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Liberalismo

El estatismo necesita un muro

Albert Esplugas Boter

&quote&quoteLa diferencia entre el liberalismo y el estatismo es que el liberalismo permite la libertad de salida, la competencia, los nichos de mercado. El Estado intervencionista no.

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En 1891 el liberal clásico alemán Eugen Richter ya imaginaba que el socialismo no podía sobrevivir sin un muro. En el capítulo Emigración de su libro Imágenes de un futuro socialista, Richter relata como las autoridades, en su utopía ficcionada, no permiten a la gente salir del país, pues todos tienen obligaciones para con los demás. Del mismo modo que el antiguo régimen imponía el servicio militar a todos los adultos, el gobierno socialista de Richter impone trabajo forzoso para la comunidad. Es la lógica de los derechos sociales: si Pedro tiene un "derecho a la salud", un "derecho a la vivienda", un "derecho a una renta mínima" es que Juan tiene la obligación de proveerlos, y en consecuencia no puede trabajar exclusivamente para sí mismo o marcharse del país.

Bryan Caplan se pregunta cómo pudo Richter anticipar de forma tan clarividente el muro de Berlín. Sugiere que Richet planteó a los idealistas socialistas las hipótesis adecuadas, "¿qué sucede si a un trabajador no le gusta tu 'paraíso socialista'?", y observó que reaccionaban histéricos o con evasivas. Si esa es la respuesta a preguntas críticas antes de que tomen el poder, ¿cómo van a responder a los hechos críticos depués de alcanzarlo?

Lo cierto es que el estatismo en general no puede sobrevivir sin muro. El Estado intervencionista se impone a toda la sociedad, da igual que haya gente que no lo apruebe o que hayamos o no votado la Constitución. El Estado nos obliga a obedecer todos sus mandatos y a pagar impuestos por el mero hecho de vivir en una región. Igual que el mafioso de barrio, pero a escala nacional y con ínfulas de legitimidad. Luego los teóricos dicen que somos miembros de un imaginario "contrato social" y santas pascuas.

El muro físico de Berlín cayó y los socialistas contemporáneos lo repudian por grotesco. Pero si les planteamos la pregunta difícil que sugiere Caplan nos daremos cuenta de que en el fondo no pueden negar su necesidad. Quizás no hace falta alzarlo de hormigón, pero de un modo u otro hay que impedir que la gente que no está de acuerdo con el sistema se escinda y se rija por otras normas. Por su naturaleza, el estatismo (y aquí incluyo el intervencionismo de los Estados del Bienestar) no puede tolerar que la gente se emancipe y deje de contribuir al mismo, porque de lo contrario se les vacía "el paraíso" y su Estado se convierte en una comuna con pocos socios.

Tomemos, por ejemplo, el movimiento del Seasteading, que aspira a fundar comunidades voluntarias (liberales y de toda clase) en alta mar, donde no llega la jurisdicción de los Estados, haciendo uso de embarcaciones y plataformas. ¿Tolerarían los intervencionistas la creación de estas comunidades? En algunas de ellas el capitalismo se practicaría impunemente, no se pagarían impuestos y se aceptarían nuevos miembros que compartieran esos valores. Si en efecto están dispuestos a tolerar esas comunidades, ¿por qué se han reprimido todos los intentos de crear comunidades de este tipo en tierra firme desocupada? ¿Por qué ningún Estado vende una parcela de su geografía a promotores que quieren fundar una comunidad de este tipo (y que ya han mostrado su interés en varias ocasiones)? Tomando un ejemplo más común, ¿por qué se reprime a los "refugios fiscales"? Son países pequeños independientes que se rigen por otras normas y cobran pocos impuestos a quienes quieren trasladar allí su residencia, su empresa o su capital (no son llamados refugios en vano). ¿Por qué los grandes Estados y sus acólitos quieren pisotearlos? Por la misma razón que apuntaba Richter: los individuos están obligados a trabajar para los demás (léase el Estado).

Propongo una cláusula "opt out" para la secesión interna de individuos: aquellos que la firmemos recibimos un recorte drástico de impuestos y, al mismo tiempo, tenemos la entrada vedada a los hospitales públicos, a la escuela pública etc. En los ámbitos en los que el Estado permita la iniciativa privada y la libre entrada al mercado, los firmanes no podemos acudir al sector público. ¿Lo tolerarían los intervencionistas? Uno de ellos me replicó: "¿No es más lógico que impere el sistema político que la mayoría quiere y no el de la minoría?". Pero yo no estoy pidiendo que imperen mis normas, sino que me permitan separarme de las suyas. ¿Acaso aceptaría el socialista que una mayoría católica practicante le impusiera ir a misa siendo él ateo? ¿Aceptaría que los carnívoros impusieran su dieta a los vegetarianos? ¿No es mejor dejar que cada uno haga lo que quiera mientras no agreda al otro?

Esta es la diferencia entre el liberalismo y el estatismo: el liberalismo permite la libertad de salida, la competencia, los nichos de mercado. El Estado intervencionista no. Como decía Robert Nozick, el liberalismo es un marco para las utopías (en plural). El socialismo es una utopía concreta, y sus seguidores suelen querer imponerla a todos (hay excepciones). En una sociedad libre pueden convivir, prosigue Nozick, maníacos y santos, monjes y libertinos, socialistas voluntarios y capitalistas, comunidades tipo Fourier, Flora Tristan, Owen, Proudhon o Josiah Warren, kibbutz, Bruderhof.... Nadie sería obligado a formar parte de un club. El derecho de salida y la competencia harían que unos experimentos fracasaran y otros florecieran. Pero hoy existe un muro a esta competencia institucional. En el marco del Estado del Bienestar actual, los liberales no podemos tener nuestra Quebrada de Galt.
Albert Esplugas Boter es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

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