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La pretenciosa pregunta de Dios

Quizás nuestra perplejidad se reduzca a la naturaleza limitada de nuestro intelecto. Nuestra mente piensa el mundo en términos de causas y efectos. En ellos estamos atrapados.

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Es sorprendente que después de que el volcán sobre el origen del mundo haya pasado un largo invierno de siglos arrinconado por la ilustración y la ciencia moderna, irrumpa ahora de golpe con la afirmación del astrofísico Stephen Hawking de que Dios no es necesario ni imprescindible para la creación del universo.

El prestigioso científico de Stephen Hawking ha traspasado los propios límites de la ciencia a la que sirve, y es contemplado por el mundo no como lo que es, un simple mortal, sino como un ser superior conectado con los secretos del cosmos. Es el nuevo mito de la ciencia, como lo fue Einstein en vida.

Quizás sea por esa aureola de gurú de la física tan cara al resto de mortales, por lo que se le ha dado tanta transcendencia a un pensamiento tan vulgar como que Dios no existe.

A la espera de su nuevo libro donde explica la teoría sobre el origen del mundo y la existencia de Dios, se ha dicho todo. Y las demostraciones sobre la existencia de Dios y su contrario, también. No es cuestión de traer ahora aquí, en un simple artículo de diario, el ingente trabajo intelectual de teólogos, filósofos, científicos y creyentes de toda condición. Pero sí de señalar la necesidad de afrontar esta cuestión eterna con la humildad necesaria.

Puede que un día Stephen Hawking o cualquier otro científico llegue a descifrar el origen y causa de este universo, pero no podrán negar la existencia de Dios. Es muy posible que no se necesite a Dios para diseñarlo u originarlo, pero eso nunca resolvería un pregunta previa y definitiva: ¿Por qué el ser en vez de la nada?, o dicho con una caña por medio en una barra de bar: ¿Por qué existe la materia, las cosas, la vida, en lugar de su ausencia, en lugar de la nada?

Stephen Hawking podrá devanarse la mente en busca de un orden que explique la causa, el origen, y si mezcla ciencia con filosofía, el porqué de todo, pero no podrá nunca responderse por qué existe el universo, cualquier universo, en lugar de la nada. Como tampoco podrán asegurarnos los creyentes con argumentos nacidos de la razón para dar sentido al sinsentido de que algo no haya tenido un origen; que Dios es el origen de todo, porque la pregunta sigue intacta, ¿quién creó a Dios?

Quizás nuestra perplejidad se reduzca a la naturaleza limitada de nuestro intelecto. Nuestra mente piensa el mundo en términos de causas y efectos. En ellos estamos atrapados. Puede que las preguntas por el origen, causa y razones del mundo estén fuera de nuestro alcance, como lo está comprender el cinismo para una piedra.

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