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Berta Riaza, nonagenaria, vive al cuidado de Julieta Serrano

El beso que dio en la boca de Concha Velasco, la primera vez que eso sucedía en un teatro español.

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Imagen de la actriz | Archivo

Es una de las grandes veteranas de la escena española. Berta Riaza, nonagenaria (en julio cumplirá noventa y uno), maestra de varias generaciones de actrices, ve pasar los días lentamente, ya con niebla en su mente, en su casa a espaldas del madrileño teatro Español. Cuida de ella y se ocupa también de administrar sus ahorros, otra gran figura del arte de Talía, Julieta Serrano. Coincidieron en diversas ocasiones en el escenario: la más recordada cuando en un extraordinario duelo interpretativo, estrenaron Las criadas, de Jean Genet. El Ministro de Información y Turismo, Fraga Iribarne prohibió su representación en Madrid, pero permitió que el público la contemplara en Barcelona. Misterios de la censura franquista. Por lo visto, los espectadores madrileños estaban por debajo del nivel cultural de los catalanes.

Berta Riaza se retiró el año 2003, al advertir que su memoria la traicionaba. Lo hizo tras sus últimas funciones de Tío Vaina y Wit. Toda su vida profesional la dedicó al teatro, pero también a la televisión añorada de aquellos primeros años 60, cuando se programaba Estudio 1. El cine no le hizo justicia, pero es que ella tampoco intentó trabajar para la gran pantalla.

No quiso casarse nunca. Siempre mantuvo que no era una solterona, y que los hombres que admiraba ya los conocía suficientemente en el escenario. Tampoco echaba de menos la maternidad. "Soy feíta, pero simpática", comentó más de una vez con su fina ironía.

Al teatro accedió influida por el ambiente familiar. Sus padres eran maquilladores de cine y teatro. Su primer gran éxito lo obtuvo con el estreno de Buero Vallejo Historia de una escalera, en el María Guerrero. Luego, fue primera actriz con un repertorio del mejor teatro clásico y moderno.

Entre las muchas anécdotas que adornan su biografía, espigamos ésta, de la época en la que representó Abelardo y Eloísa, en la compañía encabezada por Concha Velasco. Tenían una escena complicada: era necesario que se besaran apasionadamente en la boca. Y así tuvieron que hacerlo, con el recelo del escándalo y las habladurías. La primera vez que dos mujeres se comportaban así en un teatro español.

Cuando le llegó la hora de retirarse, Berta Riaza, serena y realista, declaraba que estaba ya cansada y que necesitaba disfrutar de la vida. La de una madrileña que, consultada la fecha de su nacimiento, refleja un dato inexacto en algunas de las enciclopedias que hemos consultado, donde se dice que vino al mundo en 1928. No tiene mucha importancia pero con rigor, digamos que nació un año antes. Ella misma ha mantenido siempre que llegó a este valle de lágrimas el siete del siete de mil novecientos veintisiete. Ni qué decir sobre cuál es su número preferido.

Menuda de estatura, siempre expresó con su voz y ademanes una tremenda fuerza en sus personajes, por lo común de corte dramático. Ha sido galardonada con los mayores premios del mundo artístico. Y en su caso también maestra, profesora de actores jóvenes, a los que años atrás aleccionó cuanto pudo. Ahora, ya ni siquiera recuerda buena parte de sus éxitos y contempla serenamente el paso de los días, alejada de cualquiera de las pompas que suceden en su profesión. Tan poco la frivolidad tuvo nunca que ver con su comportamiento, dentro y fuera de la escena.

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