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"La verdad se corrompe, no sólo con la mentira, sino con el silencio" (Cicerón)

En el tránsito del calendario entre un año y el que le sucede, inevitablemente se juntan en nuestra mente pensamientos, recuerdos y juicios que, con frecuencia, nos impiden hacer un análisis sereno y ponderado de los hechos que más incidencia tienen en nuestras vidas.

El año que se nos ha ido ha dejado hechos de todo tipo, pero, en general, no ha sido tan bonito como nos lo pintan desde algunos ámbitos. Posiblemente podamos afirmar que dos de los problemas más importantes para la sociedad española han mostrado un cambio de tendencia, pero del todo insuficiente para acercarnos a la normalidad deseable. Me refiero a la economía y al desempleo. Los expertos no cesan de ilustrarnos con sesudos análisis.

Celebradas nuevas elecciones generales, algunos no podemos afirmar que las cuatro legislaturas agotadas durante los tres lustros transcurridos del siglo XXI hayan contribuido a resolver los problemas de España o a mejorar nuestra convivencia. Las excepciones, como siempre, confirman la regla.

Hay males, endémicos al parecer, que o han empeorado o se han agravado durante este tiempo. Me refiero, lógicamente, al nivel de desempleo, a la corrupción, a los separatismos, a la precaria salud democrática de nuestras instituciones y de nuestras clases dirigentes. Todo ello aderezado por unos medios de comunicación que amenizan el aquelarre fingiendo una transparencia y una pluralidad inexistentes. El pueblo liso y llano se erige inconscientemente en comparsa inocente de este carnaval permanente.

Me hubiera gustado comenzar este año bisiesto con una visión más positiva de nuestra vida en común, pero, por más que lo intento, no veo indicadores -cuantitativos o cualitativos- que me ayuden a cambiar la visión que intento esbozar con realismo. Tampoco me considero un pesimista recalcitrante; más bien peco de ser persona con una buena dosis de optimismo y esperanza. Los comentarios que me llegan, en general, tampoco mejoran esta visión de las cosas.

Casi por sorpresa, hemos llegado al duodécimo aniversario del mayor crimen cometido en España y en Europa en este siglo. Durante estos dieciséis años ha habido más atentados terroristas, pero, con perdón de las víctimas, creo que los atentados de los trenes de Cercanías han sido los más extraños y los que peores consecuencias han tenido para España. En efecto, en doce años, a España no la conoce ni la madre que la parió. Según comentarios escuchados a personas mayores que yo, más bien tiene la vocación de parecerse a la de los años treinta del siglo pasado. Yo tuve la suerte de no vivirlos, pero personas nacidas en nuestra actual etapa democrática tienen actitudes y comportamientos asimilables a la citada década. Ojalá me equivoque en esta apreciación.

¿Cómo pueden explicarse manifestaciones de odio en personas nacidas y educadas en democracia ? ¿Cómo puede aplicarse con tanto sectarismo la llamada memoria histórica? La memoria del 11-M, el mayor crimen cometido en el período democrático de estos últimos cuarenta años, se ha transformado en amnesia colectiva. No importan las siglas que se exhiban o las funciones que deban desarrollar las instituciones que callan y guardan silencio. ¿Cómo se explican el consenso y la solicitud para combatir el yihadismo en Francia mientras nos conformamos con el silencio y la mentira para nuestro 11-M?

Ni los más despreocupados por lo público pueden ignorar que de los atentados del Once de Marzo no conocemos los cerebros malévolos que los concibieron, que no hay más que un condenado por colocar diez o doce artefactos sincronizados en cuatro trenes. Tampoco pueden ignorar la oscuridad de lo ocurrido en Leganés. La desaparición inmediata de los trenes explosionados y de las muestras tomadas en ellos para investigar los hechos y a sus autores. La falsedad de las pruebas que se utilizaron en la investigación. Podríamos seguir añadiendo irregularidades que, sin duda, marcan las diferencias con otros atentados de España y de otros países. Pues bien, estas fechas que sirven de pórtico a unos nuevos tiempos en nuestra convivencia parecen marcar viejos tiempos para los doce años de silencio que corrompen la verdad del 11-M.

Parece como si Cicerón fuera nuestro contemporáneo:

La verdad se corrompe, no sólo con la mentira, sino con el silencio.

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