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Columna publicada el 19-02-2003
En Moncloa comienzan a ver la luz del final del túnel, pero todavía no divisan ese final. Simplemente lo intuyen. Desde el mes de noviembre, el "nucleo duro" del centro-reformismo, el centro del pensamiento del Gobierno del PP, vive inmerso en un permanente sobresalto. Los desaciertos, los errores y la prepotencia les llevó a vivir fuera de la realidad, pensando que ya se movían por encima del bien y del mal.
Primero fue el Prestige, el ejemplo más claro de una auténtica cadena de despropósitos. Y más tarde llegó la crisis de Irak, en la que por encima de todo, han actuado de forma poco "comunicativa". El Ejecutivo no ha sabido transmitir sus ideas y sus estrategias en este conflicto, han "encerrado" a Aznar y han vuelto a pecar de personalismo y de prepotencia. Pero al final, el pasado fin de semana se encendieron todas las alarmas en los despachos "monclovitas". ¿Qué hacemos?, se preguntaban, mientras veían las imágenes de las manifestaciones en toda España. Y la respuesta vino del propio presidente: ¡Cambiar de política informativa!
Un aviso para navegantes, que los interesados cogieron al vuelo. Pasados tres días, el talante del Gobierno ha cambiado. Han salido a los caminos, han bajado del pedestal. Avalancha de entrevistas en todos los medios de comunicación por tierra, mar y aire: Aznar, Rato, Rajoy, Arenas y el que haga falta explicando la posición del Ejecutivo. El lunes en Bruselas, aluvión de comparecencias explicando la postura del Gobierno en el Consejo Europeo extraordinario. Se ofrecieron hasta cuatro ruedas de prensa, a cargo de la Ministra de Exteriores (2), del secretario de Estado de Comunicación (1) y del propio Aznar (1). Y el martes, en el Congreso, al amparo de un Aznar en plena forma desde la tribuna de oradores, los ministros paseaban por los pasillos buscando guerra con la prensa dispuestos a entretenerse con él ultimo redactor que cogieran por banda. Nada que ver con esas otras maneras no muy lejanas, en las que los ministros y secretarios de Estado salían corriendo ante la aparición en el horizonte de un simple micrófono.
Es evidente que el Gobierno, con aciertos y errores, ha cambiado de talante. Con los tropezones del Prestige todavía recientes, el presidente Aznar en persona ha decidido que con la crisis de Irak no se pueden cometer los mismos errores de comunicación, de explicación a la sociedad, de desconexión con los ciudadanos. Aznar ha puesto las pilas a los suyos, a los más cercanos. Aragonés, Zarzalejos o Timmermans arropan al presidente en cada uno de sus movimientos, mientras que la ministra de Exteriores queda descolgada del núcleo de las decisiones. No es un problema de estrategia política, es un problema de comunicación. El Ejecutivo, como tantas otras veces, no sabe explicar lo que hace y cómo lo hace. Y en esta ocasión, en la que se juegan mucho, parecen estar dispuestos a enmendar los errores del pasado.
Ciertamente han perdido mucho tiempo. Han desperdiciado muchas ocasiones. Se han labrado una imagen de prepotencia y superioridad que no se desmonta en dos días de carantoñas. Han comenzado a trabajar fuerte y en la buena dirección, pero ¡ojo!, que sólo han empezado. El camino que queda es muy largo, y aunque la luz se ve a lo lejos, la salida real de este túnel está todavía lejos. Por el momento, hemos ganado en una cosa. El Gobierno ha comenzado a bajar del pedestal, comienzan a darse cuenta de que son mortales. Y eso, mientras no se arrepienten es muy bueno para todos. Pero, insisto, sólo son los primeros gestos: ahora hay que mantenerlos en el tiempo. ¡Eso es lo difícil!

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