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LA ALDEA DEL ALEMÁN

Los nazis llevan chilaba

La aldea del alemán o el diario de los hermanos Schiller. O el silencio de los carneros. O el enemigo en casa. O los nazis llevan chilaba. Sea como fuere, qué libro formidable, ya saben, muy temible y que infunde asombro y miedo, cómo arden y queman sus páginas. Cuánto aclara cuando brama el argelino Boualem Sansal.

La aldea del alemán es el diario de los hermanos Schiller, los varones Rachel (Rachid + Helmut) y Malrich (Malek + Ulrich), hijos de una víctima que fue verdugo. Hijos de Hassan Hans, Sidi Murad, pasado a cuchillo por los psicópatas del GIA en 1994, medio siglo después de que, como Hans Schiller, orgulloso miembro de las psicopáticas SS, gaseara ufano a los judíos en los campos de la muerte de la más asesina que vieja Europa.

El primero en saberlo, que su querido padre fue un espantoso criminal, fue Rachel. Cuando desde la carcomida Francia posmoderna acudió a guardarle luto a Argelia, ese cóctel explosivo de bazar, islam y socialismo bien cargado de terror y represión. Allí, entre los papeles del muerto, converso a la religión de Alá en el 63, héroe de la independencia argelina, venerable cheij de Aïn Deb, encuentra su libreta militar y, guardadas como oro en paño, tres insignias: de las Hitlerjugend, de la Werhmacht y de las Waffen-SS. Y, en un trozo de tela, el Totenkopf, siniestro emblema de las Schutzstaffel. Es entonces que afronta que se enfrenta al Holocausto, a la Shoá: a
un asunto por el que se condena hasta al propio Dios, y mi padre es su artífice.
Y no podrá superarlo. Arrasado por la tiranía de la penitencia (ya tardan en leer a Pascal Bruckner), se castigará por los pecados de su padre dándose muerte.

¿Con qué, Rachel hijo de Hans, gaseador de judíos?

Sí. En su garaje.
 
***

Porque era el exacto anverso de un nihilista, Rachel testará un diario abrasivo, documental, su vida en carne viva, un clamor. Que recibirá su hermano, un bala perdida, "un electrón libre", chusma de la Cité, donde
los éxitos individuales generan envidia, levantan ampollas, montañas de frustraciones,
que llevan a tantos al lumpenaje o a las sórdidas y radiactivas mezquitas de los imanes más cafres y sanguinarios, que son peores que el jaco:
Es imposible de imaginar: bastan tres sesiones para crearte dependencia. Y hay cinco [sermones] al día, y ni un día de descanso en todo el año. No se habla (...) más que de eso, la verdadera vida, el paraíso, la yenna, como dicen ellos, las huríes, los compañeros del Profeta, los santos de la Edad de Oro, la civilización de Dios, la fraternidad, luego se sonríen caballerosamente dándose el abrazo de los ex combatientes de las guerras santas, pensando en Jerusalén, Al Qods, como dicen ellos. Al principio, todo iba bien, cantábamos con gusto, pero luego llegaron otros tipos dirigidos por un imán del GIA, y la apacible rutina (...) se convirtió en pesadilla obsesiva, una locura tan grande que nos fascinó. No hablábamos más que de eso, la yihad, los verdaderos mártires, los infieles, el infierno, la muerte, las bombas, el diluvio de sangre, el fin del mundo, el sacrificio de uno mismo y el exterminio de los demás (...)
En un primer momento será su propio lumpenismo lo que le apartará de ese cáliz infecto: no tenía otra cosa que hacer que morir matando en Afganistán o en lugarejos aún peores. Luego, lo que le pasó a sus padres. Final y decisivamente, el suicidio de su hermano. Entonces, al distanciamiento temeroso le sucedió la furia:
Al imán de la torre 17 hay que rebanarle el pescuezo antes de que sea demasiado tarde.
Malrich, analfabeto funcional, se forzará a leer los papeles, los puñales de su hermano; los libros de la Guerra y la Shoá ("Parece mentira, pero yo no sabía nada de aquella guerra, de esa historia de exterminio"); y, conmovido, iracundo, escandalizado, romperá a escribir, a denunciar, a ilustrar a sus semblables, sus frères de la banlieue, acerca de lo que pasó en Europa hace medio siglo... y de lo que, si seguimos mirando para otra parte, o chamberlainando, pasará, más mañana que pasado:
–¿Conocéis a Hitler?

Silencio. Miradas. Murmullos.

–Vale. Nadie sabe quién es, mejor, así es más sencillo. Sigo.

"En su época, no habíamos nacido todavía. Nuestros padres tampoco, o acababan de nacer, salvo el mío, que ya era un atleta de unos quince años. Hitler era el Führer de Alemania, una especie de gran imán con gorra militar y chupa negra. Al llegar al poder, instauró una nueva religión, el nazismo. (...) Prohibió a los alemanes un montón de cosas, como acaba de hacer el imán de la Cité, luego, cuando los adiestró bien y se convirtieron en verdaderos nazis, locos por su religión y por su Führer, decretó que los judíos, los extranjeros, los emigrados, los enfermos, los de brazos rotos como tú, Manco, (...) los fenómenos como Cinco-pulgares, (...) los de sangre mezclada como mi menda (...) y los tontainas como Raymindundi tenían que desaparecer. (...) Hitler ordenó a todos los judíos de Europa (...) que llevaran una estrella amarilla en el pecho para facilitar el trabajo a los gendarmes (...) A todas esas personas, millones de ellas, las pasó por el incinerador de basura (...)".

Murmullos. Cambios de postura. Toses, tosecillas, carraspeos. Nunca habían estado tan formalitos.

–Todo lo que digo es verdad, está ahí, en los libros, os enseñaré fotos si me prometéis mirarlas sólo un instante. Si no, la liamos, os pondréis malos para el resto de vuestras vidas. No podréis creer que sois seres humanos, que vuestros padres son seres humanos, que vuestros amigos son amigos de verdad, unos tíos cojonudos como nosotros. Rachel lo comprobó todo, investigó, se fue a Alemania y a Polonia, visitó los incineradores, lo vio con sus propios ojos.

Transcribo la pregunta de Idir-qué, en modo descodificado:

–¿Por qué hizo eso Rachel?
–Ahora os lo cuento –le contesté.

"Un día, el mundo entero se movilizó contra esa locura, acabaron con el imán supremo –el Führer– y todos sus emires, y ocuparon Alemania. Entonces fue cuando se encontraron los campos de exterminio. Había decenas y decenas de ellos, los muertos se contaban por millones y los supervivientes se parecían tanto a cadáveres que no sabían cómo hablar con ellos. Cuando los islamistas degollaron a mis padres y a los demás vecinos de la aldea, Rachel se puso a pensar. Entendió que el islamismo y el nazismo estaban cortados por la misma tijera. Quiso ver lo que nos esperaba si los dejaban actuar, como pasó en Alemania, en Kabul o en Argelia, donde los montones de cadáveres que dejan tras de sí los islamistas no se pueden contar, y como puede pasar aquí en Francia, donde existen gestapos islamistas a punta pala. En realidad, le dio tanto miedo que se suicidó. Creía que ya era tarde, se sentía responsable, decía que el nuestro era un silencio cómplice, que ya habíamos caído en la trampa y que de tanto callarnos y fingir que dialogamos con sensatez, acabaríamos convertidos en kapos, sin darnos cuenta, sin ver que los demás, los que nos rodean, ya lo son".
Tenía que apartarme, ustedes comprenderán. Vuelvo y me pregunto si se pasará Obama un día por la Cité, vendiendo como en El Cairo irredentismo islámico. Si Francia se lo hará de una maldita vez mirar: los boquetes de su modelo de integración, su problema con los fanáticos de Alá. Si los comisarios de Educación para la Ciudadanía meterían preso a Boualem Sansal.

"La vida es de una tristeza sin nombre", anota Malrich justo antes del párrafo final de su diario, tan significativo. El diario. El párrafo.
Mis amigos y yo hemos empezado a decir que ha llegado la hora de levar anclas y de irnos a morir a otro lugar. Aunque también decimos que debemos resistir y luchar. Un día estamos convencidos de que merece la pena y al día siguiente de que no vale un pimiento. Quién podrá liberarnos de este sinvivir.

BOUALEM SANSAL: LA ALDEA DEL ALEMÁN O EL DIARIO DE LOS HERMANOS SCHILLER. El Aleph (Barcelona), 2009, 250 páginas.

MARIO NOYA, director de LD LIBROS.

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