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SIN RESPALDO DE LA CIENCIA

El palo de Kioto, por Rubén Osuna

El Protocolo de Kioto ha entrado en vigor sin apenas debate público. Y ello a pesar de las importantes implicaciones para la economía española y mundial y a que su base científica no está en absoluto clara. Dos recientes estudios, uno de la revista Science y otro de la Technology Review del MIT muestran que el argumento de Kyoto, el gráfico del palo de hockey, carece del fundamiento científico que se le otorgó en su momento.

Noticia publicada el 23-02-2005

Por Rubén Osuna
 
Estos días se vuelve, una vez más, al tema del protocolo de Kyoto, un tratado internacional que obliga a los países firmantes a limitar el crecimiento de sus emisiones de gases a la atmósfera, pues se dice que dichas emisiones son la causa de un calentamiento súbito de la atmósfera de la Tierra, lo que a su vez estaría detrás del caos climático observado. La verdad es que demostrar que existe una relación de causalidad entre una variable y otra es cosa no es cosa fácil, y eso incluso en entornos poco complejos y controlables. Pero lo realmente sorprendente es que el llamado “calentamiento global”, está lejos de ser una evidencia.
 
El famoso análisis que sirve de base a este mito fue publicado por Mann, Bradley y Hughes en dos artículos de 1998 y 1999 aparecidos en Nature y Geophysical Research Letters respectivamente. En él se presentaba un gráfico sorprendente con las temperaturas de los últimos 1.000 años, que mostraban un comportamiento estable hasta los últimos 100 años de la serie (desde 1900 a esta parte), momento en el que las temperaturas empezaban a crecer a una tasa exponencial. Ese gráfico ha dado la vuelta al mundo como el “palo de hockey”. Dos estudios posteriores han demostrado que el análisis de Mann, Bradley and Hughes es básicamente erróneo, pues no consigue probar la hipótesis de un cambio de tendencia reciente en la evolución de las temperaturas del planeta.
 

 
La revista Science publica en 2004 un estudio de Von Storch, Zorita, Jones, Dimitriev, González-Rouco y Tett en el que se critica duramente el método de Mann, Bradley y Hughes (véase el reciente artículo-denuncia en Der Spiegel de Von Storch y Stehr). Es obvio que nadie tiene registros detallados de temperatura de multitud de lugares en el planeta que daten de 1000 años atrás. Sólo se disponen de registros abundantes para los últimos 100. ¿De dónde sacan entonces Mann, Bradley y Hughes los datos de los 900 años anteriores? Lo que hacen es seleccionar unas variables proxies que suponemos tienen una estrecha relación con las variables que queremos reconstruir porque no observamos (las temperaturas), como pueden ser las derivadas del análisis de los anillos de los árboles, de las capas de hielo en los glaciares o del coral en el litoral. Para los últimos 100 años tenemos las dos cosas, variables proxy y registros reales y detallados de temperatura, por lo que podemos ajustar un modelo matemático que relacione unas y otras. Una vez obtenido el modelo, lo aplicamos a los 900 años anteriores para los que tenemos sólo las variables proxy, y obtenemos una predicción (valga la palabra) de lo que fueron las temperaturas del pasado. Lo que Von Storch demuestra es que el famoso “palo de hockey” se debe al modelo empleado, pues aplicando otros modelos igualmente válidos para los últimos 100 años obtenemos resultados radicalmente distintos para los 900 años anteriores.
 
El profesor de física de la Universidad de Berkeley Richard Muller se hace eco en un artículo publicado en el Technology Review del MIT de un estudio de dos investigadores canadienses, Stephen McIntyre y Ross McKitrick, que la revista Nature acabó rechazando de forma un tanto extraña. El análisis de McIntyre y McKitrick es otra crítica más a la base del mito. Ellos demuestran que el famoso “palo de hockey” puede obtenerse a partir del modelo empleado por Mann, Bradley y Hughes no aplicando las variables proxy para reconstruir el pasado ¡sino con una serie de datos generados de forma aleatoria! Es decir, el modelo matemático de Mann, Bradley y Hughes nos lleva al famoso “palo de hockey” con cualquier serie de datos que se utilice.
 
Las dos críticas son más que suficientes para destruir cualquier confianza en la prueba de una hipótesis. En resumen, el célebre calentamiento de la Tierra no es más que un cuento. No podemos saber si la Tierra se está calentando o no en los últimos 100 años con respecto a los 900 anteriores. Mann, Bradley y Hughes proyectan hacia el pasado el comportamiento observado en los últimos 100 años, pero eso es un error colosal. Los ciclos del pasado, como la era cálida medieval (del año 800 a 1300) o la pequeña edad del hielo (de 1300 a 1900), y la variabilidad de temperaturas que estos habrían proporcionado, quedarían ‘tapados’ por la proyección hacia atrás de la tendencia lineal que hemos observado los últimos 100 años. En resumen, la muestra de datos a partir de la cual obtenemos conclusiones es muy pequeña y está sesgada, y el método empleado para tratar con ella está orientado a demostrar una hipótesis independientemente de lo que puedan o no decir los datos.
 
El Ecologista escéptico, célebre libro de Bjorn Lomborg publicado en español por EspasaLas creencias acerca del clima poco tienen que ver con lo que podemos saber gracias a la ciencia, en parte porque sabemos poco. El clima es caótico y puede estar relacionado con las temperaturas (y otras muchas variables) de una forma que no conocemos bien. Las temperaturas pueden estar sometidas a ciclos de longitud variable que se superponen. Entre los años 40 y 70 del siglo XX se pensaba que, curiosamente, el planeta se estaba enfriando. Estas oscilaciones, de ser ciertas, podrían ser un ciclo corto dentro de una onda mucho más larga que no podemos identificar porque no tenemos datos suficientes sobre lo que ocurrió en el pasado más remoto. En una palabra, no sabemos qué pasa con las temperaturas, y mucho menos de qué dependen, y mucho menos todavía cuál es su relación con el comportamiento del clima en las distintas partes del planeta. Como decía Ludwig Wittgenstein, de lo que no puede uno hablar, mejor callar.
 

¿Qué hay detrás de toda esta histeria en torno al calentamiento del planeta? Es un fenómeno muy conocido ya, y que se repite bajo distintas formas una y otra vez. Hay quienes necesitan creer en algo, y hay quienes hacen su agosto aprovechándose de los primeros. Una tropa de ingenuos y cínicos organizada en torno a una consigna que recuerda mucho a la famosa “tasa descendente de beneficios” que conduciría inevitablemente al “derrumbe del capitalismo”, un sistema perverso condenado a morir tras una larga agonía que pedía a gritos la eutanasia activa. El guión se repite casi idéntico ahora, sólo que utilizando el ecologismo y la pseudociencia como palanca (o palo, si lo prefieren). El nuevo mito es una temperatura ascendente, causada también por el capitalismo, que explica todos los males del planeta, desde el granizo en Utah al maremoto en Madagascar. Destapar la mentira no sirve de nada, pues una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Ni las críticas racionales al mito del “palo de hockey” ni las denuncias de Bjorn Lomborg en su libro “El ecologista escéptico”, parecen poder nada, como se lamenta con razón Philip Stott o nuestro compañero José Carlos Rodríguez desde estas mismas páginas. El “palo de hockey” busca las costillas del capitalismo. Para eso está.




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