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CONTEMPORÁNEA

Franco y Churchill ante la II Guerra Mundial

La postura de Franco ante la II Guerra Mundial en Europa se basó en dos puntos cruciales, como he expuesto en Años de hierro: la necesidad de reconstruir el país después de la Guerra Civil, y convertirlo en una potencia apreciable, y la definición de la URSS como el enemigo principal. Estos dos puntos, a menudo mal comprendidos por la historiografía, guiaron sus cambios de orientación, que fueron básicamente cuatro.

Tan pronto como la crisis de Múnich de 1938, Franco declaró su neutralidad ante una posible guerra entre las democracias y los fascismos. Lo hizo, de un lado, para prevenir una invasión francesa en ayuda de los rojos, que desbarataría las victorias conseguidas antes por los nacionales, y, de otro lado, por la experiencia de la I Guerra Mundial, cuando de las ruinas de media Europa habían surgido la revolución bolchevique y movimientos revolucionarios en muchos países. Franco respetaba al ejército francés, que casi todo el mundo consideraba el más potente de Europa, por lo que de una conflagración con Alemania sólo podía esperarse una repetición ampliada de la guerra anterior: un panorama de estragos que solo podría aprovechar a Stalin.

Su neutralismo aumentó cuando la contienda comenzó con la invasión de Polonia por Alemania y la URSS, aliadas. Impotente para impedir tal asombroso hecho, hizo inmediatamente un angustiado llamamiento a impedir la extensión del conflicto, inútil decir que en vano.

Sin embargo, en 1940 el panorama cambió de modo totalmente inesperado cuando la Wehrmacht derrotó sucesiva y rápidamente a las pequeñas Dinamarca, Noruega, Holanda y Bélgica, pero también al poderoso ejército franco-inglés. Fue una victoria con muy pocas ruinas y sin el menor peligro de revolución comunista. La nueva situación ofrecía las mejores perspectivas para los anhelos de Franco. La derrota de las democracias corroboraba su decadencia, Alemania era una potencia amiga y a España se le abría la posibilidad de entrar en el nuevo orden europeo en posición favorable, recuperar Gibraltar y obtener un imperio en África a costa de Francia.

El neutralismo de Franco casi desapareció. Aun así, la perspectiva ofrecía costes, como una eventual satelización de España al III Reich, que Franco rechazaba de plano. Pese a ofrecerse a Hitler, no rompió en ningún momento la relación con Inglaterra y Usa, en las que buscó y obtuvo créditos, rechazando sólo aquellos con los que Washington buscaba inmiscuirse en la política española. Su estrategia la explicó en instrucciones a Serrano Súñer: si la guerra era corta, España entraría en ella al lado de Alemania; si se alargaba, sólo en el último momento, a fin de llegar a la victoria con el menor daño posible, pues una victoria del Eje a la que España llegase desangrada convertiría a esta en apéndice de Alemania. De ahí su bien conocida táctica de dilaciones frente a Hitler, conforme la guerra se alargaba.

El tercer cambio de Franco, siempre con la misma perspectiva, se produjo cuando, a partir de Stalingrado y el desembarco anglosajón en el Magreb, apareció en el horizonte la derrota alemana. El embajador useño C. Hayes lo expone muy bien:
Pregunté al Caudillo si podía contemplar con serenidad la preponderancia que había adquirido la Alemania nazi sobre el continente con su fanático racismo y su paganismo anticristiano. Admitió que era una perspectiva que no tenía nada de agradable para España ni para él, pero confiaba en que no se materializaría. Juzgaba que Alemania haría concesiones, en el caso de hacerlas también los aliados, restableciéndose así una especie de equilibrio en Europa. Insistió en que el peligro para España y para Europa era menor por parte de Alemania que de la Rusia comunista. No deseaba una victoria del Eje, aunque ansiaba una derrota de Rusia.
Su política consistió entonces en promover una paz separada en Occidente, propuesta desoída por igual en ambos bandos.

Luego, ante la devastación del continente y la inminente caída del Reich, Franco dio un nuevo giro sin perder la orientación principal: ofreció al embajador británico Hoare y a Churchill una alianza para frenar el avance soviético. La oferta fue arrogantemente rechazada sobre la base de que la alianza con la URSS sería el pilar de la futura paz europea de y que Gran Bretaña había adquirido una potencia militar decisiva para el nuevo orden. Franco, desde luego, no creía ninguna de las dos cosas, pero tampoco estaba en su mano influir en los acontecimientos.

Churchill.Tiene interés el contraste entre la política de Franco y la de Churchill. Este entendió al III Reich como el mayor peligro para Inglaterra, el enemigo principal al que era preciso abatir, por lo que pasó a considerar a la URSS como enemigo secundario. Consciente de su imposibilidad de vencer a Alemania, esperaba resistir hasta que Usa interviniese con todo su poderío. No obstante, la posibilidad de que Usa lograse desembarcar en Europa era remota... cuando vino en su salvación la invasión de la URSS por Hitler. De haber logrado este la rápida victoria esperada en Rusia, la situación general habría empeorado mucho para Inglaterra y para Usa, pero la URSS resistió y, a un coste enorme, tras absorber casi toda la potencia bélica germana, para ventaja de los anglosajones, fue pasando a la contraofensiva y avanzando sobre Europa central. Lo último ya complacía menos a Churchill, y sus propuestas de abrir un segundo frente por los Balcanes o Italia tenían la segunda intención de cortar la marcha del ejército soviético. Pero los anglosajones solo conseguían avanzar muy lentamente por Italia, y finalmente fue preciso el desembarco por Francia, y en cambio la bien adiestrada máquina de guerra soviética resultaba imparable.

Churchill ya no podía controlar la situación, y no tuvo más remedio que ceder en Rumania, Polonia y el resto, y finalmente le cupo, como a los useños, el dudoso mérito de entregar a Stalin, es decir, a la muerte o a un destino sobrecogedor, a cientos de miles de huidos rusos, ucranianos, yugoslavos, alemanes y otros.

A la derrota alemana contribuyó de modo significativo, por más que no deliberado, la cautela de Franco, siempre atento en primer lugar a los intereses hispanos; pero el Caudillo salió de la guerra bajo la amenaza inminente de derrocamiento por la fuerza, amenaza rebajada ante su firme decisión de resistir al aislamiento internacional y al maquis, mientras que Churchill figuraba entre los vencedores. No obstante, es evidente que el premier inglés y su gobierno fueron víctimas de algunos espejismos, y que Franco tenía razón al advertir la imposibilidad de una alianza duradera entre soviéticos y anglosajones, así como al dudar del protagonismo británico en la posguerra.

Gran Bretaña salió de la dura prueba prácticamente arruinada, aunque su generoso aliado transatlántico no solo le perdonó la deuda, sino que le obsequió pródigamente con los créditos del Plan Marshall; Londres quedó supeditada a Washington en mayor medida de lo que le habría gustado, el Imperio Británico iniciaba su larga crisis hacia la disolución y en Oriente Próximo, con su petróleo, era desplazado por Usa. Otro coste, probablemente inevitable, fue la sumisión de una gran parte del continente europeo al totalitarismo soviético.

La historia fue como fue, y no es posible decidir a estas alturas si la política de Churchill fue más acertada que la de Franco, problema ocioso teniendo en cuenta que este, al revés que el primero, no podía hacer casi nada ante los acontecimientos europeos. Pero tiene interés comprender las razones de uno y de otro.


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