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ENIGMAS DE LA HISTORIA

2.¿Intentó Hitler derribar a Franco?

Si las opiniones más que negativas de Hitler sobre España era proferidas ante una audiencia íntima y selecta, delante de un público más amplio el Führer optó por una postura más cauta.

Ciertamente, si no alabó a los españoles que estaban cayendo en el frente —ensalzar a los miembros de una raza inferior hubiera resultado excesivo— no es menos cierto que se permitió cierta deferencia hacia el general Muñoz Grandes. Así, el 13 de marzo de 1942, el español fue condecorado con la Orden alemana de Caballero y el 20 de abril lo ensalzó como “un valiente general”. Ciertamente, no era gran cosa para el jefe de una unidad que se había distinguido especialmente en el curso de la ofensiva que los soviéticos habían lanzado en enero de 1942 para aliviar el cerco de Leningrado. Pero Franco lo vio de otra manera. En aquella época, mantenerse en el poder constituía una preocupación especialmente acuciante para el Caudillo y, a través de Arrese, estaba realizando una poda de falangistas en los puestos de importancia de la administración española.

Como era lógico esperar, no tardó en llegarle el turno a Muñoz Grandes. A mediados de mayo de 1942, el jefe de la División Azul se enteró de su destitución. En virtud de la misma, se suponía que tras haber instruido al
general Esteban Infantes, su sucesor, Muñoz Grandes debía regresar a España en junio. Se trataba, sin duda, de un golpe durísimo para sus proyectos y, a finales de mayo, Muñoz Grandes intentó establecer contacto con el Führer para evitar que se cumpliera el deseo de Franco. Como intermediario, el general español utilizó a Hoffmann, que pertenecía al equipo de enlace del AOK 16 con la División Azul. Muñoz Grandes no fue el único general en el que pensó Hoffmann para desplazar a Franco del poder. Se puso también en contacto con Yagüe. Éste, sin embargo, no despertó su interés al comprobar que estaba desconectado de los resortes del poder político y que abogaba por la restauración de la monarquía. El 14 de junio, Hoffmann había conseguido escalar la jerarquía administrativa hasta llegar al mismo Berlín. Redactó así dos informes que fueron entregados a Ribbentrop y a Hitler en los que se señalaba como argumento de especial peso que Muñoz Grandes era partidario de una entrada abierta de España en la guerra. La comunicación llegó en un momento muy especial porque el 29 de mayo Hitler había decretado la Orden número 42 en la que se preveían “operaciones contra el resto de Francia y la Península ibérica” y a inicios de junio había expresado en tres ocasiones distintas sus habituales conceptos negativos sobre España.

La primera de las mismas había tenido como trasfondo la cena del 5 de junio de 1942. El motivo aparente había sido una disposición de Franco de 22 de septiembre de 1941 en virtud de la cual se había concedido honores militares a la Virgen de la Fuencisla, en reconocimiento por el supuesto milagro que la misma había realizado al ayudar a Valera a defender Segovia contra los rojos. Hitler fue informado de este episodio a la vez que se le indicaba otro caso similar en que se había seguido la misma conducta con otra virgen (muy posiblemente, la del Pilar de Zaragoza) que había evitado la explosión de una bomba en una iglesia. Como era su costumbre, la reacción de Hitler se desgranó de forma negativa: “Tengo las dudas más graves posibles de que pueda derivar algún bien de una estupidez así. Estoy siguiendo la evolución de España con el mayor escepticismo, y ya he tomado la decisión de que, aunque eventualmente visite cualquier otro país europeo, nunca iré a España”. Dos días después, en los mismos momentos en que Alemania desencadenaba su ataque contra Sebastopol, España, que se había convertido para el Führer en el único país europeo que nunca visitaría, volvió a ser objeto de sus comentarios. Al mediodía, mientras se discutía sobre la División Azul, se pasó a comentar la situación interna de España.

Entonces el reichsleiter Bormann señaló que el clero estaba apoyando las tesis de una restauración monárquica. Hitler asintió inmediatamente y a continuación afirmó: “Las actividades de la Iglesia en España no son diferentes de las de la Iglesia católica en nuestro propio país, o de la de la mayoría de las iglesias en cualquier otro país. Cualquier Iglesia, dado que está en posición de ejercer influencia sobre el régimen civil, por principio, apoyará o tolerará sólo a un régimen así cuando no conozca o no reconozca otra forma de organización popular salvo la que está bajo la égida de la Iglesia y, por tanto dependa, a efectos de la administración general, solamente de la Iglesia, como la única dirección organizada del pueblo. A menos que esté preparada para renunciar a esa lucha por el poder, que resulta inherente a toda Iglesia que participa en la política, la Iglesia en España no puede reconocer el presente régimen, que ha creado en la Falange una organización propia para la dirección del pueblo español. Por lo tanto sólo hay una cosa que pueda hacer la Falange para establecer relaciones definidas con la Iglesia y es limitar la intervención de la última a los asuntos religiosos —es decir, sobrenaturales. Si se permite a la Iglesia ejercer la más ligera influencia sobre el gobierno del pueblo y la educación de la generación joven, luchará para llegar a ser omnipotente, y se comete una gran equivocación si se piensa que se puede convertir a la Iglesia en un colaborador mediante la aceptación de un compromiso. La visión internacional y el interés político de la Iglesia católica en España convierten en inevitable el conflicto entre la Iglesia y el régimen de Franco, y así entra dentro de lo posible una nueva revolución. España puede que tenga que pagar con sangre, en un futuro no demasiado lejano, el fracaso en llevar a cabo una revolución verdaderamente nacional, como la que se hizo en Alemania e Italia”.

Aquella misma noche, durante la cena, se informó a Hitler de que durante la procesión del Corpus en Barcelona, el gobernador había prohibido llevar la camisa azul de Falange con la excepción del jefe regional y de su séquito. La información suministrada al Führer insistía en que la iglesia católica había influido en esta orden y en que el periódico Arriba había manifestado su irritación por el episodio. Como era de esperar, Hitler contempló el suceso bajo las luces más negras y volvió a referirse a España en términos negativos: “Por una cosa así se ve con demasiada claridad que el Estado español se encamina hacia un desastre total. Los sacerdotes y los monárquicos —los mismos enemigos mortales que se opusieron al resurgir de nuestro pueblo— se han unido para apoderarse del poder en España. Si estalla una nueva guerra civil, no me sorprendería ver cómo los falangistas se ven obligados a hacer causa común con los rojos para liberarse de la morralla clérico-monárquica. ¡Qué lástima que la sangre derramada en común por los falangistas, los fascistas y los nacional-socialistas durante la guerra no haya producido mejores resultados! Pero en España, desgraciadamente, siempre habrá alguien dispuesto a servir los intereses políticos de la Iglesia. Serrano Suñer, el ministro actual de Asuntos Exteriores, es uno de ellos. Desde mi primera reunión con él experimenté un sentimiento de revulsión, a pesar del hecho de que nuestro embajador, con una ignorancia abismal de los hechos, me lo presentó como el germanófilo más ardiente de España. Si los fascistas se ahorraron una segunda guerra civil se debe al hecho de que el movimiento, iniciado en Roma, logró unir a la nación italiana a pesar de la oposición de la Iglesia”.

Una vez más la exposición de Hitler no podía resultar más ajustada a su cosmovisión. España no contaba del todo con una configuración fascista y eso sólo podía significar un desastre. La sangre de la guerra civil —derramada sólo por los falangistas, los fascistas italianos y los nazis alemanes— no estaba dando sus mejores resultados. El culpable, una vez más, era el clero. En este contexto, la solicitud de Muñoz Grandes se produjo en el mejor momento. El general Esteban Infantes, que había sido enviado a relevarle, fue detenido por el OKW en Berlín durante varias semanas y Canaris, por orden directa de Hitler, se dirigió a España, donde el 25 de junio se entrevistó con Franco.

El objetivo de la misma era que Muñoz Grandes siguiera en el puesto de jefe de la División Azul. El Caudillo se percató inmediatamente de que estaba pisando un terreno sensiblemente resbaladizo. Oponerse a las peticiones de Hitler era peligroso, aceptarlas significaba suspender sobre su cabeza la espada de Damocles de un golpe falangista, apoyado por los nazis. Mientras insistía en la necesidad de que Muñoz Grandes regresara a España para ayudarle a calmar el panorama político y comenzaba a sembrar el rumor de que Varela y Serrano Suñer eran los responsables de la destitución de Muñoz Grandes, Franco puso en marcha una serie de actuaciones encaminadas a impedir que los amigos de Muñoz Grandes, los veteranos de la División Azul o “los camisas viejas” pudieran desempeñar puestos de una influencia lo suficientemente grande como para resultar amenazantes. Entonces, el 29 de junio, Muñoz Grandes recibía una invitación para entrevistarse en secreto con Hitler.


La próxima semana seguiremos desvelando el ENIGMA sobre la relación entre Hitler y Franco

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