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Última oportunidad para la revolución desde arriba

PP y PSOE deberían cerrar filas en torno a un pacto de Estado y erigirse en custodios de la monarquía parlamentaria y de los valores de la democracia representativa

Xavier Reyes Matheus
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Mariano Rajoy y Pedro Sánchez | EFE

Ahora más que nunca es menester que la nación sienta que el poder público asiste a sus necesidades y emprenda siquiera el camino de aquella regeneración tan vanamente cantada en todas las lenguas. Ya no hay tiempo ni para el orden ni para el método, no se puede ir con parsimonia en la realización de la obra, hay que hacer la revolución desde el Gobierno, porque si no, se hará desde abajo y será desoladora, ineficaz y vergonzosa, y probablemente la disolución de la nación española.

Esta bien conocida admonición, lanzada en 1902 durante un mitin en Valladolid, pertenece a Antonio Maura, el político que años más tarde resultó defenestrado por el ¡no! rotundo de todos los partidos. Los liberales en primer término, quienes, aun siendo el otro puntal del sistema de la Restauración, no tuvieron empacho en formar causa común con fuerzas políticas dispuestas a minar aquel orden, verbigracia los republicanos y el PSOE del Pablo Iglesias original, avenido entonces por primera vez a aliarse a las formaciones burguesas con tal de derrocar al gobierno conservador (y de conseguir representación parlamentaria, como sucedió en las elecciones de 1910). Pero, en un escenario que se le parece mucho, contra todo pronóstico y en medio de la denuncia cada vez más extendida sobre el agotamiento del modelo constitucional, he aquí que el PP se ha levantado hoy con un "¡Rajoy sí!" que ha desarmado por igual al discurso sobre "las fuerzas de cambio" y al veto de Albert Rivera –ya relegado, según parece, a una prudente amnesia.

Si tuviera el PP la sensatez de evitar cualquier lectura cortesana o caudillista de este triunfo, tendría que concluir que, puestos por el Brexit ante la fea imagen que proyecta al mundo una nación forajida, los españoles se han arredrado frente a la aventura y la improvisación y han vuelto, por lo tanto, al esquema de la estabilidad política, que no es otro que el del bipartidismo. De pronto, la colorida carta de cócteles del chiringuito andorrano, tan celebrada hasta hace poco como ejemplo de renovación y de creatividad política, se les apareció ante los ojos como un caos de zancadillas de todos contra todos que sólo conduce a la ingobernabilidad y a la inflación de la partitocracia. Ahora bien, esta recuperación del bipartidismo exigiría seguramente que sus protagonistas, PP y PSOE, la representasen bajo la forma de un monta tanto gubernamental, capaz de consolidar la unión dinástica del sistema del 78.

Si quedasen superadas las barreras que tal proyecto no podrá por menos de encontrar en las mezquindades y cortedad de miras de los líderes políticos, su mayor peligro, claro, es que dejaría la oposición en manos de Podemos, y que, si la imagen del gobierno y del establishment se sigue deteriorando, al final correrán los socios el riesgo de perecer en el mismo barco. Para evitarlo, sería de prever entonces que los que se subieran a él estuvieran desde el principio con el salvavidas puesto, prestos a saltar para ponerse a salvo a las primeras de cambio; y eso, naturalmente, condenaría a aquel gobierno a ser una cosa efímera, y a sumir en breve al sistema constitucional, otra vez, en la incertidumbre y en la inviabilidad. Entonces llegaría Pablo Iglesias para asestarle el golpe de gracia.

Ahora mismo, de hecho –y habida cuenta de que Podemos ha tocado ya su techo electoral–, es muy probable que un desacuerdo entre las fuerzas políticas, que abocara la cosa hacia unas terceras elecciones y que agotara, por tanto, la paciencia de los españoles, llevase a Pablo Iglesias a proclamar en algún templete asambleario que ese juego trabado es la prueba palmaria de que el acuerdo social está roto, y de que el único modo de restaurarlo es volviéndolo a crear mediante una constituyente convocada de modo plebiscitario. Para cuando eso llegase, el rubor por los brexiteers no sólo pesaría ya poco, sino que es muy posible que Europa se hallaría infectada por todas partes con ese virus que ha liberado Cameron, y que no tiene que ver con la salida o la permanencia británica en la Unión Europea, sino con el afán de agitar a las masas cada vez que haya que imponerse sobre los adversarios políticos. Ya se ve que los avergonzados y los arrepentidos del Brexit, para quienes este referéndum ha resultado un duro mentís sobre la incontestabilidad del voto (a falta, en aquellas tierras, de una Tordesillas a la que consultar sobre el Toro de la Vega), quieren remendar el capote con un segundo referéndum; y otro tanto querrán los escoceses, y así, tras ellos, para separar o para unir, para hacer o para deshacer, eurófilos o euroescépticos, nacionalistas o cosmopolitas, el derecho a decidir va a ser una especie de Plan Renove con el que todo el mundo va a pretender remodelar la casa. Tendrá, pues, abonado el terreno Pablo Iglesias, y en el momento en el que el sistema declare su inoperancia allí estará él para mandarlo al desguace.

Por el contrario, si PP y PSOE decidiesen cerrar filas en torno a un pacto de Estado y erigirse en custodios de la monarquía parlamentaria y de los valores de la democracia representativa, podrían ser ellos los agentes de esa renovación del contrato social, que consistiría fundamentalmente en trabajar sobre la eficacia y la transparencia de las instituciones para que se cumplan los fines perfectamente establecidos y delimitados en el preámbulo de la actual Constitución. Para ello, lógicamente, habría que definir bien y en términos claros los objetivos concretos con los que aspira a realizarse tal programa, pues ni el PP puede confiarse a que la regeneración sea mera cuestión de tiempo, como la de la cola de las lagartijas, ni el PSOE debería entrar en el gobierno como quien opta a ser vocalista en un grupo musical esperando hallarse, a la segunda presentación, en condiciones de lanzar su carrera de solista.

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