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ESPAÑA

La guerra civil en el mar

La Guerra Civil no produjo imágenes de acorazados cañoneándose, de desembarcos en playas ni de portaaviones, pero el aspecto naval fue ciertamente muy importante en ella. Con un tercio de la escuadra –la sexta más importante del mundo–, los nacionales fueron capaces de transportar tropas de Marruecos a la Península, de encerrar a los barcos enemigos y de impedir el abastecimiento de la zona republicana.

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¿Cuándo empezaron los rebeldes a ganar la guerra? Después del fracaso que constituyó el plan del general Emilio Mola de sublevar las guarniciones entre el 17 y el 19 de julio, la partida parecía perdida para ellos, pero dos factores los beneficiaron.

El primero fue la muerte del general José Sanjurjo, que iba a ser el jefe del movimiento. El marqués del Rif era un personaje de gran prestigio en el Ejército, pero completamente inestable. El 14 de abril de 1931 era director general de la Guardia Civil, a la que puso al servicio de los conspiradores republicanos; sólo un año más tarde, en agosto de 1932, se sublevó contra el régimen que había contribuido a traer.

El 20 de julio de 1936, el avión en que el monárquico Juan Antonio Ansaldo iba a trasladarle a Burgos se estrelló al despegar, con lo que los rebeldes se quedaron sin su líder.

El segundo factor, más importante en esas semanas de verano, fue la ineficacia de la flota leal a Madrid. Tras el desastre de 1898, la Armada se había recuperado y en 1936 era la cuarta de Europa por tonelaje, después de la británica, la francesa y la italiana, y la sexta del mundo.

La escuadra, con la República

En sus planes, Mola había dedicado poco espacio a la Armada. Como habían hecho en la Administración, el Ejército y la Guardia de Asalto, los partidos y sindicatos de izquierda habían introducido en ella espías, agitadores y saboteadores, que a su vez formaron comités de marineros. Cuando se produjo la sublevación, esas células azuzaron las tripulaciones –así como al personal de bases y astilleros– contra la oficialidad. Las matanzas de oficiales, implicados o no en la sublevación, fueron idénticas a las cometidas por los bolcheviques en la revolución rusa. El historiador naval José Cervera calcula que murió así la mitad de la oficialidad. Aun así, los almirantes, como dice Stanley Payne, siguieron siendo leales al Gobierno, lo que no evitó que algunos de ellos fuesen asesinados.

De las tres grandes bases navales, las de Ferrol y Cádiz se unieron a los rebeldes, mientras que la de Cartagena, más el Ministerio de Marina, permanecieron con el Gobierno. Madrid disponía de dos tercios de los buques, casi 67.000 toneladas, 30.000 más que los sublevados. Éstos tenían el acorazado España, el crucero Almirante Cervera y el viejísimo crucero República (luego rebautizado como Navarra), un solo destructor y ni un submarino; meses después, pusieron en funcionamiento los cruceros Baleares y Canarias.

El ministro de Marina, José Giral, ordenó el bloqueo del Estrecho para impedir el paso de los legionarios y los regulares a la Península, así como el bombardeo de las ciudades controladas por los militares. Entre el 20 y el 22 de julio, los cruceros Cervantes y Libertad, acompañados de varios destructores, cañonearon Cádiz, Ceuta, Melilla, Almería y La Línea de la Concepción.

El Convoy de la Victoria

A finales de julio, los nacionales –escribe Cervera– sólo tenían superioridad naval en Galicia y entre las islas canarias. Por eso –añade–, el general Franco tuvo que pedir ayuda a Alemania y a Italia para hacerse con el dominio del aire y montar el primer puente aéreo de la historia.

Era imprescindible el paso de las tropas a la Península para ayudar a los generales Queipo de Llano y Mola, que carecían de hombres entrenados y munición. Por eso Franco organizó el denominado Convoy de la Victoria, entre Ceuta y Algeciras. El 5 de agosto, en el puerto de Ceuta, en dos transportes se colocaron 1.600 soldados con varios cañones y cien toneladas de munición. Los buques de la escolta eran un cañonero, un guardacostas y un torpedero. La flota de Madrid en el Mediterráneo la formaban el acorazado Jaime I, los cruceros Cervantes y Libertad, siete destructores y cinco submarinos. Los nacionales disponían de una escolta aérea –montada por Alfredo Kindelán– de 22 aviones de todo tipo, incluso hidroaviones y civiles. Pese a haber sido descubiertas y atacadas, las unidades del convoy consiguieron llegar a puerto sin bajas.

Con esos refuerzos, los nacionales iniciaron una serie de ofensivas, de las cuales la más importante fue la toma de Badajoz, el 14 de agosto, dirigida por el teniente coronel Yagüe, y la unión de las dos zonas geográficas controladas por los rebeldes. Sin embargo, Franco no repitió ningún otro convoy y siguió con el puente aéreo.

Encerrada en Cartagena

A este fracaso siguió una decisión inconcebible del socialista Indalecio Prieto, nombrado ministro de Marina y Aire el 4 de septiembre: después de la pérdida de Irún, Fuenterrabía y San Sebastián, mandó el grueso de la flota al Cantábrico. El 29 de ese mes los nacionales emplearon sus cruceros Canarias, ya en funcionamiento, y Almirante Cervera contra los destructores Gravina y Almirante Ferrándiz. Este combate recibe el nombre de Batalla del Cabo Espartel, y en él los nacionales hundieron el Almirante Ferrándiz –sin tener una sola baja– y rompieron el bloqueo del Estrecho. En las semanas siguientes los dos cruceros dieron escolta a transportes que trasladaron más soldados y material a la Península.

En ese verano fracasó un intento republicano de conquista de las Baleares, cuyas islas, salvo Menorca, estaban en el bando rebelde. Y el 12 de diciembre de 1936 el Canarias hundió el mercante soviético Komsomol cerca de Orán, lo que hizo que Stalin suspendiera los envíos directos en sus propios barcos.

Cuando la escuadra roja regresó al Mediterráneo, en octubre, se encerró en Cartagena y apenas salió de la base. La indiscutible superioridad naval del Frente Popular quedó anulada por una acción atrevida. El Gobierno de Madrid-Valencia tenía más generales, más oro, más barcos, más aviones que los rebeldes, pero éstos supieron emplear mejor sus escasos recursos.

Hundimiento del Baleares

Durante el año 1937, la pequeña escuadra con bandera rojigualda conquistó la supremacía en el Cantábrico y el Mediterráneo y participó con las fuerzas de tierra y aire en operaciones conjuntas, como la toma de Málaga (febrero de 1937). Con esta acción expulsó definitivamente a la escuadra roja de las costas cercanas al Estrecho.

En la primavera de ese año Franco atacó la franja norte formada por las provincias de Vizcaya, Santander y Asturias (salvo Oviedo) y ordenó un bloqueo marítimo que su pequeña flota no pudo hacer cumplir a los ingleses, pero que mantuvo en sus puertos a la naves republicanas. El destructor José Luis Díez, atracado en Santurce, se ganó el apodo de Pepe el del Puerto debido a su inactividad. La principal acción militar en que intervino su dotación fue el derribo, en abril de 1937, del as de la aviación republicana Felipe del Río: confundieron su avión ruso con uno de la Legión Cóndor.

A partir de la caída de Gijón, en octubre de 1937, la escuadra nacional se dedicó a cortar el tráfico de mercancías hacia la zona roja.

En marzo de 1938 se produjo la mayor batalla naval de la guerra, en Palos (Murcia), durante la cual un torpedo hundió el crucero Baleares, gemelo del Canarias: murieron casi 800 tripulantes. La aviación republicana atacó a los dos destructores británicos que acudieron al rescate de los supervivientes. A pesar de esta pérdida, los nacionales retuvieron su hegemonía estratégica.

Ayudas de las potencias extranjeras

Las potencias implicadas en la Guerra Civil también contribuyeron a la lucha en el mar. Roma vendió unos submarinos viejos a los nacionales, y los servicios italianos y alemanes pasaron información sobre buques sospechosos a Burgos. Los ingleses ignoraron el bloqueo del Cantábrico y mandaron suministros a Bilbao escoltados por su Armada. El principal asesor soviético de marina, el capitán Nikolai Kuznetsov (septiembre 1936-agosto 1937), fue responsable de la introducción del principio de defensa sobre el del ataque que imperaba en la zona nacional.

En marzo de 1939 doce unidades aún operativas de la escuadra abandonaron Cartagena y huyeron al puerto de Bizerta (Túnez), bajo soberanía francesa. Ocurrió no sólo que el Gobierno francés, que ya había retirado su reconocimiento diplomático a la República, devolvió los barcos al Gobierno de Burgos, sino que la mayoría de la marinería votó por regresar a España.

Cervera concluye que la falta de mandos idóneos –asesinados por la marinería–, la indisciplina generalizada y la defectuosa estrategia de los dirigentes políticos y los asesores soviéticos causaron la derrota de la gran flota roja.

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