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Columna publicada el 08-05-2005
En mayo de 1981 se puso en marcha una de las medidas de política económica más sensatas, pero más revolucionarias, del siglo. Ni el lugar ni las condiciones parecían las más idóneas para ello. Chile no era una economía desarrollada, sino que se encontraba entonces recuperándose del desastre económico impuesto por Allende. Y estaba regido por una dictadura militar, generalmente inclinadas a llevar el ordeno y mando también a la economía y poco dadas a revolucionar la política económica. Pero entonces Chile adoptó un plan para sustituir el sistema público de pensiones, basado en el reparto, por otro gestionado privadamente y basado en el ahorro y la capitalización.
El modelo chileno consiste en que cualquier trabajador del viejo sistema puede elegir mantenerse o saltar al nuevo, mientras que los trabajadores que se sumen lo harán con pensiones privadas. Han pasado 24 años y el éxito de la reforma chilena ha sido innegable. Los números son muy elocuentes: durante las dos décadas comprendidas entre 1960 y 1980, el crecimiento medio del PIB fue del 3,1%. Desde 1981 el crecimiento medio hasta 2001 ha sido del 4,6%. Aunque el sistema de pensiones no explica por sí solo esta mejoría, cada año que pasa, con un creciente volumen de riqueza gestionado por los fondos privado, la contribución de los fondos privados al crecimiento se acelera.
Las ventajas de las pensiones privadas son muchas, no todas estrictamente económicas, aunque sean las más visibles. Se basa en el fomento del ahorro y la creación de riqueza. Ésta hace al trabajador más productivo, lo que permite elevar los salarios. Además a medida que se desarrolla la acumulación de capital se desarrollan los mercados en que se intercambia. Esto los hace más eficientes a la hora de destinar el capital a los proyectos y empresas más necesarias y rentables.
El sistema de seguridad social se basa en un impuesto sobre el trabajo, por lo que se desincentiva su creación. Liberado el trabajador chileno de esta servidumbre, se ha creado mucho más empleo y el trabajador sabe que cuanto más ahorre más podrá disfrutar en el futuro. De hecho los trabajadores han podido reducir el porcentaje que antes destinaban a la Seguridad Social (desde el 26% del salario hasta un 11% actual). Pese a esa reducción, las pensiones privadas les permiten obtener mayores pensiones en el futuro. La razón de estos beneficios está en el interés que se acumula año a año, y que ha rondado en estos 24 años el 10%.
En la transición al nuevo sistema hay que seguir pagando las pensiones del antiguo, pero con menores cotizaciones dado que cada vez más los ciudadanos lo abandonan porque el nuevo es más beneficioso. Ese déficit está siendo pagado en Chile principalmente por medio de los impuestos, y ha ido creciendo hasta 1999, año a partir del cual se está haciendo más pequeño. Hubiera sido más eficaz profundizar en las privatizaciones, pero la economía chilena no sólo no se ha resentido de las necesidades de realizar la transición, sino que es la que más se ha desarrollado de Iberoamérica en estas dos décadas y media.
Estos 24 años no permiten ver todos los beneficios que todavía está por aportar el modelo chileno. Pero sí se están adelantando las tendencias que marcarán su futuro. Hay chilenos que se están retirando apenas rebasados los 50, porque lo que han acumulado con el nuevo sistema les permite vivir lo que les queda con una seguridad suficiente. Esto sería inimaginable con las viejas pensiones públicas. Sin embargo, la certeza de que cuanto más se trabaje más se contribuirá a la pensión propia, lo que antes no se daba, está haciendo que por lo general los más mayores estén trabajando más y creando más riqueza. De hecho quienes están entre los 55 y los 64 años han pasado de participar en la fuerza laboral en un 38% en 1981 a hacerlo en un 50% en 2001.
Pero hay ventajas extraeconómicas. Por un lado se elimina del debate político un ámbito de la riqueza, la acumulada para después del retiro. Por otro conforma una sociedad de propietarios, la formulación de hoy del capitalismo popular de Margaret Thatcher, que tan buenos resultados ha dado. Tony Blair, laborista, acaba de ganar las elecciones por tercera vez consecutiva gestionando la herencia de Thatcher. Un ciudadano que ha comprobado que el Estado no es necesario ni conveniente para la previsión, que tiene más que perder con aventureros y salvapatrias y que ha aprendido que su propio esfuerzo es más poderoso que entrar en el juego político desconfiará cada vez más de las viejas fórmulas del siglo XX, cuando el Estado entró a gestionar la vida de los ciudadanos, quiéranlo éstos o no.
José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

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