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Columna publicada el 12-06-2006
Decir que el Gobierno vive en un momento de nervios y de descontrol, no es nada nuevo. Pero añadir que el Ejecutivo está inmerso en una situación en la que se encuentra en manos de los terroristas es de una gravedad a la que no deberíamos acostumbrarnos.
El Gobierno y el Partido Socialista se han visto de nuevo desbordados por la concentración de las víctimas del terrorismo del pasado sábado, convocada en la plaza de Colón y en la que se recordaba al Gobierno que una democracia no se debe rendir ante el terrorismo; y que el Ejecutivo no puede seguir ocultando la verdad sobre lo ocurrido el 11 de marzo.
Después de lo vivido el sábado en Madrid, el Gobierno ha puesto en marcha toda su maquinaria. Para empezar ha vuelto a lanzar su mensaje: Rajoy es el moderado en un partido con muchos radicales; por lo tanto hay que aislar al presidente del PP de sus colegas de partido. Para ello se están empleando a fondo Rodríguez Zapatero y Fernando Moraleda.
Junto a eso, en el otro extremo, tenemos a Pepiño Blanco. El secretario de organización del PSOE, además de dedicarse todo el fin de semana a insultar a los populares, este lunes se ha lanzado al cuello de Mariano Rajoy. Y ha justificado lo ocurrido el sábado y el lunes en Cataluña, cuando el presidente de los populares tuvo que soportar agresiones e insultos de jóvenes socialistas y radicales. Blanco –tan campante ha replicado– que esa es la respuesta a la política de división del Partido Popular.
¿Se figuran ustedes, que podría pasar en caso de que la justificación fuera al revés? ¿Qué ocurriría, sí Ángel Acebes o Eduardo Zaplana justificaran una agresión a algún dirigente socialista? Esa es la diferencia. El sábado en Colón, en la concentración de las víctimas, no se registró ninguna agresión, ningún acto violento. En cambio el sábado en Hospitalet, Rajoy fue insultado de todas las formas posibles. Y de nuevo este lunes en Granollers los dirigentes del PP –con Rajoy a la cabeza– han vuelto a ser atacados con huevos por los radicales. Esa es la realidad. Y, por lo tanto, lo que no tiene pase alguno es que Blanco pontifique ahora sobre la forma de actuar de los demás. Un político que justifica de esta forma la violencia no puede mantener un minuto más un cargo importante en un partido.
La realidad es que el Gobierno está nervioso y desconcertado. Esta tocando todos los palillos posibles y de todas las maneras existentes. Por un lado, intentan un acercamiento con Rajoy, por otro dinamitan todos los puentes. Una estrategia contradictoria que es fruto de la perversa actitud de rendición ante el terrorismo, pero que también es el resultado del desconcierto con que se vive en Moncloa una situación compleja como pocas y que desde luego tendrá cuestiones y acuerdos inconfesables con los terroristas. Eso explica claramente este espectáculo al que estamos asistiendo y que nos expone a la impunidad más absoluta. Pasamos del desconcierto a la cara dura sin solución de continuidad.

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