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La vida aventurera de un playboy llamado Philippe Junot

El primer esposo de la primogénita de los Grimaldi fallece en la capital a los 85 años, tras pasar de rey de la noche a exitoso hombre de finanzas.

El primer esposo de la primogénita de los Grimaldi fallece en la capital a los 85 años, tras pasar de rey de la noche a exitoso hombre de finanzas.
Cordon Press

El término 'playboy', chico divertido, ha ido perdiendo vigencia con el paso de los años y los cambios sociales. Pero en la década de los 70 del pasado siglo todavía se adjudicaba a jóvenes sin profesión definida que, además de llevar una vida de crápula y ser noctívagos siempre con ganas de juerga, solían ser cazadotes: aquellos que se casaban con mujeres de fortuna para no dar golpe. De esas características era Philippe Junot, que acaba de morir en Madrid a los ochenta y cinco años. Nació en París el 19 de abril de 1940. Nadie sabía de él, salvo, naturalmente, su entorno, cuando, al conocerse su noviazgo con la princesa Carolina de Mónaco, se convirtió inmediatamente en un personaje del gran mundo, de la vida social y de la prensa rosa. Aun después de divorciarse dos años después de esa principesca unión, los reporteros del corazón seguían sus pasos, aunque ya no tan habitualmente.

Una biografía en tela de juicio

Lógicamente, al hacerse público que iba a casarse con la princesa monegasca, fue imprescindible conocer el pasado de Philippe Junot. Se le atribuía la fama de ser un inversor y, en el aspecto familiar, de descender de un linaje nobiliario, algo que no pudo probarse. Solo se le atribuía una vida de diversión, con la que se ganó una leyenda en los clubs nocturnos de París: la de ser "el emperador de la noche". Un vividor, un donjuán sin preocupaciones. No sabemos si, como él o alguien de su entorno aseguraban, había terminado la carrera de Derecho, e ignoramos si alguna vez ejerció como abogado, lo que nos parece incierto.

Y ¿cómo conoció a la princesa Carolina? Philippe era atractivo, con una sobresaliente cabeza con aire de antiguo senador romano. Vestía bien. Estaba acostumbrado, por sus correrías, a moverse en círculos sociales. Y fue ahí, en esos ambientes del "tout París", cuando conoció a Carolina de Mónaco en 1973, que estudiaba en la capital francesa, pero el contacto fue todavía de modo superficial. Se reencontraron en 1975 en el transcurso inaugural de una exposición en el Palacio de Congresos parisino, de pintores norteamericanos. Poco le importaba a él ese evento, pero sí le importaba congeniar con la princesa, que era a todas luces guapa y gozaba de su condición de primogénita de Raniero y Grace de Mónaco.

Como todo buen seductor, y Philippe Junot era en eso un maestro, convenció a Carolina para verse, la invitó a cenar y desde entonces despertó en ella un interés inmediato. Se llevaban diecisiete años de diferencia.

Unas fotos comprometedoras

A Philippe le convenía que la prensa conociera sus idas y venidas con Carolina. Y los reporteros de Paris Match y de agencias internacionales estaban encantados de que la pareja estuviera a tiro de sus objetivos. Los captaron en actitud amorosa en la bahía de Saint-Jean-Cap-Ferrat, en plena Costa Azul francesa, con Carolina tumbada encima de Philippe, en topless. Imágenes que se publicaron en Francia y otros países europeos, desde luego en España, procurando que aquí no todas se insertaran en las revistas, por escandalosas. En el Palacio de Mónaco, originaron un lógico problema para Raniero y Grace.

Les sobró tiempo para informarse quién era aquel joven que se permitía mantener con Carolina esa intimidad. Al parecer, el padre de Philippe ocupaba un modesto puesto en el Ayuntamiento de París. Manipulado o no ese dato, que no hemos podido contrastar, en las biografías que aparecieron con motivo de su boda con la princesa, su progenitor figuraba como teniente de alcalde.

El caso es que, debidamente informados, los príncipes de Mónaco desautorizaron aquella boda. Pero Carolina impuso su impetuoso temperamento, su rebeldía, para desobedecer a sus padres. Y la boda se celebró, y vaya si lo hizo, con toda pompa y esplendor.

Un acontecimiento de alto copete

Si Raniero montó en cólera por la decisión de su hija, Grace trató de suavizar el problema. Con ocasión de la visita oficial al Principado monegasco de Carlos de Inglaterra, hizo todo lo posible para que estuviera junto a Carolina el mayor tiempo posible, en los actos públicos a los que acudieron. Pero el heredero de la Corona británica, digamos, «no picó el anzuelo».

Así pues, Raniero y Grace tuvieron que resignarse. Y el 29 de junio de 1978 se celebraron los esponsales en la Catedral monegasca, oficiados por el Obispo del Principado. El día anterior tuvo lugar la ceremonia civil en el Salón del Trono del Palacio Real. Por decisión de Grace, solo un fotógrafo de su total confianza fue autorizado para fotografiar la boda religiosa: había sido el más cercano a ella en su época de actriz de Hollywood.

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La boda de Carolina de Mónaco y Philippe Junot

La aristocracia europea contó con sus personajes más representativos entre los setecientos invitados, junto a antiguos colegas del cine de Grace Kelly, como Ava Gardner, David Niven, Frank Sinatra y Cary Grant. De España estuvieron los Condes de Barcelona, padres de don Juan Carlos, los duques de Cádiz y el duque de Huéscar, primogénito de la duquesa de Alba.

La novia daba el brazo a su padre y padrino, el príncipe Raniero. Vestía Carolina un modelo diseñado por Marc Bohan, mano derecha de Christian Dior. Ella, bellísima a sus veinte años; el novio, de treinta y siete.

El viaje nupcial lo celebraron en Los Ángeles y la paradisíaca isla de Mururoa, en la Polinesia francesa

Y la separación porque él le ponía los cuernos

Todo parecía feliz en la pareja tras aquella boda de cuento. Pero a los dos años, el playboy no pudo resistirse, justo en el mes de agosto, en el segundo aniversario de boda, a los encantos de la modelo Giannina Facio. Fotógrafos avispados los sorprendieron «haciendo algo más que manitas» en una playa. Inmediatamente, el 9 de octubre de aquel 1980, se dictó sentencia de divorcio entre Philippe Junot y Carolina de Mónaco. «A mí no me quisieron nunca en Mónaco», confesó más adelante el playboy.

Quiso la princesa Grace que el Vaticano procediera a la nulidad de aquel matrimonio, porque, tiempo después de su separación de Junot, Carolina quería volver a casarse por la Iglesia con Stéfano Casiraghi. Su madre pidió audiencia al Papa, pero no consiguió sus propósitos. Tendrían que transcurrir doce años, hasta que el 20 de junio de 1992 se produjo aquella solicitada nulidad.

Soltero de oro, siguió con sus conquistas hasta casarse otra vez

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Philippe Junot y Nina Wendelboe-Larsen

Es posible que Philippe Junot se arrepintiera de verdad de haberle sido infiel a Carolina. Al menos, es lo que confesó. Lo cierto es que continuó, de nuevo soltero, con sus conquistas de siempre. Volaba alto. Tuvo amores con Sofía de Habsburgo, Victoria Brynner, Marta Chávarri (con quien acabaría siendo consuegro). Y volvió a casarse, esta segunda vez, en 1987, en un pueblo cerca de Copenhague con la danesa Nina Wendelboe-Larsen, con quien convivió un decenio, siendo padres de tres hijos: Isabelle, Victoria y Alexis. También tuvo en 2005 una niña, Chloe, con la modelo sueca Helen Wendel.

Philippe Junot, ya alejado de la corte monegasca, buscó la manera de ganar dinero. Se convirtió en inversor inmobiliario, también en un negocio de salchichas en los Estados Unidos, e invirtió todo lo que ganaba en otros países. Pasó temporadas en Marbella, donde también adquirió propiedades de pisos y chalés. Fue víctima de una estafa de Bernard Madoff. Pero se recuperó. Y ya en los últimos tiempos se le calculaba un patrimonio oscilante entre los treinta y cincuenta millones de euros.

Refugiado en el cariño de sus hijas

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Poco a poco, conforme iba cumpliendo años camino de la ancianidad, Philippe Junot dejó de ser el indomable donjuán, para convertirse en un padre y, últimamente, abuelo de tres nietos, orgulloso de su familia. Tenía establecida su residencia fija en Cannes, pero viajaba de continuo a Madrid para encontrarse con sus hijas Isabelle y Victoria. La primera, casada con Álvaro Falcó, hijo de Marta Chávarri, a cuya boda Philippe asistió emocionado en 2022 en un palacio de Plasencia. Fue una de las últimas veces que Junot compareció en público y, que se sepa, la última, con ocasión del bautizo de la primera hija de los nuevos marqueses de Cubas, a la que, en honor del abuelo, impusieron el nombre de Philippa.

Ya en los últimos tiempos, Philippe Junot era otro. Si en el pasado, yo mismo, entre otros periodistas, supimos de su mal carácter, había cambiado de actitud y se mostraba menos malhumorado. Tuvo una vida aventurera, desde luego, propia de un conquistador y también fue un brillante hombre de negocios.

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