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La patria y la lepra, los hunos y los hotros

En nuestro camino colectivo, como españoles, la idea nacional lleva cerca de un siglo sufriendo un doble acoso. Por un lado, hay una cierta izquierda que considera la idea nacional española como algo intrínsecamente negativo, digno de ser destruido con la mayor vehemencia. Lo que esta izquierda reprueba no es el nacionalismo en general, pues aplaude y estimula los nacionalismos catalán, vasco, gallego y hasta andaluz, sino que lo que odia es específicamente la idea nacional española, por considerarla heredera de la religión católica y de la monarquía tradicional, como si la Historia se hubiera congelado en la batalla de Lepanto. Es un fenómeno completamente singular en la Historia moderna de las ideas: prácticamente todas las izquierdas europeas se construyeron sobre la exaltación de lo nacional como sublimación política del pueblo, pero la izquierda española, al revés, ha tendido a pensar que la liberación del pueblo debía pasar por la destrucción de la conciencia nacional. Esa corriente, que nunca ha desaparecido desde los tiempos de la I República, la vemos resurgir hoy al paso de unas reformas estatutarias que ya no son meros ejercicios de equilibrismo para mantenerse en el poder, sino que van cobrando el aspecto de una transformación radical de la condición política de España; transformación, todo sea dicho, decidida y ejecutada a espaldas del pueblo. En la estela de esta izquierda obtusa, no faltan policías del pensamiento prestos a lanzarse contra quien reivindique la nación española y adosarle el estigma infamante del "fascismo". Hasta hace poco, el truco aún funcionaba. Hoy ya no.

El otro elemento de acoso viene del campo contrario, a saber: el de quienes consideran que la idea nacional española es patrimonio exclusivo suyo, de unos pequeños grupos, justamente marginales, que en su mayoría provienen de la fragmentación catastrófica del franquismo. Su discurso es de una simpleza insultante: "la Patria somos nosotros". La Patria, mientras tanto, sigue avanzando sin siquiera reparar en su existencia. Pero aunque exiguos, estos grupos, en su pertinaz obcecación, terminan proporcionando abundante munición a los otros, a los enemigos de cualquier identidad nacional, pues les dan exactamente lo que quieren: una razón para identificar nación y fascismo. De algún modo, estas gentes, los que se arrogan cómicamente la única representación de la Patria, vienen a resucitar aquel altanero "egoísmo de las clases conservadoras" que tanto frustraron las posibilidades de la Restauración, que tanto se acobardaron en la II República y que las mejores cabezas de la propia derecha española fustigaron sin piedad. Hoy, reducidos al gueto del cabreo y la maldición histórica, escupen al cielo; con los conocidos efectos que esa práctica suele traer consigo.

Unos y otros, hunos y hotros en la mirada unamuniana, nos recuerdan a esos dos paisanos que pintó Goya en aquella riña a garrotazos: clavados en el suelo, inmóviles en su fanatismo, destrozando al prójimo y destrozándose a sí mismos en una ceguera cerril. Unos y otros son la peor España, la lepra que ha venido corroyendo la conciencia nacional española y que nos ha llevado a una situación absurda, única en el mundo: la de una nación que tiene vergüenza de serlo, la de una patria que teme decir su nombre. Es hora de acabar con esta penosa situación. Hasta hace pocos años, los españoles aún tendíamos a tomar partido por uno u otro contendiente, por un garrote u otro. Pero eso se tiene que acabar. Dejemos atrás a los profesionales del odio nacional, solos con sus garrotazos. Si a la nación española aún le queda una oportunidad –y sin duda le queda–, será precisamente marginando a estos tristes vestigios del guerracivilismo español. Tenemos un pasado magnífico y un gran futuro por delante. Queden atrás los Hunos y los Hotros.

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