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No olvidar lo inolvidable

Nunca vamos a dejar de preguntar. Y no sólo con intención de responder a lo que tanto nos importa. También para que nadie vuelva a sufrir lo que nosotros sufrimos

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Ahora se cumplen cinco años y un mes de la mayor masacre terrorista sufrida en Europa. A pesar de todo el tiempo que ha transcurrido, creo no equivocarme al afirmar que estamos tan lejos o más del conocimiento de la autoría que donde estábamos en los días en los que ocurrió. ¿Cómo puede explicarse esta realidad en un país de la Unión Europea que fue una de las primeras nacionalidades que surgieron en ella?

Por citar sólo tres hechos. En un principio, se nos habló de varias tramas y se detuvo a más de cien personas que entonces se relacionaron con la masacre. Todavía hoy se habla extraoficialmente de una cuarta trama. Pero desde mi óptica, ni a nivel judicial ni a nivel parlamentario se ha podido comprobar o demostrar con evidencias la existencia de dichas tramas. Respecto al alto número de detenidos, podemos decir que en el juicio y en la condena del Tribunal Supremo resultó un globo pinchado, ya que sólo se ha condenado a tres personas como autores sin explicar a cuál de las tramas pertenece cada una. Es más, respecto al único condenado por su presencia en los trenes, se ha demostrado que la noche anterior a la matanza estuvo en un gimnasio, existiendo registros que prueban su presencia en el mismo. El lector puede sacar sus propias conclusiones. Eso sí, ni los medios de comunicación ni ninguno de los poderes públicos ha desmentido esta investigación periodística.

Recordemos el papel de la oposición durante el atentado y el período de transferencia de poderes. El hoy presidente del Gobierno propaló la falsa información de que había terroristas suicidas en los trenes. Fueron muchos los que pensaron que si la autoría era de ETA, las elecciones las ganaría el partido en el gobierno. Mientras que si hubiera sido de carácter islamista, las ganaría el partido que las ganó. Es lo que entonces más preocupaba a los que, lejos de ayudar en la investigación, sólo reflexionaban sobre cómo iba a influir nuestro sufrimiento en el resultado electoral. 

Poco después, el poder legislativo, a petición del principal partido de la oposición, creó una comisión de investigación con la supuesta finalidad de depurar las responsabilidades políticas del atentado. La comisión se cerró sin cumplir su objetivo. No sólo pudimos constatarlo, también vimos con estupor cómo los que nada investigaron mostraron su autosatisfacción por los trabajos no realizados.

El gobierno recién estrenado, que desde la oposición prometía aclarar el atentado, no sólo urgió el cierre de la comisión, sino que con el apoyo de todos los grupos parlamentarios excepto el Popular, trató en todo momento de olvidar y hacer olvidar a todos lo que con tanta fuerza exigió los tres días anteriores al 14 de marzo de 2004.

En lo que al Poder Judicial se refiere, podemos decir que el desastroso sumario difícilmente hubiera permitido llegar al conocimiento de la verdad. A pesar de ello, la vista pública se inició con un tribunal que nos hizo albergar esperanzas. Sin embargo,  las pruebas que se presentaron dejaron mucho que desear. Es más, las mentiras y contradicciones de algunos testigos fueron patentes. Pese a todo no hubo deducción de testimonio para ninguno de los que declararon. El juicio finalizó con la sentencia conocida por todos.

Sobre las piezas que permanecen abiertas, yo, al menos,  no sé cómo se están tratando. Lo que sí me consta es que en buena medida las peticiones de las partes fueron denegadas. Entre ellas, la visualización de las grabaciones realizadas durante la pericia de explosivos, a las que considero que tenemos derecho al menos los peritos que intervenimos en ella. Por último, la sentencia del Tribunal Supremo tampoco aportó grandes cosas. Ni antes ni después se pudo establecer la autoría intelectual del atentado.

Hoy -a pesar de que el 80% de los españoles considera que no se conoce la verdad- el silencio es casi unánime. Ignoro el interés que los poderes públicos puedan tener en olvidar lo inolvidable. ¿Qué podemos pensar las víctimas que tenemos infinidad de preguntas sin contestar? ¿A quién le importa?

En cualquier caso, ya pueden perder toda esperanza. Nunca vamos a dejar de preguntar. Y no sólo con intención de responder a lo que tanto nos importa. También para que nadie vuelva a sufrir lo que nosotros sufrimos. O el Gobierno, la oposición, los jueces, la fiscalía y la Policía nos ayudan a contestarlas, o desde la impunidad que se les ha ofrecido, los que causaron tanto sufrimiento volverán a intentarlo. Aún estamos a tiempo de reaccionar.

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