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Columna publicada el 19-03-2002
Cualquier persona valora positivamente tener un trabajo que le guste, bien pagado y cerca de su domicilio. Pero en el mundo real esto no siempre es posible. Hay trabajos que contribuyen a la realización personal, pero también hay tareas desagradables o poco reconocidas socialmente. Los salarios no pueden fijarse de forma caprichosa independientemente de las realidades económicas. Es la oferta y demanda de puestos de trabajo específicos la que determina los salarios. Un empresario ofrece un empleo a un trabajador si éste produce más de lo que le cuesta en salarios e impuestos. El trabajador debe tener alguna habilidad que le haga valioso en el mercado laboral, y en una sociedad libre es responsabilidad suya el obtener la capacitación adecuada. Algunos trabajos pueden realizarse desde el propio domicilio, pero muchos otros requieren la presencia de los empleados en un centro laboral, para lo cual deben trasladarse diariamente al mismo. El dueño de una fábrica debe situarla en algún sitio, el cual estará más o menos cerca de la residencia de sus trabajadores.
En un mercado libre cada participante, respetuoso de la propiedad ajena, intenta obtener el mejor empleo posible, pero casi siempre es necesario asumir costes, renunciar a algo para obtener otra cosa más valiosa. Si un trabajo es muy atractivo puede resultar interesante el cambiar de domicilio e incluso cambiar de ciudad, provincia o país de residencia. Una persona libre corre con sus gastos y no exige que los demás le financien la solución de sus problemas. Desgraciadamente, no vivimos en una sociedad libre. Sufrimos un Instituto Nacional de Empleo que fracasa sistemáticamente en su cometido pero que se mantiene para beneficio de sus burócratas. Padecemos políticos demagógicos que se dedican a transferir coactivamente riqueza para obtener votos y obstaculizan constantemente la empresarialidad humana.
En un mercado libre la existencia de una región con mucho paro puede ser un estímulo para que diversas empresas se instalen allí si los trabajadores locales aceptan salarios bajos competitivos que reflejen la escasa productividad. Cuantas más empresas se aprovechen de este hecho, mayor será la competencia por la mano de obra y crecerán los salarios. No sucede así porque no tenemos un mercado libre y las empresas encuentran todo tipo de trabas y regulaciones absurdas contrarias a la eficiencia. Las regiones más pobres coinciden con las menos libres y menos dinámicas, las más estatizadas.
Ahora se pretende facilitar la movilidad laboral subvencionando al trabajador que acepte un empleo lejos de su domicilio. Subvenciones que saldrán de la confiscación de riqueza a los contribuyentes. Conviene recordar una serie de hechos políticamente incorrectos: no hay un derecho ético a un subsidio por desempleo; no existe el derecho a vivir siempre en el lugar de nacimiento a costa de los demás; los trabajadores honrados suelen invertir tiempo, dinero y esfuerzo en formarse y adquirir experiencia para poder optar a empleos atractivos; si uno no tiene habilidades profesionales debe aceptar trabajos humildes y tal vez poco interesantes; la vivienda es cara por las intromisiones estatales, regionales y municipales en los mercados del suelo y por la falta de libertad de contratación y de seguridad jurídica en los alquileres; la escasez de puestos de trabajo es causada por el intervencionismo económico.
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