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De la conjura de los necios al contubernio de las embusteras

Basta con que se aprieten los listillos para que cualquier molondro encuentre un hueco.

Tomás Cuesta
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Es harto dudoso que en España -en la "espaciosa y triste España" que el inmenso fray Luis cartografiara en verso- no quepa un tonto más puesto que, a fin de cuentas, basta con que se aprieten los listillos para que cualquier molondro encuentre un hueco. Sobra añadir, por otra parte, que la hiperinflación de ignaros que actualmente nos aqueja, no es un problema nuevo, ni exclusivo, ni endémico. "Stultorum omnia sunt plena", se lamentaba Cicerón con vivísima elocuencia: No hay sitio pa tanto memo. Lo novedoso es que, hoy por hoy, sus principales exponentes sean los que propalan el pensamiento párvulo desde el púlpito insomne de la tele miseria. No obstante, esa grotesca conjura de los necios que hibrida el rubor propio con la vergüenza ajena, siendo grave lo es menos que el descarado contubernio de las embusteras que han puesto en circulación dos figuras icónicas de la izquierda emergente. La abuelita Carmena (abuelita, abuelita, qué dientes tan grandes tienes) y la Caperucita Súper Roja que aspira a ser Rita Maestre.

Una se encarga de dar el visto bueno a las proclamas torticeras que su pupila expende y ésta, por su parte, para reivindicarse de políglota, raja con lengua de serpiente. Luego de haber mentido a tutiplén, a mansalva y a espuertas, a vela y a vapor, a diestra y a siniestra, la contumaz trotacapillas, inasequible al desaliento, se obceca en salir por piernas del miserable mentidero, esgrime un mohín de hastío y, redundando en la metáfora, incluso saca pecho. ¿Es lógico que el lobo duerma con las ovejas? ¿Es cabal que un pirómano ejerza de bombero? ¿Es lícito que Rita la Trolera lleve la voz cantante en Fort Cibeles? Ni que decir tiene que la respuesta es sí. Un sí envalentando, filoso, cachicuerno que le escupió a Sandra León a guisa de respuesta. Nihil novum sub sole. Si la conjura de los necios viene de muy atrás -si es casi indisociable de nuestra naturaleza-, el bochornoso contubernio de las comadres embusteras es una vaharada de añejas pestilencias.

Esa jactancia impune, esa desfachatez obscena con que la secta podemita (y la abuelita, ay abuelita, que dientes tan grandes tienes) ahorma las palabras y deforma los hechos, es la que Albert Camus denunció en sus Cuadernos cuando los revolucionarios de café y los custodios de la sacralidad soviética le motejaron de blasfemo y le expulsaron del templo. "La libertad, en primera instancia, consiste en no mentir", sostiene alguien que quiso empadronarse en la verdad sabiendo que al hacerlo se convertía en extranjero. Y luego, a vuela pluma, remacha el argumento: "La libertad consiste en no mentir puesto que allí dónde los embustes proliferan la tiranía se acentúa o se desvela".

Así, visto y no visto, el moralista que esculpiera a L´Homme révolté, el clérigo que se negó a absolver a los verdugos del Progreso, nos revela las claves del libreto mostrenco al que se ciñe el contubernio de las embusteras. Se empieza adulterando lo accesorio con purpurina angelical y guirnaldas fraternas y se falsifica, después, lo trascendente. Al cabo, llega un punto en el que la realidad no es la que es, sino la que nos venden. La que pregonan las comadres del antedicho contubernio y jalea, entusiasta, la claque de los necios.

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