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Radicalismo en la oposición

Una experiencia a analizar

No debieran olvidarse sin un claro análisis las movilizaciones en torno a la guerra de Irak, utilizados por diversos partidos para acorralar al gobierno del PP. Desde luego, es fácil demostrar que las víctimas o la guerra importaban un bledo a esos partidos y medios de masas, los cuales las han explotado con otros propósitos; pero eso, en definitiva, es sólo una hipocresía y un pecado menor. En una democracia es normal que la oposición utilice cualquier suceso para debilitar al gobierno. Lo anormal y peligroso es que lo hayan hecho extendiendo a toda España el ambiente emocional, demagógico y violento imperante en las Vascongadas.

Ese ominoso ambiente fue creado por todos los partidos de izquierda más los nacionalistas, en una unidad de acción cuyos precedentes históricos, todos nefastos, debieran ser también recordados: la huelga revolucionaria de 1917 y otras intentonas de la época, el acuerdo para imponer una Constitución sectaria en 1931, las acciones desestabilizadoras del verano del 34 y la insurrección de octubre de ese mismo año contra la democracia republicana, o el Frente Popular y sus desmanes durante la primavera de 1936, causantes de la reanudación de la guerra. La acción de ahora no ha sido tan intensa como entonces, pero sí del mismo tipo.

Repárese en esa coincidencia entre partidos que, como los comunistas o los anarquistas aborrecen la democracia burguesa, que, como los nacionalistas, aspiran a romper la unidad nacional, y que, como los socialistas, han optado por el extremismo en casi todas las crisis históricas; sin olvidar a los residuos anarquistas y republicanos, reviviendo entusiasmados en el tumulto. ¿En qué pueden ponerse de acuerdo todos ellos si no es en una acción destructiva?

Y así ha sido. Lo que ha sufrido más en esas semanas no ha sido el PP, sino la convivencia, la libertad y la paz en España. El frente demagógico ha cultivado a fondo una violenta palabrería, ha tratado de forzar desde la calle la representación democrática, y ha provocado una oleada de intimidaciones y violencias nunca condenadas con claridad, ni mucho menos combatidas, por el supuestamente moderado y demócrata PSOE, confundido con todos los demás. Esto no debe pasarse por alto, si queremos evitar su repetición. Alguien debiera computar, analizar y difundir ampliamente las consignas y gritos, las declaraciones y agresiones de esos días, porque aclararían muchas cosas al ciudadano corriente que se ha dejado manipular por la consigna simplona, pero sentimentalmente efectiva, del “no a la guerra”. Por desgracia, esas izquierdas y nacionalistas no han cometido un desliz, pues han obrado de acuerdo con muchas ideas subsistentes en ellas, estimuladas por un inesperado éxito de masas que les hizo perder los frenos. Han demostrado estar insuficientemente democratizados, como a continuación puso de relieve su actitud ante los crímenes de Castro.

Algunos opinan que, después de todo, no ha sido tan grave la cosa, y la moderación vuelve ahora a imponerse. Para entender la frivolidad de tal postura sólo debemos pensar en lo que habría ocurrido si la guerra se hubiera prolongado unos meses, con las víctimas y la visión de ellas explotadas a mansalva por los demagogos, frente a un gobierno y un PP cada día más inseguro y asustado, salvo excepciones. Entonces los avances logrados en los últimos años contra el terrorismo y el nacionalismo y en la defensa de la democracia y la Constitución, habrían corrido muy serios riesgos.

¿Habrían corrido? Ha bastado la nueve oleada de asesinatos terroristas en Casablanca para que Zapatero haya vuelto a mostrar su escasa percepción de la línea que separa la oposición democrática de la maniobra desestabilizadora. Su mensaje ha sido muy parecido al del PNV en relación con la ETA: las víctimas son los culpables, por no portarse como exigen los terroristas, convertidos así, de forma subliminal pero efectiva, en justicieros por las “ilegalidades” de Bush y Aznar.


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