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Columna publicada el 03-11-2005
Hay dudas más que serias sobre el monopolio de la justicia y el progreso humanos por parte de la llamada izquierda. Si entendemos por tal –como ellos mismos se autotitulan– a los movimientos sociopolíticos nacidos a lo largo del siglo XIX y descarrilados en el XX, para discutir tal pretensión bastará con recordar que en su vertiente blanda terminaron en el robo y en la dura, en el crimen. Sin embargo, admitamos que, gracias a su control directo e indirecto de los medios de comunicación, conservan la vieja imagen de punto de referencia moral y, por tanto, de izquierda se proclama cualquiera deseoso de pasar por superior en el plano ético. Sin necesidad de mayores esfuerzos, garantías ni renuncias ya está uno investido con el derecho de juzgar –y condenar, claro– desde mucho más arriba de las nubes a quien venga en gana. Y sin estudiar para ello, que es lo bueno.
Viene esto a propósito de un reciente concilio, habido en Barcelona, de profesionales más o menos colegas de un servidor. Al parecer, en el enjundioso evento, entre otras cosas, se condenaron mis trabajos de los últimos años (también los de César Vidal y por las mismas causas), pero no por motivos técnicos –digamos–, o sea de documentación, exposición, solidez o endeblez de las propuestas. No, las críticas se centraban en mi viraje ideológico, pecado de ejercer la libertad de pensar y algún valor para expresar lo que se piensa en un medio hostil, infracciones ambas del buen acomodo en el rebaño que no hay progre que perdone. Y, como ya se han dado casos anteriores, no es exagerado imaginar que quienes tales cosas dijeran se tienen por de izquierda y, en consecuencia , facultados moralmente para perseguir al réprobo, condenar al fugitivo de la secta y, a ser posible, echarlo a la hoguera y no en efigie precisamente, a la antigua usanza, si no se le podía haber a las manos. Pero no por incompetente, sólo por disidente ideológico: algo es algo. Me extasío repasando los posibles rostros y apellidos y concluyo que sí, que son de izquierda. De toda la vida. Y me lacera pensar cuánto debieron sufrir, en la tortura quemante de su exilio interior, cuando pasaban años y años (y más años) agazapados tras pugnaces y reivindicativas tareas sobre la vida y muerte del astrolabio, la taifa de Denia en la cuarta década del siglo XI, los tratados contra las innovaciones y novedades o la no menos excitante narrativa breve libanesa de entreguerras. El disloque, vamos. Por no aducir otras ocupaciones y temáticas de mucho mayor riesgo y aventura todavía. Con las contadísimas excepciones de dos personas, que no se hallaban en el cónclave de Barcelona (aun Espanya), yo nunca vi arabistas en las asambleas prohibidas, ni en las reuniones clandestinas, ni en las manifestaciones callejeras peligrosas (entonces las manifestaciones lo eran), ya fuese en los postreros años del franquismo o en la Transición. Pero resulta que eran todos de izquierda y yo sin saberlo.
Y es que
Si –en la práctica y aunque jurasen lo contrario– apoyaron la permanencia de Sadam Husein oponiéndose a la intervención americana es porque son de izquierda; Si decidieron desconocer la terrorífica tiranía del fulano de Tikrit es porque son de izquierda; Si, dándoselas hasta de comunistas, se olvidaron del exterminio físico de los miembros de ese partido a manos del Baas iraquí (qué ecológica muerte, a base de pura energía renovable, debieron gozar los muchos cientos de rojos encerrados en el famoso tren de Basora, con ventanas y puertas selladas por fuera y a temperatura de 55 º C a la sombra) es porque son de izquierda; Si no dejan pasar el menor resquicio para significar su apoyo y amor a regímenes de la altura moral de los de Libia, Siria, Arabia, Marruecos, etc. es porque son de izquierda; Si puestos a elegir palestinos siempre se quedan con los burócratas, es porque son de izquierda; Si pierden el trasero por sumarse a la bufa comitiva de historiadores de la talla de Máximo Cajal, Moratinos y Rodríguez (guardián y administrador del BOE, ojo) y a su prodigioso hallazgo de la Alianza de Civilizaciones, es porque son de izquierda; Si se llaman andana cuando alguien menciona la infame situación de la mujer en el islam y salen con la broma macabra de asegurar, muy serios, que “ésa es la verdadera liberación de la mujer”, es porque son de izquierda; Si vuelven a vender la vieja cantaleta del jumento burriciego y cojitranco del al-Andalus de exquisita convivencia entre las Tres Culturas y bla, bla, bla es porque son de izquierda; Y si quieren mantener a árabes y musulmanes reducidos al perfecto estado pintoresco de paisaje multiculturalista, sin importarles lo que en realidad sucede a esos seres humanos, es porque son de izquierda. Y etcétera.

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