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Intoxicación financiera

Ha llegado el momento en el que los inversores no pueden mirar para otro lado. Es su obligación ejercer una mayor responsabilidad sobre su patrimonio, ya que opciones y motivos no les faltan.

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He de confesar que siempre me gustó el término "intoxicación financiera", acuñado para hacer referencia al caudal excesivo de información financiera al que, de un tiempo a esta parte, estamos todos expuestos. Allá por septiembre de 2008, esto se hizo más palpable que nunca, pues los ciudadanos habíamos pasado en muy poco tiempo, en cuanto a información financiera se refiere, de "La Ruleta de la Fortuna" a hablar de colaterales y de hedge funds.  Sin duda, los acontecimientos que tuvieron lugar en el sector por aquellas fechas presagiaban aires de cambio. Algo había funcionado mal o, sencillamente, nunca había funcionado. No cabía ninguna duda. De hecho, esa era una de las pocas lecturas positivas que se podía sacar de la crisis. ¿En qué habíamos estado invirtiendo? ¿Qué teníamos en realidad dentro de nuestras carteras? El modelo tradicional de asesoramiento parecía tener los días contados y el sentimiento de los inversores particulares era de profunda preocupación.

Como en la obra del genial Alan Moore, El hombre que lo tenía todo, los inversores creían vivir en un mundo que poco tenía que ver con la realidad. Y el drama surgió precisamente en ese momento, cuando, azotados por el agujero de los productos estructurados vinculados a Lehman Brothers o atrapados en la estafa piramidal de Bernard Madoff, muchos de ellos se percataron de que ese mundo no existía. Llegados a ese punto, se empezaron a preguntar qué tipo de asesoramiento estaban recibiendo de sus entidades y descubrieron, muy a su pesar, los serios inconvenientes que el modelo tradicional tiene, derivado de los distintos conflictos de interés que genera en la práctica. ¿Era realmente asesoramiento lo que recibían?

En otros países, como por ejemplo Inglaterra, la industria está mucho más avanzada, y el 75% de los clientes está asesorado por asesores independientes, denominados IFA ("Independent Financial Advisor"). Mientras, en España, este dato es de un insignificante 3%. Como dato demoledor, cabe apuntar que el 75% de los inversores con más de 150.000 euros es asesorado por la banca minorista tradicional, sin recibir ningún servicio específico de asesoramiento patrimonial.

Estos datos contrastan claramente con la evolución que ha tenido la composición del patrimonio de los hogares españoles en los últimos 15 años. Con datos de 1995, los inversores poseían una cartera de activos financieros en la que el producto estrella era el depósito, el cual pesaba más de un 50% en la misma. Por el contrario, las acciones pesaban únicamente un 20%. En la actualidad, esos datos han sufrido cambios importantes situándose a la par, en torno al 35%, lo cual nos hace pensar que el inversor medio cada día está expuesto a más riesgos en la composición de su cartera de inversión, o, al menos, tiene más porcentaje de activos con riesgo en su cartera, consciente o inconscientemente, lo cual, indudablemente, requiere de un asesoramiento más especializado.

Llegados a este punto, cuando a inicios de 2009 el curso de los acontecimientos parecía que podría ayudar a que en España el modelo de asesoramiento virase hacia algo más coherente, ocurrió lo que yo defino como cogitatus interruptus (dejar de pensar). El inversor, cegado por los prolíficos rendimientos que los mercados ofrecieron desde el mes de abril prácticamente en todos los activos financieros, se olvidó de repente de todo lo que había llovido en los últimos meses y dejó de pensar. Quedó meridianamente claro que el tiempo (y los buenos resultados) lo curan todo. Esto, unido a que la memoria de los inversores es sumamente selectiva, nos lleva a la situación actual.

Los viejos fantasmas parecen hoy ser recuerdos de un pasado muy lejano que, en realidad, está a la vuelta de la esquina y cuyos ecos aún se escuchan. Convendría que los inversores entonaran el mea culpa ya que su propia actitud fue uno de los principales detonantes del resultado de sus inversiones en el pasado. Por un lado, tienden únicamente a centrarse en la búsqueda de beneficios y rentabilidades muy por encima de los activos libres de riesgo en vez de intentar conocer bien en lo que invierten. Por otro, no suelen tener claro para qué invierten (objetivos), más allá de la rentabilidad. Y por último, en muchas ocasiones no son capaces de dejarse asesorar por profesionales de la industria que cobren por el servicio prestado y no por la cartera de productos recomendada. En ese sentido, en España se está haciendo un gran esfuerzo por profesionalizar el sector y potenciar la imagen del Asesor Financiero Independiente a través de la figura de las EAFI´s, sin embargo aún en un estado muy embrionario.

Ha llegado el momento en el que los inversores no pueden mirar para otro lado. Es su obligación ejercer una mayor responsabilidad sobre su patrimonio, ya que opciones y motivos no les faltan. A mí personalmente me vienen a la cabeza fundamentalmente cuatro: independencia y objetividad plena en el criterio y en la toma de decisiones, alineación de intereses con sus proveedores, reducción de costes –visibles y no visibles–, y por supuesto, conocimiento. El inversor cuenta ya con todas las herramientas a su alcance para gestionar adecuadamente sus ahorros y no dejarse distraer por intoxicaciones financieras o cantos de sirena. Su futuro y el de sus finanzas están en sus propias manos.

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