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7 de julio: el golpe de Estado que fracasó

Repasamos los sucesos del 7 de julio, narrados por Galdós y que tienen reflejo en La desventura de la Libertad.

Libertad Digital
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El 7 de julio de 1822, la Guardia Real se amotina en el Pardo. Aún no ha salido el sol. Quieren tomar Madrid, y devolver al Fernando VII su poder absoluto. El monarca lleva tiempo instigando la sublevación, con intrigas en la sombras. Si alguna vez lo hubo, poco queda del aquél "marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional" pronunciado dos años antes. La situación de esos días la ilumina a la perfección Benito Pérez Galdós en su Episodio Nacional: "El rey era absolutista, el gobierno moderado, el congreso democrático, había nobles anarquistas y plebeyos serviles. El ejército era en algunos cuerpos liberal y en otros realista y la Milicia abrazaba en su vasta muchedumbre a todas las clases sociales".

Los tres años de gobierno liberal precedentes estuvieron, en palabras de Galdós "marcados por las intrigas anticonstitucionales del Rey con su camarilla, el confesor Víctor Sáez, el conde de Moy, el marqués de las Amarillas y los duques del Infantado y Castroterreño". Fernando VII, obligado a a aceptar la imposición decretada por la Junta Provisional Consultiva, aprovechó durante meses las diferencias entre los liberales moderados y los radicales veinteañistas. Intrigas que planeaba culminar ese 7 de julio. El plan era sencillo: apoyar el levantamiento de la Guardia Real y recuperar el poder absoluto del trono y regresar a la situación previa a 1820. Ya estaba bien de transigir con el nuevo período constiucional. Era capaz de cualquier cosa, como ya había demostrado en la conspiración de El Escorial o durante su cautiverio en Francia. Sus ambiciones estaban tan claras como su miedo, que fue lo que finalmente le hizo fracasar.

El secuestro de ministros

Tuvo a muchos de su lado, quiénes aunque no compartían ideales con el monarca, veían con agrado la marcha atrás del tipo de régimen. Pertenecían, mayoritariamente, al clero, la nobleza y los militares: Víctor Damián Saénz, canónigo de Sigüenza, Agustín Girón, y los militares Luis Ferández de Córdova. Tampoco ninguno salió bien parado porque, una vez fracasado el golpe, el intrigador les dió la espalda.

Para llevar a término su golpe, el Rey comenzó por ordenar el secuestro de los ministros. El día 7, dos batallones reales tomaron el palacio y retuvieron al secretario del Consejo de Estado, al jefe político San Martín y varios ministros liberales como Martínez de la Rosa.

Con las autoridades bajo secuestro, paralelamente y a las cinco de la mañana del ese día de julio de 1822 los milicianos se apostaron en la calle Mayor para proteger sus posiciones. Quieren entrar en Madrid. "La indisciplina entre los soldados de los dos batallones que quedaban en Madrid fue manifiesta", relata Galdós. "El interior del Palacio de Oriente había sido tomado por la soldadesca, que se apostaba en las galerías y los corredores con botellas de vino y paquetes de cigarros en un ambiente festivo de franca rebelión". Así las cosas, los cuatro batallones de Guardias que estaban en el Pardo se dividieron en tres columnas y entraron en la capital. Pero fue un descalabro. La Guardia Nacional, liderada por algunos generales e integrada por paisanos y burguesía progresista les planta cara. Corre la sangre: la mayoría de los profesionales de la Guardia Real son escabechinados.

Los que quedaron, se reunieron la Puerta del Sol, con el objetivo de llegar hasta palacio para custodiar al Rey que había instigado todo aquello. Pero Fernando VII se acobardó. "Una bala de fusil penetró por una ventana, por lo que envió un mensajero para pedirle que cesase el fuego" describe el Episodio Nacional. Si no mandaba a los sublevados que se rindieran, las bayonetas de los libres penetrarían hasta su real cámara, por lo que Fernando se rindió al miedo, y a la cobardía. El absolutismo había sido derrotado y el golpe, un fracaso. Pero el monarca sobreviviría.

"Los patriotas gritaban en las calles '¡Viva la Milicia Nacional!'". La capitulación fue pactada en la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor, donde los cuatro batallones de la Guardia Real entregaron las armas, gracias en gran parte, a figuras como Evaristo San Miguel, Palarea, Morillo y López Ballesteros; quiénes coordinados, desmontaron el plan de la Guardia Real. También al papel jugado por el Ayuntamiento de Madrid, que se encargó de organizar y abastecer a las tropas de la Milicia Nacional que se enfrentaron a los sublevados.

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