Historia
Noticias y opinión en la red
THOMAS ALVA EDISON

El pirata de la luz

Cuenta la historia que una tarde de 1859, a bordo del Grand Trunck Railroad, con destino Detroit, se declaró un incendio que a punto estuvo de provocar una catástrofe sin precedentes.

No hay muchos datos sobre las causas del suceso, pero sí se sabe que en ese mismo tren trabajaba como vendedor de dulces y periódicos un joven tímido y huidizo, criado en el asfixiante ambiente religioso del Medio Oeste, al que le gustaba jugar con productos químicos y cargas eléctricas. Le llamaban Al, y tenía permiso –no escrito– de los maquinistas para dedicarse a sus investigaciones científicas caseras en los descansos. No es de extrañar, pues, que el día de autos todas las miradas se volvieran contra él. Si alguien tenía capacidad para provocar un fuego accidental de tales dimensiones era el chico de los experimentos.

El maquinista, enfurecido y ebrio de adrenalina tras apagar las llamas, cogió al chico del pescuezo y le propinó una soberana paliza. El chico, Thomas Alva Edison, quedó sordo para toda la vida.

Al "nunca tuvo adolescencia, ni jugó con nada hasta que tuvo edad para utilizar una máquina de vapor", según declaró su padre en su momento; por cierto, también declaró que posiblemente no tuvo nada que ver con el suceso del tren a Detroit y que no se quedó sordo a raíz de la paliza del maquinista: al parecer, la auténtica causa de su déficit auditivo fue una escarlatina mal curada contraída durante la infancia.

La relación de Edison con los medios de transporte arroja algún otro acontecimiento cuasidramático: en 1862 salvó de una muerte segura a un niño de tres años que estaba a punto de ser atropellado por un furgón de reparto. El padre de la criatura, el jefe de estación J. U. MacKenzie, se mostró tan agradecido que le ofreció un trabajo como telegrafista.

Bien mirado, aquello no era lo que se dice una recompensa espectacular. Según ha contado el divulgador científico británico Michael White (en Lenguas viperinas y soñadores tranquilos, traducido al español por la editorial Espasa), "la telegrafía era entonces algo análogo a lo que pudo ser internet al final del siglo XX". Es cierto que aquella tecnología incipiente empezaba a crecer, ofreciendo nuevas oportunidades a quien quisiera embarcarse con ella en la aventura del progreso. Pero, precisamente por eso, el trabajo de operador de telégrafos era inestable, estaba mal visto... y peor pagado. Los telegrafistas viajaban de un lado a otro, siempre pendientes de dónde se les iba a necesitar para tender una nueva red o mandar un nuevo mensaje. La mayoría eran jóvenes sin mucha preparación pero con un gran espíritu aventurero. Tal vez fue eso lo que llevó a Edison a aceptar la oferta de empleo. O tal vez la oportunidad que se le brindaba de seguir realizando experimentos, que, luego de que leyera los trabajos de Faraday, habían derivado hacia el mundo de la electricidad.

Su carrera como operador de telégrafos no iba a ser demasiado larga, y la emprendió mientras aprendía más y más cosas. Leía todo lo que caía en sus manos, experimentaba cada vez que tenía un rato libre y se convencía a sí mismo de que quería dedicarse a ser inventor: en 1869 se decidió a dejar el trabajo para intentar ganarse la vida patentando sus ingenios.

Empezó probando con un prototipo de máquina para contar los votos en las elecciones. Algo tan sencillo como una circunferencia de papel que giraba en torno a un eje: los golpes de morse aplicados en el disco generaban una señal eléctrica que podía transmitirse a distancia. Los políticos nunca llegaron a fiarse del invento, que, con todo, sentó las bases para otro invento posterior, con el que nuestro hombre tuvo más éxito: la cinta continua de impresión de las cotizaciones de bolsa, por la que se embolsó 30.000 dólares, toda una fortuna que le permitió dedicarse en exclusiva a sus ingenios.

También su vida personal experimentó cambios importantes en este periodo. En 1871 murió su madre, y ese mismo año contrajo matrimonio con Maryl Stilwell. La relación entre ambos pronto se deterioró, por la tendencia de Thomas a pasarse las noches enteras en el laboratorio. Aún así, pudieron concebir tres hijos. A los dos primeros (una niña llamada Marion y un niño llamado Thomas) Edison les llamaba "Punto" y "Raya", en honor a los símbolos del código Morse.

En 1876 Edison abrió el que iba a ser su laboratorio más fértil. En Menlo Park. Este lugar pasaría a la historia cono "la fábrica de inventos": en él no sólo cobraron forma la mayor parte de las innovaciones de nuestro hombre, sino que sirvió de sede para la primera incubadora de innovaciones de la historia. Al diseñó un complejo sistema de producción, con protocolos diseñados muy estrictamente y divisiones especializadas de trabajo, con el fin de que todos los empleados pudieran participar en el proceso creativo de la generación de patentes. Fue el gran pionero de la I+D.

En 1877 recibió el encargo de mejorar una patente propuesta un año antes por Alexander Graham Bell: el teléfono. Aquel primitivo transmisor de voz tenía algunos defectos que provocaban que el sonido fuera muy débil. Edison aceptó el reto y en sólo un año presentó su prototipo mejorado, gracias a la colocación de micrófonos de carbón granulado en el altavoz del aparato.

De la factoría de Menlo Park procede también el fonógrafo. A Edison se le ocurrió la idea de grabar sonidos sobre un disco de papel giratorio cuando escuchó una aguda nota salida, precisamente, de uno de esos discos que usaba en las transmisiones telegráficas. El primer fonógrafo vio la luz en 1877, y fue concebido como una máquina para dictar órdenes en las oficinas. Pero el mundo lo convirtió en una de las fuentes de ocio más influyentes en la historia reciente de la humanidad. Se recibieron cientos de peticiones de compra en pocos años, lo que ayudó a incrementar la fama de su creador y, por supuesto, a engordar la cuenta corriente del susodicho.

Pero si algo obsesionaba a Edison era la electricidad. Al amparo de su empresa Electric Light Company, comenzó a estudiar todo cuanto pudo sobre el tema. Una de sus fuentes de investigación fueron las lámparas de arco de carbón, que daban muy poca luz y requerían una fuente continua de alimentación. Igual que ocurriera con el fonógrafo, Edison no tuvo empacho en adaptar ideas ajenas –en este caso, de Wallace y Farmer– y utilizarlas como base de sus experimentos. Es obvio que, por aquel entonces, el concepto de propiedad intelectual distaba mucho de ser igual que el de esta hora. Y ni que decir tiene que Edison no destacaba por su rigor moral a la hora de valorar los bienes ajenos. Él mismo se jactaba de ello:

Robo, igual que hacen otros; pero yo sé robar mejor.

Así, usando como base de su trabajo las lámparas ya inventadas por otros, se esforzó en encontrar materiales que pudieran mejorar la eficiencia de las mismas. Probó con más de seis mil... hasta que dio con un filamento de fibra carbonizada de bambú que daba luz suficiente durante mil horas. Luego ideó todo tipo de mezclas gaseosas para llenar la botella de vidrio que serviría de lámpara. En poco tiempo, el tirón comercial de sus primeras bombillas le había devuelto, con creces, la inversión y convertido en el inventor del ingenio.

Aquel hombre obsesionado con las patentes era impulsivo, osado y emprendedor, pero le faltaban dotes teóricas para hacer que su invento fuera lo que quería: el responsable de la iluminación de cada casa de cada ciudad del mundo. El uso de corriente directa que planteaba requería que cada hogar tuviera su propio generador de energía, lo que hacía la misión imposible. Nikola Tesla, con sus pioneras aplicaciones de corriente alterna, no sólo iba a dar un salto de gigante en esa dirección, sino que permitiría que se soñara con utilizar la electricidad como energía motriz eficaz.

Thomas Alva Edison murió en 1931. Hasta su último aliento siguió dándole al ingenio: estaba trabajando en lo que puede que hubiera sido su 1.094º invención.

 

http://twitter.com/joralcalde

Lo más popular