no menos determinados (“Cataluña es una nación”, o la entrada de Turquía en la UE, M. Castells, ¿Europa musulmana o euroislam?). Para llegar hasta ahí no hacían falta unas alforjas tan pesadas. Se niega la identidad europea común (agarrándose a la perogrullada de las diferencias) pero el ya mentado Manuel Castells no para de repetir la tabarra actual de los intelectuales orgánicos del nacionalismo catalán (“Cataluña, una nación sin estado”), pero si Europa es un mito y España no existe, ¿por qué no aplican a Cataluña la misma plantilla? Entretanto se presenta la islamización del continente europeo como un destino manifiestoante el que más vale no resistirse. Y comienzan predicando con el ejemplo al exigir que no haya conflicto mediante la aceptación europea absoluta de lo que venga, sea lo que sea, “depende de que las sociedades europeas acepten que son y serán parcialmente musulmanas”. Sin escapatoria. Por supuesto, se excluye la posibilidad contraria: a saber, que los recién venidos se asimilen o integren, o todos los grados y fórmulas intermedias.

Y concluimos con un párrafo en verdad antológico del que no queremos privar a los lectores: “El euro-islam no es solamente una cuestión de multi-culturalidad en el seno de Europa. Es también una dimensión del conflicto que opone a los gobiernos de los países occidentales a los pueblos de los países musulmanes. La persistencia de la ocupación ilegal de territorios palestinos por Israel, el apoyo de Occidente a gobiernos dictatoriales mientras les sirven, la geopolítica del petróleo, las reacciones de las redes terroristas contra la destrucción de la identidad islámica, la guerra de Irak y el cúmulo de conflictos que se envenena en todo el mundo islámico muestran que no se trata de un choque de civilizaciones. (…) Algunas de las redes de al-Qaeda más importantes se organizaron en Europa, a partir de musulmanes educados y plenamente integrados en las sociedades europeas, aunque también sufriendo su discriminación y reaccionando contra ella” (Castells-Al-Sayyad).

Del texto extraemos algunas conclusiones sabrosas: el conflicto es entre gobiernosoccidentales y pueblosmusulmanes; el problema es el apoyo occidental a tiranos, no los tiranos mismos; en la geopolítica del petróleo, al parecer, sólo se benefician los occidentales; conflictos concretos como los de Irak o Israel justifican al terrorismo; se da por hecho que hay una destrucción de la identidad islámica (¿de qué países musulmanes hablarán estos señoritos progres que yo no conozco?). Y en cuanto a discriminación in situ, sugerimos preguntar su opinión a los españoles de clase baja que compiten con inmigrantes recién llegados en una plaza escolar, una beca de comedor, una vivienda de renta limitada o protegida o en diversas modalidades laborales. Ellos pueden dar una idea más cabal y de conjunto sobre discriminaciones; su defecto es que no participan en simposios, ni en comités Averroes, ni tienen acceso a los medios de comunicación más que en situaciones límite cuando ya no hay solución para un desaguisado.

Hoy hemos avanzado un poquito sobre las joyas de la corona de nuestro lado en la Balsa de la Medusa. Otro día hablaremos de las perlas morunas, mientras continúa el periplo siniestro.

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