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Nos hemos acostumbrado a convivir con un discurso racista, y no pestañear. Un acto político de Ciudadanos de Cataluña es boicoteado por los totalitarios de siempre, y no pasa nada. Una comisión de Batasuna se presenta en Pamplona, convoca a la prensa, posan, sonríen, amenazan a la democracia española, y se vuelven tranquilamente a su casa.
Podemos creer que la Universidad española, incluida la catalana, sí, contiene elementos no deseables. Esos jóvenes que ni siquiera se sientan en las aulas, que la Biblioteca es para ellos un lugar ignoto, leer una oprobio, trabajar una esclavitud, y el examen la demostración del sistema capitalista de alienación. O también se puede alegar, encogiendo los hombros, que siempre han ocurrido acontecimientos como el que ha sufrido Ciutadans en Barcelona, y que no será el último.
Los nacionalismos gobernantes han generado una mentalidad reaccionaria, similar a la que los grupos refractarios urdieron contra la Ilustración y el Liberalismo. Intolerantes y antiliberales, han inventado una tradición basada en la lengua, el paisaje y la raza; una invención que recrea un mundo de odio. Creen que el individuo es persona porque pertenece a ese ser colectivo, la "nación", cuya identidad da sentido a la existencia personal. Y ese individuo encuentra que desempeña una función social si sirve a esa "nación" y, claro está, al partido que se erige en su portavoz. La ciudadanía se convierte así en la condición que adquieren los adeptos a la ideología del régimen. El resto, los discrepantes, son ilotas, personas carentes de derechos.
Esos políticos nacionalistas han encontrado una identidad colectiva que les sirve de coartada para la lucha política. Definen el "interés" nacional, pero también aquello que, a su entender, es un obstáculo en su camino. Y retuercen la política, la educación y la información para extender y arraigar la opinión única, la "verdadera". De esta manera, la recreación de esa tierra propia, esa patria chica, deja de ser un paisaje positivo y enriquecedor para ser el campo del odio. Porque todo vale contra el que no comulga con la "verdad". Lo creen un servicio a la "tierra" y, por tanto, legítimo.
Para ser, sentir, pensar y expresarse de otro modo que no sea el "único" hay que salir de esa tierra inventada. El que esto intenta se convierte en un traidor, un vendido al otro, a ese enemigo siempre al acecho, porque no hay buena invención nacionalista sin un adversario opresor y siniestro. El ejercicio libre de los derechos se convierte, así, en deporte de exiliados.
La ciudadanía fue uno de los legados de la Revolución Francesa; aquellos derechos del hombre y del ciudadano que ya Jefferson había dejado en negro sobre blanco al otro lado del Atlántico. Los refractarios, esos enemigos de las luces y de la libertad, surcaron la historia contemporánea, vistiéndose de absolutistas entonces, luego de fascistas y comunistas, ahora de nacionalistas. Pero tranquilos; aquí no pasa nada, seguimos abriendo informativos con el dopaje de unos ciclistas.
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