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Columna publicada el 22-06-2005
Así de sencillo, así de categórico. Los bits son entes libres. Fluyen por doquiera, se mueven, se envían, cambian de mano, de formato, de soporte, de identidad. Se comprimen, se descomprimen, se duplican, se copian, se alteran, se mezclan con toda facilidad. Nada ni nadie puede o podrá impedirlo. Se pongan como se pongan y desarrollen los estúpidos sistemas anticopia que pretendan desarrollar. Da lo mismo. Son bits, y el moverse libres forma parte de su naturaleza.
Los bits, además, no se alteran al ser copiados. Parece obvio, pero unas zapatillas deportivas dejan de estar en la tienda cuando me las llevo, y no pueden, por tanto, ser vendidas otra vez ni utilizadas por otra persona. Los bits miran ese tipo de limitaciones espaciotemporales con desprecio inusitado, por encima del hombro: ellos sí pueden estar en varios sitios a la vez y ser poseídos por varias personas al mismo tiempo. Si yo voy a casa de un amigo o a una tienda y me llevo una copia de una canción, tendrá la misma calidad que el original y, además, el original seguirá estando en el mismo sitio, para que otros lo vuelvan a copiar o lo disfruten. Por eso se comportan en sus modelos económicos de manera diferente, aunque algunos patéticos iluminados no quieran darse cuenta de ello. Decir que la música no es cara porque unas zapatillas deportivas lo son más es una frase que denota profunda y supina ignorancia, que descarta al que la dice, que hace pensar en qué momento y por qué méritos tuvieron la peregrina idea de ponerle al mando de la entidad que preside. Decir que la copia privada no es un derecho de los consumidores, como afirma alguna otra que va de ilustre dama del escenario, es algo tan absurdo como pretender decirle a alguien lo que puede y no puede hacer con un huevo que se acaba de comprar: “no, mire, si quiere se lo come frito o hasta cocido, pero en tortilla no se lo haga porque entonces es un delito execrable y le perseguiré”. Pues no, mire, lo siento. Es mi casa, mi disco y mi unidad de CD-RW, y hago con ellos lo que me venga en gana, diga usted lo que diga y legisle la ministra de turno las tonterías que quiera legislar. Si le parece mal, tiene dos trabajos: enfadarse y desenfadarse, pero yo voy a seguir haciéndolo cuando me venga en gana. Es más, ahora cada vez que grabe un CD o pase una canción al iPod, lo acompañaré de un corte de mangas para Pilar Bardem.
La estupidez de la industria está llegando a un extremo tan profundamente ridículo que roza la pantomima. A veces parece que las entidades de gestión y los “ídolos mediáticos” a los que ponen a decir tonterías en público cual si fueran marionetas de guiñol se dedican a competir por ver quien dice la mayor barbaridad. Me los imagino en sus lujosas fiestas, sentados alrededor de una mesa y muertos de risa... “Ja, ja, ja... ¿te acuerdas cuando dije aquello de la huelga de cantantes? Anda, pues que me dices cuando salí yo con aquello de que Telefónica alentaba el robo, esa sí que fue buena...” Mientras, los consumidores seguimos haciendo lo que queremos, a pesar de las continuas agresiones, insultos y faltas de respeto que llamarían en realidad a otro tipo de reacciones más radicales y, sin duda, merecidas. A una huelga, sí, pero por el otro lado: no compro más hasta que esa panda de indocumentados deje de insultarme. Y compraré si quiero, porque la alternativa de conseguir bits gratis siempre estará ahí disponible. Compraré si realmente considero que quiero contribuir a incrementar los ingresos del artista en cuestión, porque me gusta, porque quiero incentivarle a que siga haciendo música, porque me cae bien o porque ha conseguido crear una asociación conmigo que hace que me sienta parte de algo que comparto con más gente, que me identifica. Hace una semana estuve con un amigo que habitualmente se baja música de Internet como todo el mundo, pero que venía de comprarse un disco de un grupo determinado porque “ese lo quería tener”, quería “sentir que daba dinero” a ese grupo.
Sin embargo, mi amigo está tristemente equivocado. Comprar un disco no es una buena manera de contribuir a las finanzas de ningún artista, sino precisamente a las de quien hace el trabajo de menos valor añadido: el intermediario que graba los CD, el que los distribuye, el establecimiento que los vende o el ejecutivo que diseña esas presuntas campañas de lanzamiento que les hacen creerse grandes estrellas del marketing, cuando en realidad cualquier profesional del marketing lo haría unas cien veces mejor y más barato. Comprando discos no ayudas a los artistas, ayudas en realidad a intermediarios que te aportan muy poco valor.
Enrique Dans es profesor del Instituto de Empresa

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