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Cuando Fidel Castro quiso secuestrar a Sara Montiel

Pretendía cobrar un elevado rescate con el que sufragar su ejército guerrillero.

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Cuando Fidel Castro quiso secuestrar a Sara Montiel
Sara Montiel | Archivo

Convertida en una gran estrella tras estrenarse su película El último cuplé en la segunda mitad de los pasados años 50, Sara Montiel fue contratada para debutar con sus canciones en La Habana, desplegando su repertorio cupletero en la televisión en color que poco antes se había inaugurado en Cuba, acontecimiento pionero en la América de habla hispana.

Nada podía imaginar la artista manchega entonces de que un grupo de guerrilleros de Sierra Maestra, armados hasta los dientes, al mando de Fidel Castro, planeó secuestrarla. Ya unos meses antes los castristas tuvieron cautivo al campeón de automovilismo Juan Manuel Fangio, hasta que se embolsaron un buen puñado de dólares, con los que podían hacer frente a los gastos que les ocasionaba su refugio: armas, vehículos, comidas y bebidas…El dispositivo de seguridad al servicio de la Montiel y la circunstancia de que ésta salía poco a la calle, impidieron el secuestro y consecuentemente el rescate. No recuerdo saber esto en ninguno de los reportajes, series de revistas sobre su vida y libros de memoras donde Sara revelara lo que acaban de leer. Quien ahora lo ha desvelado ha sido Enrique Herreros (hijo) quien, junto a su padre, llevó los destinos de Saritísima en sus mejores años, y hasta el progenitor del cine (una de las figuras más importantes del humorismo) le buscó su nombre artístico.

Enrique Herreros junior acaba de publicar un nuevo libro De polvo eres y en polvo te convertirás (Editorial Edaf) donde con su amenísimo estilo y rica memoria nos cuenta un montón de anécdotas, como ésta que les he entresacado. Muchos nombres conocidos desfilan por las páginas de este interesante volumen, prologado por Luis Alberto de Cuenca. Sara Montiel es quien más está presente. El autor la evoca y con ironía, sin excederse en sus pullas, nos cuenta reveladores datos sobre la idiosincrasia de su representada: que mentía a placer, que se pasaba de diva, negando cariñosamente a actuar a lo mejor muy poco antes de salir al escenario, y otros detalles que volvían locos a los Herrero, padre e hijo. Desmiente Enrique junior aquello que Sarita contó infinidad de veces, cuando aseguraba haberse acostado muchas muy a menudo con el galán francés Maurice Ronet, su pareja en Carmen la de Ronda. Era el año 1959 cuando Ronet tenía por novia a su bella compatriota, la actriz Anouk Aimée, aquella que triunfara en Un hombre y una mujer. Por el contrario, quien fue su amante, siquiera por breve tiempo era el operador italiano Mario Montuori, con quien se refociló durante el rodaje de La Bella Lola. Sus encuentros sexuales tenían lugar en uno de aquellos "meublées" que existían en Barcelona, donde no se les pedía documentación a sus clientes. Cómo sería aquella despampanante Sara que en ese mismo rodaje se llevó al catre al segundo ayudante de dirección, Gonzalo Delgrás, con quien no le importó conquistarlo pese al físico de este cineasta: era de breve estatura, con la espalda deformada y nada agraciado en su físico. Del que se decía que era como un pariente de Quasimodo. Cuando alguien la advirtió de que esa "liaison" nada le favorecía, lo único que se le ocurrió decir fue esto: "¡Pero si es como me acostara con el enano de Toulouse Lautrec…!

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Enrique Herreros refiere en De polvo eres… más anécdotas, algunas sobre sus amores, aunque nunca llegó a casarse y ya no creemos lo haga, en vísperas de cumplir noventa y un años. Una de sus amantes fue la actriz japonesa Miiko Taka, la compañera de Marlon Brando en la película de 1987 Sayonara. La joven y atractiva nipona aterrizó en Madrid el 20 de febrero de 1959, formando parte de un elenco de figuras del cine norteamericano, invitadas en el avión particular de Conrad Hilton. Llegaron para inaugurar en la capital de España otro lujoso hotel de la cadena del mentado míster multimillonario. Van Johnson, Gary Cooper, Jane Rusell… Herreros hijo se las compuso no sólo para sacar a Miiko Taka del hotel y hacerle un reportaje gráfico, sino que por unos días fue el acompañante perfecto de la japonesa, compartiendo lecho los días en que ella estuvo entre nosotros. Se rencontraron en otras ocasiones y ella, que se entusiasmó con nuestra cocina terminaría muchos años después abriendo un restaurante en Los Ángeles donde prevalecían los platos típicos españoles.

Transcurría la segunda mitad de los años 60 cuando Enrique Herreros, muy bien acompañado, se marchó en su automóvil camino de la finca de Luis Miguel Dominguín, "Villa Paz", situada en el término de Saelices, provincia de Cuenca. Cuando fue llegando la comitiva de invitados se quedaron "de piedra". Fuego por todas partes. Aquel incendio, fue intencionado, por supuesto. Pero ¿quién podría haber sido el autor del desaguisado? Dos mujeres se disputaban entonces al torero madrileño: su propia mujer, Lucía Bosé; la otra, su prima Mariví, con la que tenía un incestuosa casi relación. Una de ellas es más que probable, llena de celos, causó aquel delito. Pero, ¿cuál de las dos?

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Luis Miguel Dominguín y Lucía Bosé | Cordon Press

Y otras dos mujeres aparecieron casi a un mismo tiempo, atraídas por el don de gentes de Enrique Herreros, hombre divertido, amén de ser entonces el más importante publicista cinematográfico de España y un avispado periodista, que publicaba en Gaceta Ilustrada y La Actualidad Española verdaderas exclusivas, como aquella del criminal Jarabo (no dejaban en el juicio entrar a nadie con cámaras fotográficas durante el juicio y Enrique logró algunas imágenes) y otra de Tyrone Power (el padre de Romina) comprándole un décimo de lotería a una vendedora ambulante, pocas horas antes de caer mortalmente fulminado por un infarto mientras rodaba en unos estudios madrileños una escena de "Salomón y la reina de Saba". Acerca de esas dos féminas que compartían con él, separadamente claro, un mutuo cariño, Emma Penella fue a lo largo de varias temporadas la novia de Herreros. Una actriz temperamental que con Enrique estuvo disfrutando en un ya lejano Festival de Cine de San Sebastián, que entonces se celebraba en el tórrido mes de julio. Tórrida era también la relación entre ambos. Camino de Madrid, detrás de su coche también viajaban en otro varios productores, entre ellos el entonces primerizo Emiliano Piedra. Al día siguiente, Emma telefoneó a Enrique: "Oye, que me ha llamado Emiliano, que quiere invitarme a cenar. ¿A ti qué te parece?" Herreros le contestó que una actriz de cine no debiera negarle a ningún productor una velada. Resultado: Emma y Emiliano contrajeron matrimonio y Herreros, compuesto y sin novia, continuó soltero.

Pero ¿y la otra mujer con quien también salía… y entraba? Era Charo Palacios, una de las mujeres más elegantes de aquel Madrid de primeros años 60. De familia de académicos vivía en la residencia de profesores de la Ciudad Universitaria. Trabajaba de secretaria en la embajada de Turquía. Se enamoraron no sin "tiras y aflojas", porque ambos siempre fueron muy individualistas. Una noche, en un restaurante, coincidieron Enrique y Charo con Emma Penella. Charo, distraídamente, o ¿fue a propósito? volcó una botella de vino tinto sobre el vestido de su rival. Emma, enrabietada, se marchó inmediatamente a su casa. Charo contaba veintiséis años, nueve menos que él. Dama que había sido novia de Pepe Gandarias, de familia ganadera. Charo se enfadó un día tanto con éste que, enfurecida tomó un cuadro y se lo estampó en la cabeza. Con Enrique Herreros no llegó a tanto y él la recordaría siempre como uno de sus mayores amores, si no el primero. Charo Palacios se casaría luego (ante la pasividad de Enrique, que no deseaba el matrimonio) con el conde de Montarco, después de un tiempo en el que ella trabajaba en una tienda de modas y luego fuera modelo de Elio Berhanyer. Murió en noviembre de 2016.

Enrique Herreros ha escrito un libro que se lee de "un tirón", con capítulos donde recrea las vidas de sus ancestros, y otros haciendo repaso de más novias, en un ejercicio muy aproximado a la técnica novelística. Da gusto entretenerse con páginas así.

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