Ni depresión ni bienestar: el peligro del gris persistente que afecta al 10% de la población
La fatiga digital y el sedentarismo alimentan una desgana que, aunque permite trabajar, anula el disfrute y precede a problemas de salud mental.
En el panorama actual de la salud mental, ha surgido un estado que muchos experimentan pero pocos saben nombrar. No es la oscuridad profunda de la depresión ni el brillo del bienestar pleno. Es un gris persistente. El sociólogo Corey Keyes y el psicólogo Adam Grant lo han popularizado bajo el término languidecer o languishing, describiéndolo como la emoción dominante de nuestra era: un vacío que nos deja viviendo en "piloto automático".
Quien languidece funciona. Cumple con su trabajo, responde mensajes y asiste a compromisos, pero lo hace sin entusiasmo. Es la sensación de estar "trabado" en el alcance del deseo que motoriza la vida. Según estudios internacionales, tras la pandemia, al menos un 10% de la población mundial quedó atrapada en este limbo, donde la respuesta general a cualquier plan o idea es un apático "meh".
El peso de un mundo hiperconectado y sedentario
Este fenómeno no nace en el vacío; es la respuesta de nuestro organismo a factores psicosociales y biológicos modernos. El bombardeo constante de noticias negativas, la incertidumbre sobre el futuro del planeta y la fatiga digital crean un ecosistema propicio para la apatía.
A esto se suma el deterioro de nuestros hábitos básicos. El placer momentáneo de la comida chatarra, el sedentarismo y la falta de esparcimiento social real —sustituido por interacciones digitales superficiales— afectan nuestra química cerebral. La tecnología, aunque facilita la vida, ha eliminado muchos de los esfuerzos físicos y retos cotidianos que antes nos proporcionaban una sensación natural de logro y dopamina saludable.
La delgada línea: Diferencias con la depresión
Es vital entender que el languidecer no es una psicopatología per se, sino una categoría sociológica. Mientras que la depresión suele ser "frenante" y desactiva la funcionalidad de la persona en todos sus ámbitos, el lánguido sigue presente y es funcional, pero no logra el disfrute. Sin embargo, los expertos advierten: permanecer en este estado demasiado tiempo es un factor de riesgo. Una investigación de 2021 demostró que quienes languidecen tienen más probabilidades de desarrollar ansiedad o depresión clínica en un plazo de cuatro años si no actúan a tiempo.
Cómo romper el ciclo este fin de semana
La buena noticia es que el antídoto contra la languidez no requiere hazañas heroicas, sino el rescate de la intencionalidad. Aquí tienes una hoja de ruta para empezar a "florecer" este sábado y domingo:
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Busca el "Estado de Flujo" (Flow): Dedica al menos una hora a una actividad que te absorba por completo. Puede ser cocinar una receta nueva, armar un rompecabezas o tocar un instrumento. El objetivo es perder la noción del tiempo y salir de la propia mente.
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La técnica de las metas diminutas: El estancamiento se combate con movimiento. No intentes organizar toda tu vida; propónte algo "ridículamente pequeño", como ordenar un solo cajón o caminar 10 minutos por un parque. La percepción de avance es el enemigo directo de la languidez.
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Desenchúfate del "Doomscrolling": Las redes sociales alimentan la comparación y la pasividad. Establece bloques de tiempo sin pantalla para reconectar con tu entorno físico.
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Conexión humana real: Sustituye el texto por una llamada o un café. La desconexión emocional alimenta el vacío; escuchar la voz de alguien querido puede cambiar la frecuencia de tu día.
Identificar que estás languideciendo es el primer paso para dejar de hacerlo. A veces, salir del gris no requiere una transformación radical, sino simplemente introducir luz en pequeños detalles concretos del día a día. Si sientes que la apatía te supera, herramientas como el Test de Florecimiento Humano de Harvard pueden ayudarte a medir tu bienestar y recordarte que mereces algo más que simplemente "estar".
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