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ESPAÑA

Horrores y méritos de Fernando VII

Fernando VII es uno de los personajes de la historia de España que concita más críticas. Ha sido atizado por la historiografía tradicionalista y la franquista, y vituperado por la liberal y la de izquierdas. En lo personal, ha sido definido como zafio, inmoral, vividor e hipócrita, y en lo político como traidor, déspota y cobarde.

Cientos de anécdotas verdaderas y falsas acompañan el relato de su vida, y ninguna es buena. A pesar de todo, fue popular, querido por la gente, quizá debido a la eficaz campaña de propaganda que los patriotas le hicieron en la Guerra de la Independencia. Pero aunque no fuera por eso y la represión tuviera mucho que ver, esa popularidad es un dato curioso. Con perspectiva, es indudable que no fue el rey adecuado, y de esta manera lo presentaron las generaciones siguientes.

Su historial es ilustrador. Intentó negociar con Napoleón a espaldas de su padre, en octubre de 1807, por miedo a que Godoy le sustituyera en el Trono. Meses después, en marzo de 1808, dio un golpe de estado contra Carlos IV en Aranjuez, utilizando para ello al populacho y al ejército. Después puso a la Familia Real en manos de Napoleón, y ante la más mínima presión devolvió la Corona en Bayona, no sin antes enviar un ambiguo decreto de convocatoria de Cortes.

Su retiro en el palacio de Valençay fue tranquilo: cultivó sus pasiones privadas y alabó a Napoleón por sus victorias sobre los españoles: llegó incluso a pedirle la mano de una de sus sobrinas, y rechazó el plan de huída que le propuso un agente británico, al que denunció. Firmó la paz con el corso en diciembre de 1813, y volvió a España procurando retrasarse para pactar y engañar a los realistas... y organizar la represión de los liberales. Ese engaño y esa represión marcaron su campo político: ni con los tradicionalistas, que se acabaron levantando contra él en 1826, ni con los liberales, empeñados en el pronunciamiento desde septiembre de 1814, cuando se alzó el general Espoz y Mina.

El Trienio Liberal marcó la imposibilidad de la convivencia de Fernando VII con uno de los partidos españoles, el liberal (es muy probable que le hubiera pasado lo mismo con los realistas, que además se levantaron en armas contra el régimen). A sus trabas y conspiraciones continuas contra la legalidad se unieron los clamorosos errores de los liberales, enfrentados entre sí a través de sociedades oscuras, cada una más radical que la otra, mientras los moderados carecían de poder e influencia.

El gobierno llevó en 1823 a Cádiz a un Fernando VII amenazado de muerte, declarado incapaz para reinar y prácticamente secuestrado. Allí el rey volvió a engañar a los liberales. A partir de entonces la represión de los pronunciamientos fue muy dura, y el seguimiento de los exiliados se tornó exhaustivo. De hecho, constituyó un grupo de agentes especiales al margen de la policía, pues no se fiaba de nadie.

No se rodeó de políticos de altura, sino que formó la malhadada camarilla, compuesta por personajillos como el embajador ruso Tatischef. Fernando VII fue muy concienzudo en su trabajo, estudiaba los expedientes y pedía informes, pero desconfiaba de su entorno. Hasta el final de su reinado, tras el apartamiento de los tradicionalistas, no mandó al gobierno a los viejos afrancesados y a los nuevos reformistas, gracias a los cuales se realizaron importantes reformas de racionalización administrativa y económica.

Los "famosos traidores", los afrancesados, regresaron escalonadamente a España desde 1818; a ellos recurrió Fernando VII para salir del caos. Esto le valió la crítica tanto de los realistas como de los liberales. Sin embargo, a su labor se deben tres aportes básicos para la modernización del Estado y el progreso, como fueron la división provincial, la racionalización fiscal y las medidas económicas para la formación de un mercado nacional.

Tampoco puede decirse que se volcara en la promoción cultural, aunque se alegue que convirtió una pinacoteca real en el Museo del Prado. Quizá fue para compensar la riqueza artística que permitió que se llevaran los franceses, entre ellos el ilustrado José Bonaparte, y los ingleses –botín al que sumó cuantiosos regalos–. Depuró las universidades del profesorado liberal y reformista, y las cerró en 1830, ya al final de su reinado. La razón fue su miedo (infundado) a que se reprodujera en España la revolución que tuvo lugar en Francia ese mismo año. Aun así, los revolucionarios estaban fuera del país, en el exilio, y el número de alumnos universitarios había descendido mucho en el último quinquenio.

Por otro lado, Fernando VII no restableció la Inquisición en 1823, pero mantuvo la censura de prensa, aunque esto fue una constante en la historia contemporánea española, incluida la Segunda República.

Durante su época, España se despidió de su imperio americano, donde curiosamente los primeros independentistas le incluían en sus proclamas como símbolo de orden. La guerra duró en exceso, sepultando hombres y presupuesto en unas condiciones que rompieron el vínculo atlántico durante una generación. Pero en esta cuestión tampoco los gobiernos liberales de las épocas constitucionales consiguieron grandes avances.

Para la historia ficción queda el elucubrar cómo hubiera sido España –y su proceso hacia la libertad– si Fernando VII hubiera sido de otra manera. De haber vivido más, es probable que la evolución del régimen fernandino hubiera ido en el sentido de dar a los españoles una carta otorgada, al estilo de la francesa de 1814, dada por Luis XVIII. De hecho, Fernando VII ya había apartado a los realistas, que protagonizaron insurrecciones desde 1824, y terminó invitando a su hermano Carlos María Isidro a abandonar España. Tomó entonces una decisión trascendental: no habría más absolutismo a su muerte. No sabemos por qué la tomó; quizá por rencor a su hermano o por patriotismo. El caso es que al nacimiento de Isabel, el 10 de octubre de 1830, publicó la Pragmática Sanción, que abolía la borbónica Ley Sálica que impedía el reinado de las mujeres.

Desde comienzos de 1832, Fernando VII estuvo convaleciente; nombró como regente a María Cristina de Borbón, su sobrina y cuarta esposa. La política se le escapó de las manos. El ministro Calomarde engañó a la Regente para que derogara la Pragmática. El 18 de septiembre Fernando parecía que iba a morir, pero despertó, se enteró de lo ocurrido y destituyó al gobierno traidor. Calomarde tuvo que huir de España. Nombró el rey entonces un nuevo ministerio, el 1 de octubre de 1832, que mostraba su decantación por la vía reformista. Cea Bermúdez lideró un gobierno que neutralizó a los elementos reaccionarios de la administración y el ejército, y consolidó la sucesión de Isabel. La reina María Cristina de Borbón, a la que Fernando confió el poder, fue la artífice de la transición al Estado constitucional; además, abrió las universidades y amnistió a los liberales.

En el verano de 1833, mientras los carlistas bullían en armas en algunos lugares, Fernando VII empeoraba. Murió el 29 de septiembre. De su muerte queda aquella frase, quizá apócrifa, que decía: "España es una cerveza, y yo soy el tapón. Cuando yo me vaya, esto estalla". Fue enterrado a toda prisa porque su cadáver despedía un insoportable hedor. No dio tiempo a llorarlo ni a celebrarlo: los carlistas se lanzaron a la guerra civil.

Fernando VII es un rey antipático y complicado para el historiador; quizá por ello carezcamos de buenas biografías suyas y su época permanezca en gran parte en penumbra.

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