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Columna publicada el 02-03-2004
La misantropía es el fundamento de la política moderna. Desde que Maquiavelo le diera cuerpo doctrinario en 1513. No es sólo el autor del Príncipe quien percibe ese desmoronarse de las viejas ilusiones ligadas a las diversas variaciones del teocratismo. Que la muerte de Dios arrastra, a plazo inmediato, la muerte de cualquier confianza en la tendencia moral de lo humano, lo perciben los mejores analistas de su tiempo. Aquellos que no tenían ya estómago para soñar utopías que siempre acaban por dar sobre abismos de sangre.
Y esa misantropía forja –paradójicamente si se quiere, aunque a mí, la verdad, no me lo parezca demasiado– lo más precioso del hallazgo garantista: “no se puede evitar que todo ministro robe”, sentencia Guicciardini, desde la quizá más intensa experiencia político-diplomática del siglo XVI florentino, del siglo XVI a secas, en una fantástica época en la cual los diplomáticos eran sabios de erudición hoy inimaginable. Y, puesto que no se puede, más nos vale desplegar automatismos judiciales, lo más implacables que nos sea posible. Y desconfiar de todos. Ésa es la maravilla de la política moderna: desconfiar. No nos protegerán los dioses, no nos protegerá bondad alguna de políticos ni súbditos, pues que –remata el embajador que ha asistido al saqueo imperial de Roma en 1527– “quien dice pueblo dice (y es esa una verdad cierta) animal loco, presa de mil errores, mil confusiones, sin finura, sin gusto, sin firmeza”.
Protejámonos de lo político, protejámonos de los políticos. Es la incomparable ventaja de nuestras sociedades. Y en nada temamos su destrucción. La destrucción del ciudadano privado es irreversible: se llama muerte. La del político sólo genera mutaciones.
Ninguna compasión me producen las jeremiadas que evocan, en los últimos meses, ese “drama nacional” que, suponen algunos, sería la catástrofe electoral del PSOE. El PSOE ha hecho infinitamente más de lo necesario para desear su definitivo borrado de una España que se pretenda moderna. Un partido que lleva a cuestas los asesinatos de Estado de los años Barrionuevo, un partido que carga con los millones robados durante los años Filesa, un partido sobre cuya memoria pesa un espectro como el de González, sobra, no ya en una sociedad democrática, sencillamente en una sociedad un poquitín sensata y razonablemente salida de la barbarie.
Quienes hipócritamente lagrimean sobre el drama nacional del derrumbe socialista, mienten y se mienten.
Primero, porque nada tiene de intemporal ese partido. Ese partido fue creado por el dinero alemán para frenar el ascenso del PCE en 1975. Y su relación con el otro, el de antes de 1939, es mitológica y sin continuidad organizativa alguna en el tiempo.
Segundo, porque en ningún lugar como en la política impera el horror vacui: a la desintegración de esa siniestrez llamada PSOE, seguirá, en brevísimo plazo, la reconfiguración de una máquina electoral que absorba a los actuales votantes –y a los actuales ausentes– de la impresentable cosa ésta de González y su transitorio Zapatero.
Y, cuanto antes se produzca ese trastrueque, mejor. Lo muerto pesa demasiado sobre lo vivo.
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