
El pelotón pasa, las cámaras vuelan sobre la Sagrada Familia, aquel templo interminable ahora reciclado en Disneylandia beata para turistas japoneses, cuyo entorno alberga la zona con el comercio más cutre-salchichero del hemisferio occidental: bazares pakistaníes donde poder adquirir un abrelatas con forma de pene o una camiseta estampada con el rostro de Pablo Escobar, locales de kebab de dudosa procedencia y más incierta higiene, tugurios de inequívoco aroma tercermundista que han desplazado a las tiendas normales de toda la vida. Barcelona anda siempre atestada de turistas extranjeros. Pero es que quienes los atienden también son extranjeros. Y las grandes cadenas hoteleras, esas que hacen el agosto durante todo el año gracias a una ciudad que no han construido ellas, tampoco resultan ser catalanas, ni catalanas ni españolas.
Todos son de fuera menos los que sufren las molestias y los costes de la juerga beoda interminable. ¿Qué gana exactamente el barcelonés de a pie con todo esto? No consume el producto, no cobra los sueldos –míseros– que genera el producto, no ve un solo euro del beneficio que ingresa la cadena hotelera con sede en Londres o Nueva York que vende el producto. Sólo padece las calles colapsadas, el alquiler disparado, el ruido de las maletas de madrugada y al chorizo magrebí que anda a la caza de guiris despistados. Pero las élites locales, lejos de plantearse un límite, siguen empeñadas en atraer todavía a más y más turistas. Al tiempo, el comercio local se degrada hasta acabar desfigurado por completo.
Basta pasear hoy por el propio Ensanche modernista, ese mismo centro que las cámaras del Tour mostraron al mundo, para comprobarlo: los bajos donde antes había tiendas de instrumentos musicales, de numismática u ópticas centenarias, ahora han sido sustituidos por salones de uñas y centros de masaje asiático con promesa garantizada de final feliz. Ese es el nuevo tejido comercial, por llamarlo de algún modo, que deja tras de sí el creciente monocultivo turístico de Barcelona. ¿A qué intereses sirve exactamente el alcalde de la ciudad? Porque a los de sus habitantes, está claro que no.
