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Periodismo basura

Allá por el año 70 ó 71, siendo delegado de los alumnos en la Escuela de Periodismo, que dependía del ministerio de Información y Turismo, reivindiqué el paso al ministerio de Educación y Ciencia y la  reestructuración de la carrera. Los estudios estaban bastante bien diseñados, pero duraban demasiado (cuatro años) y eran poco prácticos.  A  mi entender la escuela debía cambiar de ministerio, pero seguir como escuela especial y con tres años de duración –creo que tampoco exige más la cosa—,  que aportara unas nociones claras de historia de España y de la mundial en el siglo XX, algo de ética profesional basada en el análisis de la prensa corriente más que en principios teóricos,  una capacidad para distinguir el periodismo serio del periodismo amarillo o basura, y mucha práctica en la misma escuela. Organizamos una huelga, creo que fue la primera en la historia del centro, en pro del cambio de ministerio y otras reivindicaciones. Para ser sincero, diré que por entonces militaba en el PCE, y me interesaba mucho  más la huelga misma  que las reivindicaciones, pretextos en buena medida.
   
Dirigía la escuela Emilio Romero y estaba de subdirector Luis María Anson. Y el primero, hábil periodista y hábil demagogo, terminó por recoger la reivindicación del cambio de ministerio para convertir periodismo en una carrera de cinco años y con un título universitario como Dios manda. Desde luego, muchos alumnos  estuvieron encantados, pues ostentar un título rimbombante es una de las aspiraciones más arraigadas en todo buen carpetovetónico. Para entretenernos, Romero nos encargó a una comisión que elaborásemos algún proyecto de plan de estudios, y nos invitó a unas comidas para ello. Como él seguramente esperaba, la comisión se convirtió en una olla de grillos y no recuerdo si salió alguna propuesta práctica  de allí, que, en todo caso, iría directamente al cesto de los papeles.
   
Y se hizo la flamante Facultad de Ciencias de la Información, un monstruo innecesario  que luego ha proliferado, donde se “forma”  a la gente, al parecer, para el periodismo basura que hoy predomina. Siempre hubo y siempre habrá un periodismo de ese tipo, porque lo dan las circunstancias, pero siempre hubo también una diferencia bastante clara entre él y  el periodismo serio, como se ve en el caso de la BBC –también algo contaminada, como hemos comprobado con motivo de la guerra de Irak. De las facultades de periodismo salen periodistas como los  de “Nunca Mais” o los de la guerra de Irak,  informativamente ineptos y, lo que es peor, manipuladores sin escrúpulos. Un sensacionalismo barato e ignaro que, da la impresión, muchos practican de buena fe por aquello del “interés periodístico”. Creen que el periodismo es “eso”. Y las críticas  les resbalan porque, con las excepciones de rigor –más de las que eran de esperar, de todas formas–, la profesión es probablemente la más narcisista,  máxime cuando el acceso privilegiado a los medios permite a sus ejercientes burlarse o despreciar las opiniones poco agradables para ellos.
   
Y como solemos tropezar dos y más veces en la misma piedra,  y la actividad intelectual depende hoy tanto de la prensa, he vuelto a fiarme de los basuristas. El año pasado me presté a una entrevista, en El mundo, en torno al libro Los mitos de la guerra civil. Estas entrevistas, aunque difíciles de evitar,  son muy peligrosas, porque normalmente son luego extractadas, tituladas y elaboradas por el periodista según su más o menos leal, más o menos ilustrado o más o menos bien o mal intencionado criterio, de modo que, citándole a uno literalmente, pueden hacerle decir cualquier disparate. Así ocurrió, y protesté, en vano, claro. Este año, ante la salida del libro Los crímenes de la guerra civil, acepté la publicación en el mismo periódico de un extracto de un capítulo, que ha aparecido en el suplemento “Crónica” de este domingo.
 
Esto ya era mejor que una entrevista, porque al menos la parte del texto que eligieran no podrían modificarla. Pero ni por esas. Los responsables del periódico se las apañaron para meter lo que ellos entienden por “interés periodístico”, es decir, la basura. El lector prácticamente no se enterará de que se trata de un capítulo del libro,  y menos aún de que el capítulo se titula “Un coletazo de la guerra civil”, título que ya indica el sentido del texto y lo enlaza con el resto del libro. Insistí al periodista en  ello, y creí, dada su falta de respuesta, que lo había entendido y aceptado, pero el individuo impuso su propia aportación por el método del hecho consumado. Creó por las buenas un contexto falso  y manipulado al explicar: “Moa tenía una deuda pendiente que contar”. Ni las deudas se cuentan ni yo tenía tal deuda. Al exponer los detalles de una acción terrorista en que participé, en 1975, lo hice en parte para aclarar las desvirtuaciones que diversos historiadores “profesionales” (malos profesionales) se han permitido divulgar al respecto, pero sobre todo para hacer inteligibles los hechos situándolos en el momento histórico y en relación con la guerra civil, que es el tema del libro. El periodistilla se supera todavía cuando titula el reportaje  “El crimen que no ejecuté”, poniendo en mi boca palabras que no he dicho (más bien digo lo contrario) en una típica e indignante  manipulación.  Para ampliar la desvirtuación, selecciona una foto desfavorable en la galería de retratos del Ateneo (es muy típico también: se sacan muchas fotografías y el  reportero selecciona las que más pueden favorecer o perjudicar la imagen del personaje, según le convenga). Y pone al pie: “Moa ha querido posar en el Ateneo de Madrid escoltado por insignes escritores”. Con ello crea en el lector una impresión de vanidad infantil por mi parte, o de que necesito justificarme de esa manera. La realidad es que fue el fotógrafo quien sugirió hacer las fotos de aquel modo, por aprovechar el contenido histórico del Ateneo, y el periodistilla el que se inventó mi supuesta intención. Es una total falta de respeto a la persona tratada y a los lectores. Periodismo “profesional”.
   
Y así con  alguno de los ladillos puestos para amenizar el relato, pese a mi oposición. El texto es mío, pero el aderezo que intenta despistar al lector sobre su sentido y contexto es de un sujeto que no ha firmado. De todas formas, el responsable es Miguel Ángel Mellado, que ya me engañó el año pasado, pero que no volverá a hacerlo.
  
Cuando lo de “Nunca mais”, unos esforzados  periodistas  utilizaron Internet para poner de relieve el alud de desinformación servido a los ciudadanos por tantos desvergonzados colegas suyos. Debería haber una publicación dedicada a denunciar la manipulación periodística de todos los días. No por “machacar” a la profesión, sino, al el contrario, por elevar su nivel, ya que  las facultades de Periodismo ofrecen una formación tan lamentable (como la mayoría de los departamentos de Historia Contemporánea, todo sea dicho).  Mientras tanto, paciencia y confianza en que el lector tenga su propio criterio y sepa discernir.
 

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