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Columna publicada el 23-05-2002
El problema parece simple y práctico: facilitar la creación de empleo y reducir –para ello, pero no sólo para ello— la burocracia, el gasto público y el fraude en la percepción de subsidios. ¿Por qué no podrían ponerse de acuerdo, a ese fin, los sindicatos y el gobierno? Pero ante los medios de masas, los líderes sindicales plantean su postura como una cuestión de principios –de no renunciar a supuestos derechos–, acompañada de críticas al gobierno por su pésima política de empleo, porque vamos a la cola de Europa en esto y en lo otro –lo cual puede ser cierto, pero evidentemente no es la causa de la huelga—, y así sucesivamente. De creerles, ellos tendrían la fórmula para asegurar el pleno empleo sin ningún sacrificio y acompañado de mil “derechos”, y uno se pregunta cómo no se presentan a las elecciones parlamentarias, o bien por qué no ponen en acción sus recetas creando empresas modelo o cosa así.
En el sindicalismo agreste siempre ha latido un ideal utópico, que rara vez ha querido someterse a la prueba de prácticas o ensayos parciales para evitar daños excesivos si salían mal. Las pocas experiencias no han sido, desde luego, muy alentadoras. Los sindicatos alemanes, por ejemplo, han creado empresas, pero ¿pueden considerarse superiores a las empresas normales? De las experiencias en España, mejor no hablar.
Sorprende en los líderes sindicales la arrogancia con que hablan, como perdonando la vida al gobierno o a quien se les ponga por delante. Empiezan por exigir la retirada completa de la propuesta gubernamental como paso previo para ponerse a negociar, manera bien curiosa de entender la negociación, y demostrativa, por sí sola, de que sólo buscan un pretexto que encubra su proyecto de huelga general.
No es fácil entender la causa de esa actitud, salvo como un recrudecimiento intempestivo del viejo utopismo, de la creencia en el antagonismo de los intereses de obreros y empresarios, y en el gobierno como “aparato de dominación del capitalismo”. Los sindicalistas y los socialistas aparcaron hace tiempo esas ideas, pero lo hicieron no tanto por convicción como por la dificultad de ponerlas en práctica. Siguen sin entender la razón del fracaso de ellas, y la vieja retórica les da todavía vueltas en la cabeza, creándoles mala conciencia, como si estuvieran traicionando algo. Además, creen necesario darle una lección a la derecha. ¿No hicieron huelga general con el PSOE, siendo éste más afín a ellos?
Pero cabe dudar de que el ambiente social les acompañe, y, si el gobierno y otras fuerzas ciudadanas actúan con firmeza y habilidad, tal vez los sindicatos se den un batacazo, por lo demás muy merecido.

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