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Serafín Fanjul

Todos contra Esperanza

Esperanza Aguirre no tiene una máquina para fabricar dinero que pueda administrar a su antojo sino que depende de los fondos que le libran, o no, desde el Gobierno central.

Serafín Fanjul
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No nos referimos ahora al llamado "fuego amigo": zancadillas y acusaciones, boicots del Ayuntamiento de Madrid a iniciativas de la Comunidad (el último sobre la privatización parcial del Canal de Isabel II), amables invitaciones a irse al Partido Liberal y así hasta completar un cúmulo de mezquindades que pueden implementarse contra una mujer seria, trabajadora y que tiene las ideas claras sobre algunos asuntos de ordinario muy olvidados. Olvidados incluso en el propio PP, como por ejemplo el patriotismo sin complejos ni alharacas y sin implorar perdón por culpas que no se tienen. No es una dirigente de cuota –o sea, "dirigenta", ustedes ya me entienden– sino tan sólo una persona que trabaja. No hace falta pormenorizar los kilómetros de Metro, el número de hospitales construidos, el conjunto de otras obras públicas o la preocupación por capítulos sociales como la enseñanza o la inmigración. Todo ello imperdonable (se nota mucho el contraste con otras autonomías) y todo cuesta dinero.

Así pues, el PSOE pone en marcha su arma predilecta: la bronca. Y en el PP sin enterarse –o sin atreverse a ello– de lo bien que funciona este método, pese a los trágicos y tristes antecedentes, desde el Prestige al 13 de marzo de 2004. Y si Esperanza inaugura quirófanos y quiere saludar a parturientas, allí acude la partida de la porra a berrear y a lo que caiga; que Güemes debe visitar un sanatorio o una instalación nueva por cualquier motivo, de fijo aparecen los espontáneos a enturbiar y deslucir el acto; al menor movimiento de las autoridades de la Comunidad de Madrid, la chusma de gamberros se presenta a acosarles, sin consideración ninguna para los lugares (hospitales, que necesitan silencio y sosiego), para las funciones que allí se desempeñan y para las personas que dan o reciben atención médica.

Tenemos sindicalistas –pagados de la olla grande– que suplen con gritos su exiguo número y dudosa representatividad, lo más salvaje del continente: no por disfrazarse de lo que no son, sino por la incapacidad que demuestran para calibrar la dimensión y alcance de sus acciones.

Hay límites infranqueables, pero en nuestro país, donde tanto da osho que oshenta, si hay huelga de Metro, se sabotean los trenes, catenarias y frenos. Si el paro es de limpieza en servicios públicos, los trabajadores (algunos, seamos justos) vuelcan cuanta porquería tienen a mano en los túneles del Metro (utilizado, sobre todo, por otros obreros y clases humildes que nada importan a los vándalos). Y si los follones caen, a ojo de buen cubero, en los hospitales, aparecen misteriosamente saboteados los quirófanos. La bestialidad no se para en barras, pero la Fiscalía –¿del Estado?– es perezosa y cuesta un triunfo ponerla a trabajar en asuntos que no interesan al Gobierno. Y es que contra Esperanza vale todo.

Sin embargo, la bronca necesita coberturas de mayor fuste que cuatro algaradas. Tiene que realimentarse y recibir nuevos impulsos de gentes de tronío, de suerte que personas despistadas (u otras que saben muy bien lo que hacen y para quién lo hacen) se lancen al cerco contra la proscrita, valientes todos. Uno en su ingenuidad pensaba que todo el mundo –al menos los directamente interesados, los funcionarios– estaba al cabo de la calle sobre la asfixia económica que, con velocidad uniformemente acelerada, Rodríguez y su panda aplican a la Comunidad de Madrid, tanto al eludir pagos ya comprometidos (los famosos 418 millones de euros) como quitando a Madrid en los Presupuestos lo que entregan a Cataluña o Andalucía.

Parecía una cosa clara y por tanto con un culpable evidente, pues ¡patarata!, Comisiones Obreras, UGT y varios rectores de universidades madrileñas (hasta la náusea aduladores del PSOE) se dedican en los últimos días a bombardear a los profesores universitarios con acusaciones directas a la Comunidad de Madrid de no querer pagarnos los complementos especiales y ni siquiera las nóminas mensuales. Pero, para su desgracia, hoy mismo recibo –habrán recibido todos– una carta de Clara Eugenia Núñez, Directora General de Universidades de la Comunidad de Madrid, desmintiendo la acusación y anunciando para las próximas jornadas los trámites correspondientes.

Aun así, algo quedaba diáfano y transparente: Esperanza Aguirre no tiene una máquina para fabricar dinero que pueda administrar a su antojo –¿qué ganaban la presidenta y su Gobierno con inquietar y perjudicar a profesores y empleados de las universidades?–, sino que depende de los fondos que le libran, o no, desde el Gobierno central. Pero ya tenemos de nuevo a los muy magníficos y excelentísimos señoritos de corbata haciendo la pinza con los macarras vocingleros. Todo por la causa.

Releo mi artículo de Libertad Digital "En danza con Esperanza" (8 de abril de 2005) y compruebo cómo en otros terrenos de la vida nacional que el tiempo no pasa por España. Qué aburrimiento, por un lado; qué indignación por otro. Si hay que protestar y reclamar, cargados de razón, hagámoslo, pero contra el verdadero culpable de todo este desaguisado. Culpable que no es muy difícil de identificar ni siquiera para los caletres de los sindicalistas liberados (por cierto, ¿cuándo nos liberaremos de esta plaga?). Y perdone el Censor Catón que le tome la idea: ¿Y usted a quién votó?

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