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Columna publicada el 02-05-2005
Juzgar a partir de la experiencia personal es siempre aventurado, pero cuando esa experiencia coincide con hechos objetivos, la cosa cambia. Así, cabe decir que la universidad española, en general, es fundamentalmente estéril. Si la contrastamos con la fábrica de ideas que vienen a ser las principales universidades useñas, la española apenas resulta más que una fábrica de papelajos. Raramente asoma, aquí o allá, algún esbozo de idea original, no hay capacidad para plantearse problemas, menos todavía para resolverlos, y predomina de manera absoluta la repetición autosatisfecha de tópicos o de ideas ajenas, sin asomo de espíritu o análisis crítico.
Dicho esto, que no me parece necesario demostrar porque está demasiado a la vista, paso a exponer mi caso particular. Como es sabido, he desarrollado una serie de consideraciones y problemas sobre la historia reciente de España. Como cae de su peso, no pretendo haber encontrado la clave de nuestro pasado reciente, sino que simplemente he documentado y argumentado una interpretación sólida al respecto. Y por sólida no quiero decir irrebatible, sino simplemente que se necesita un esfuerzo serio para rebatirla. Pues bien, si algo me ha irritado es no ya la incapacidad, sino la ausencia de esfuerzo por rebatirlas por parte de quienes han sostenido otras interpretaciones. Las “críticas” recibidas de quienes parecían valores académicamente serios, como los Juliá, Tusell, Preston y compañía, simplemente no valen dos duros, con perdón por el vulgarismo. Y sus poses de autoridad en la materia no engañarían a un niño algo despierto. Esta gente se ha dedicado a pedir, y practicar en la medida de sus posibilidades, una censura inquisitorial, o bien a falsear mis tesis de manera grotesca, a fin de “refutarlas” a un nivel casi tabernario. He de decir, no obstante, que tampoco me hacía demasiadas ilusiones al respecto, porque cuando empecé mis propias investigaciones pensaba aproximadamente como ellos, y por tanto me percaté enseguida de sus insuficiencias, por llamarlas suavemente.
Pero más que estas reacciones de personas que, en definitiva, defienden con uñas y dientes intereses bien concretos, me ha deprimido la ausencia de una réplica adecuada por parte de los numerosos profesores que están de acuerdo conmigo, o al menos en desacuerdo con los métodos de esos pretendidos prebostes de la historiografía “profesional”. ¿A qué viene esa ignominiosa cobardía? ¿Temen ser fusilados? Los Juliá y compañía se han arrogado chulescamente la representación de los historiadores “científicos”, y los otros han callado o han expresado solo unas timidísimas reticencias. Se ha creado un verdadero pánico a mostrar públicamente acuerdo conmigo, lo cual me importa muy poco. Lo que me importa es que, sin necesidad de mostrar el menor acuerdo, el prestigio y la calidad intelectual de la universidad exige absolutamente expresar un completo desacuerdo con los métodos “críticos” de tales prebostes. Voy a citar a Payne, nuevamente, a ver si esos medrosillos terminan por reaccionar y plantar cara a la esterilizadora soberbia de unos cuantos: “El asunto principal aquí no es que Moa sea correcto en todos los temas que aborda. Eso no puede predicarse de ningún historiador (…) Quienes discrepen de Moa deben enfrentarse a su obra seriamente y, si discrepan, demostrar sus desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales que afronte en vez de dedicarse a eliminar su obra por medio de una suerte de censura de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o de la Unión Soviética que de la España democrática”.

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