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LOS NUEVOS PERONES

América Latina regresa al corporativismo

El presidente boliviano, Evo Morales, ordenó el 1 de mayo la ocupación militar de los yacimientos de gas natural y anunció su nacionalización. No es casualidad que el anuncio lo hiciera al regreso de su viaje a La Habana para reunirse con otros dos gobernantes de izquierda, Chávez y Castro.

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Varios analistas comentaron que ese anuncio refleja el desplazamiento de América Latina hacia la izquierda, pero el problema es que el izquierdismo de Morales y de Chávez incluye una agresiva lucha de clases y un programa de gobierno que se describe mejor como corporativista. Se trata de políticas similares a las instrumentadas por los gobiernos fascistas de los años 30, o sea una mezcla de socialismo, autoritarismo, populismo, nacionalismo y xenofobia. Eso se combina con la nacionalización y regulación de la economía, la militarización de gran parte de la sociedad y la creación de organizaciones civiles controladas por el Gobierno que gradualmente acaban con la libre asociación.
 
En América Latina ya ocurrió eso con la llegada de Juan Domingo Perón –gran admirador de Mussolini– a la presidencia de Argentina, en 1946, quien, igual que Chávez, era militar. Perón eliminó la libertad de intercambio y de asociación, todo lo cual fue reemplazado por empresas y sindicatos dirigidos y manipulados por el Gobierno; se procedió, además, a estatizar las principales industrias y a la expulsión de empresas extranjeras. La retórica peronista también era nacionalista, militarista y antioccidental.
 
La similitud con lo que está sucediendo hoy es obvia. No es casualidad que Morales utilizara al ejército para ocupar los yacimientos de gas, y que Chávez esté militarizando a los venezolanos con la creación de sus milicias populares bolivarianas. El lenguaje utilizado por ambos presidentes recuerda las diatribas peronistas contra las inversiones extranjeras, lo mismo que los cambios de las constituciones de sus países para ajustarlas a sus programas.
 
El cardenal Terrazas.También observamos creciente preocupación por lo que está sucediendo, en especial de parte de la Iglesia Católica. Los obispos bolivianos criticaron recientemente al Gobierno de Morales por instrumentar políticas que no respetan los derechos humanos. El cardenal Julio Terrazas, en nombre del Episcopado, declaró respecto a la nacionalización del gas: "Es peligroso pensar que la nueva Bolivia va a nacer ignorando los principios básicos de respeto a las leyes y convenios".
 
Los obispos bolivianos saben que el irrespeto a los contratos libremente acordados termina acabando con el Estado de Derecho, fundamento esencial para una creación de riqueza sostenible. Pero quizás lo más notable de la declaración de los obispos fue su insistencia en que nada cambiará en Bolivia mientras la gente no cambie sus hábitos morales. Esto recuerda las declaraciones del cardenal argentino Jorge Bergoglio en 2002, cuando dijo que la corrupción que tanto daño hace a la sociedad no mejorará hasta que los individuos la rechacen.
 
Son palabras importantes, pues reflejan que los obispos ya no acusan a otros por los males de la región y que ya no se toma en serio la Teología de la Liberación, aunque muchos líderes católicos siguen sin aceptar el hecho de que los problemas latinoamericanos son el resultado de infames políticas, mercantilismos económicos y comportamientos sociales que debilitan y destruyen los comportamientos y las instituciones que hacen posible la creación de riqueza y el mejoramiento del nivel de vida para todos.
 
Es el momento de que los líderes católicos latinoamericanos ofrezcan alternativas reales, para lo cual deben estudiar lo expresado por el Papa Juan Pablo II en su encíclica Centesimus Annus, en 1991. Con su énfasis en los beneficios del libre intercambio, la iniciativa empresarial, el respeto a la propiedad y al Estado de Derecho, se trata de un documento que muestra a los católicos un camino diferente al callejón sin salida del corporativismo, la Teología de la Liberación y el creciente populismo racista de Chávez y Morales.
 
¿Afrontará América Latina este reto? Esperemos que sí, ya que el bienestar de 20 naciones y más de 500 millones de latinoamericanos depende de ello.
 
 
© AIPE
 
Samuel Gregg, director de investigaciones del Acton Institute.

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