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Columna publicada el 30-10-2007
El Derecho no es una ciencia exacta. Ni pretende serlo, porque el grado de complejidad de las acciones humanas excede cualquier intento de clasificarlas o valorarlas objetivamente. De ahí la necesidad de que haya jueces, personas que valoren los distintos aspectos de un caso y tomen una decisión atendiendo a todas las circunstancias que concurren en él.
Pero el Derecho pretende, de todos modos, aproximarse lo más posible al ideal de la Justicia objetiva, tratando de minimizar el margen de posible arbitrariedad de los jueces. Tan injusta sería una Justicia administrada por ordenador como una Justicia en la que los jueces se dedicaran a emitir sentencias contradictorias llevados por su estado de ánimo momentáneo.
En lo que tiene de objetivo, el Derecho no difiere de cualquier otro sistema axiomático. Al igual que una teoría física parte de la observación de la Naturaleza para deducir una serie de leyes básicas, luego aplica la Lógica para deducir otras leyes derivadas y luego aplica esas leyes para calcular, por ejemplo, el movimiento de los cuerpos en el espacio, también en el Derecho se aplica el razonamiento lógico para llegar a una serie de conclusiones a partir de la observación de los hechos.
En los últimos días, se multiplican las voces que discuten acerca de qué condenas se pronunciarán en la sentencia del 11-M, o que efectúan pronósticos sobre quién saldrá a la calle y quién no.
En el fondo, todas esas voces no hacen sino tomar el rábano por las hojas. Porque lo importante en la sentencia de mañana, lo verdaderamente importante, no son las condenas que se impongan o se dejen de imponer. Las condenas o absoluciones no son más que la consecuencia lógica del relato de los hechos, que a su vez no es sino una reconstrucción efectuada a partir de las conclusiones obtenidas durante la fase de valoración de la prueba.
Lo que verdaderamente importa de la sentencia de mañana es la valoración que los jueces hagan de las distintas pruebas practicadas. Lo que importa es si los jueces dan carta de naturaleza a la mochila de Vallecas, o si dan por buenos los efectos encontrados dentro del Skoda, o si admiten tales o cuales datos extraídos de los informes de conexiones telefónicas. Es ahí donde se juega la partida. Es ahí, en realidad, donde se ha jugado desde el principio, aunque algunos quisieran fijarnos otro terreno de juego.
La valoración que los jueces hagan de las pruebas será la que decida todos los restantes aspectos. Dependiendo de qué pruebas den por buenas, los miembros del tribunal efectuarán un relato de los hechos, que debe deducirse necesariamente de esas pruebas aceptadas. Y, a partir de ese relato de los hechos, se deducirán las condenas o absoluciones de manera casi automática.
Por eso, y aunque las absoluciones y condenas puedan ser lo más llamativo desde el punto de vista mediático, yo estaré mañana especialmente atento a otra cosa. Lo que verdaderamente me importa de la sentencia es ver qué pasa con todas y cada una de esas falsas pruebas que se nos presentaron a los españoles para construir la patraña con la que tender un manto de olvido y de silencio sobre la masacre del 11-M.
Si la sentencia de mañana sirve para desgarrar ese manto, si la sentencia de mañana pone el dedo en las distintas llagas que los medios de comunicación independientes hemos ido revelando, si la sentencia de mañana responde al sentido común a la hora de juzgar la validez de las pruebas, la partida entrará en una fase totalmente nueva.
Quizá por eso andan algunos tan nerviosos.
Comente este artículo en el Blog de Luis del Pino, "Los Enigmas del 11-M"
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