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El chavismo se impone abortando el madurismo

Los mariscales de la Revolución han presentado al creído generalísimo una victoria precaria y cuestionable. Para que no se le olvide lo que les debe.

Xavier Reyes Matheus
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La campaña de Henrique Capriles convirtió en eslogan una frase que a los ojos de muchos resultaba incomprensible como reproche o como descalificación: "¡Nicolás: tú no eres Chávez!". Habríamos creído, los que certificamos la inmensa desgracia que el sátrapa difunto ha representado para Venezuela y para América Latina, que, por el contrario, no había razón más válida para combatir a Maduro que todo aquello que lo hace semejante a Chávez; pero la estrategia opositora prefirió atender a la razón práctica, volverse a las masas huérfanas de caudillo, respetarles el duelo y, ante la pérdida sufrida, presentárseles como mejor opción.

No se sabe si por efecto de esa decisión táctica o por otros factores, pero, a la vista de los resultados electorales, parece que la gente lo tiene claro: Maduro no es Chávez. Ya sea que se haya consumado un fraude contra Capriles, ya que el chavista haya ganado por un margen tan estrecho, lo cierto es que sus bases no son tan fieles como las del muerto. Se ha roto, finalmente, el maniqueísmo falaz que presentaba a Venezuela como una justa entre el pueblo revolucionario y una oligarquía mezquina e irrelevante para las urnas. Sin embargo, lo auténticamente revelador en este proceso es que la diferencia entre Chávez y su sucesor es patente no sólo para los electores, sino, sobre todo, para las cúpulas del chavismo. Y bien que han querido hacérselo ver a Maduro.

Cinco minutos de escuchar a Maduro por televisión bastan a cualquiera para darse cuenta de la calamitosa mediocridad que Hugo Chávez escogió para sucederlo. A su favor no ha jugado ni aun siquiera esa valiosa credencial socialista que es no saber hacer la o con un canuto: al menos Chávez, que había sido inepto con las armas y que como gobernante resultó peor que una plaga, tiene mención asegurada en todos los estudios y tesis doctorales que en adelante se dediquen al fenómeno de la demagogia. Pero el delfín, cuanto más mienta a su padre y más lo evoca transmigrado en pajarito, más patético y más odioso se muestra en su condición de parvenu. Por supuesto, a nadie puede chocar esto tanto como a los otros cortesanos chavistas, que ven subir a uno de sus iguales al puesto del señor. Conociéndose, desde hace tiempo, las divisiones dentro del chavismo, hasta ahora se pensaba que el heredero había logrado llevarse el gato al agua: incluso Diosdado Cabello, su principal rival, había parecido impotente, con todo y el conocido influjo que mantiene sobre los militares, para lograr que Maduro le cediese el mando supremo mientras se convocaban las elecciones, como le habría correspondido en calidad de presidente de la Asamblea Nacional. Por el contrario, el vicepresidente había encontrado la complicidad del Tribunal Supremo para saltarse a la torera las disposiciones constitucionales y había vendido la imagen de una unidad granítica con Cabello y con las Fuerzas Armadas, mientras recibía una legión de jefes de Estado y de representaciones extranjeras que lo saludaban como príncipe de la corona, que cantaban vivas a la perpetuidad de la Revolución Bolivariana y que se impresionaban ante el llanto tumultuario de la feligresía.

Con todo eso conseguido; con los ojos de la izquierda mundial aún húmedos por el "Cristo de los pobres", Maduro no necesitaba, para enterrar el axioma tan repetido de que "no hay chavismo sin Chávez", más que una cosa: el triunfo con los votos. Un triunfo clamoroso, apabullante, que dejara clarísimo que "Chávez vive" y que "la lucha sigue". Dado el control del Gobierno sobre todo el proceso electoral, ello podía tenerse por pan comido. Con la legitimidad dinástica que Chávez le dio en su último discurso, y con la democrática de las urnas, el primado de Maduro quedaba sentado: "Habemus novum Chávez, Bolívar novum!"

Pues hete aquí lo que los mariscales de la Revolución le han presentado al creído generalísimo: una victoria por los pelos, precaria y cuestionable. Para que no se le olvide lo que les debe y que, todo lo más, es un primus inter pares. No sólo Diosdado y los militares; también los rectores del Consejo Nacional Electoral, con su inefable jefa en primer término, habrán querido recordar a Maduro el papel que ocupan en la mafia estatal. En vida de Chávez, todos los dignatarios eran de usar y tirar: satélites eventuales alrededor del astro rey del bolivarianismo, que opacaba sin problema cualquier brillo distinto del suyo. Pero ahora esa subordinación no están dispuestos a sufrirla, y han querido dejar claro que si fueron pajes del chavismo, ahora serán sus veteranos y eméritos, en vez de fundar un madurismo en el que dependan, nuevamente, del capricho de un mandamás.

Este escenario del chavismo, que ahora ha quedado desvelado y que no deja duda del frágil liderazgo de Maduro, reclama de Henrique Capriles una firmeza sin tregua, como la que ha estado mostrando desde que el infame CNE publicó los resultados electorales. Tan seguro está de su victoria el gobernador de Miranda, y de tal modo puede adivinarse ésta tras la rebatiña carroñera y envidiosa de los poderes revolucionarios, que no se debe cejar: más que nunca antes, ha llegado la hora de quitar las siete máscaras a la hidra chavista. 

Xavier Reyes Matheus, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos.

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