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Gürtel

Virtuosos

Ahora que el caso Gürtel zarandea al Partido Popular con violencia, no falta quien dice con la voz engolada y el gesto adusto que es el momento apropiado para hacer un cambio en la organización, e incluso quien, animoso y desde el otro lado, vaticina que es el fin del adversario. No obstante, la paradoja de la corrupción es que cuanto más extendida está más difícil es que ocurra algo. Es una ley de hierro de la política.

Esta ley está refrendada por la Historia, y no sólo por la española, claro está. Tampoco es patrimonio de las democracias, sino también de las dictaduras de todo tipo. Normalmente, en ciencia política la corrupción se mide en función de dos variables: la existencia de monopolio y la discrecionalidad del poder. Esto es insuficiente porque falta un factor imprescindible para el correcto funcionamiento de una democracia. Me refiero a la cuestión moral, a la virtud que debe regir la vida pública, lo que constituye el espíritu de las leyes en los gobiernos representativos.

Es cierto que no estamos en los tiempos en que los hombres del Renacimiento evocaban a las repúblicas griegas y romana para mostrar la unión entre la libertad y la virtud cívica, así como entre la tiranía y la corrupción. Ni tenemos entre nosotros a esos norteamericanos del siglo XVIII que sostenían que la virtud era esencial para mantener la libertad, pues el deterioro de las costumbres privadas llevaba a la corrupción, y ésta al fin de la libertad. Esos tiempos pasaron, para bien y para mal

Hoy, en una democracia consolidada como la nuestra, conscientes de que la corrupción es inherente a la política, hay cosas más tristes aún que el comprobar que al final la red está tan extendida que nada de verdad va a pasar. Me refiero a esa mezcla de indiferencia general y acusaciones mutuas proferidas por ciudadanos que no perciben que son víctimas directas del robo, de la manipulación y del engaño. Y es que es insufrible oír a esas personas defender a los corruptos alegando que son manejos del otro partido, o que se sacan los casos en el momento que conviene, o que es la prensa afín al adversario. Así reaccionó el PSOE ante Filesa, Timesport y compañía.

Es que esos corruptos son gente que maneja el dinero público como si fuera propio, que cree que la administración es su empresa privada, que cometen sistemáticamente prevaricación, que hacen de la endogamia una red social, política y crematística. Son esos que resetean los ordenadores antes de que llegue la policía judicial, que utilizan la tarjeta de crédito institucional para usos particulares, que creen que los funcionarios son su servicio doméstico, que utilizan el presupuesto del organismo público para mejorar su vivienda, viajar por todo el mundo o hacer favores a amigos. De esos que recomiendan a los ciudadanos utilizar los servicios públicos, como la sanidad, el transporte y la educación, pero que van a clínicas privadas, no se bajan del coche oficial y sus hijos estudian en escuelas exclusivas y todo a costa del erario público. Es esa clase de gente que sin formación ni experiencia ninguna son puestos al frente de un ministerio, secretaría, concejalía o negociado por motivos que se escapan siempre a la razón y a la eficacia administrativa. Hablo de esa clase de personas que cuando les afeas la conducta te espetan en la cara que "siempre se ha hecho así", al tiempo que se envuelven en la moralidad más hipócrita o no sueltan el escaño para seguir aforados.

Por esto es verdaderamente triste que los ciudadanos se pierdan entre la indiferencia y la acusación al denunciante. Es como si la corrupción de "nuestro" partido fuera menos porque la han hecho los "nuestros". No hay que equivocarse de patriotismo ni dejarse engañar, porque sin virtud no hay confianza en el político ni en el sistema, y sin esto no funciona el principio de consentimiento que supone el voto. Ustedes verán.

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