Poliamor, poliolor y una caída
Ha sido una semana extraña en general, además. Una de esas semanas en las que todo el país camina con una especie de fragilidad de fondo.
Lo más gracioso que me ha pasado esta semana es que me caí en una fiesta. No por el alcohol, no por los tacones, no por torpeza vital. Me caí porque el suelo estaba mal hecho. Una tarima preciosa, con una especie de mármol incrustado, pero con un desnivel invisible (de esos que no ves hasta que ya estás en el suelo).
Estaba bailando salsa, tan feliz, y de pronto… gravedad. Caída limpia. Pero me levanté con gracia, seguí bailando y dije en voz alta "estoy bien, no pasa nada". Porque una no se puede caer y estar mal. Es un lujo que no nos podemos permitir.
Y pensé que eso, en el fondo, es bastante representativo de cómo vivimos ahora. Nos caemos constantemente, pero nos levantamos rápido, sonreímos, seguimos bailando y fingimos que no ha pasado nada (ni emocional, ni vital, ni existencialmente). Como si estar mal fuera un fallo de sistema, algo que hay que disimular rápido, tapar con una foto, con un plan, con una frase ingeniosa.
Ha sido una semana extraña en general, además. Una de esas semanas en las que todo el país camina con una especie de fragilidad de fondo, como si el suelo, en general, estuviera un poco mal construido. Como si de repente nos hubieran recordado que basta un pequeño desnivel para que todo se interrumpa. Y entonces una empieza a preguntarse si no estamos todos demasiado ocupados intentando llegar a sitios, hacer cosas, cumplir agendas, como para pararnos a notar por dónde pisamos.
Estos días se habla mucho de algo que llaman JOMO (Joy of Missing Out). La alegría de no estar. Lo contrario exacto del famoso FOMO, ese miedo constante a perderse algo, a no llegar, a no enterarse, a no estar donde se supone que hay que estar. El JOMO, en cambio, es elegir conscientemente quedarse fuera sin sentir que te estás perdiendo la vida.
Venimos de años de vivir con la sensación contraria (la de que siempre hay algo mejor ocurriendo en otro sitio, con otra gente, en otra vida que no es la tuya). Y de repente el cuerpo, que es más sabio que Instagram, dice basta. Ya no queremos estar en todo. Queremos estar en paz. Y dormir la siesta.
El otro día, mientras me tomaba un Martini en casa, me llegó un vídeo de Antonio Gala entrevistado por Jesús Quintero. Dos hombres hablando despacio, como se hablaba antes. Y Gala decía que deberíamos dejar de mendigar amor por las esquinas. Que el amor no se suplica. Que no se persigue. Que no se negocia como si fuera un contrato emocional temporal. Qué antiguo suena eso hoy (y qué revolucionario al mismo tiempo).
Porque seguimos mendigando amor, solo que con mejores filtros. En likes. En mensajes. En citas que no llegan. En perfumes que nos ponemos como si fueran amuletos. En capas y capas de identidad (layering, lo llaman ahora, a eso de llevar varios perfumes a la vez) a ver si así alguien nos huele, nos ve, nos elige. Entre el poliamor y el poliolor.
Tres perfumes. Cuatro versiones de nosotras. Cinco planes. Seis chats abiertos. Y aun así, el vacío sigue ahí.
Solo que ahora el vacío no huele a nada. Huele a limpio. Como las nubes. Y eso, contra todo pronóstico, no es tan mala noticia.
Porque elegir no estar y no oler también es una forma de estar. Soltar personas que no saben amar. Desengancharse de vínculos tibios. Abandonar dinámicas a medio gas. Renunciar al estar siempre.
Y en medio de todo eso, vivir sola tiene algo de profundamente revelador. No por la soledad en sí, sino por la logística. Hay vestidos que no puedes ponerte sin otra persona (Rosa, vecina, si me lees, muchas gracias). Cremalleras imposibles. Botas hasta la rodilla que te pueden tener diez minutos luchando contra ti misma a la una de la mañana.
La primera bota siempre es la peor. No tienes dónde apoyarte. La segunda ya la haces con técnica, experiencia y resignación (como casi todo en la vida). El otro día me grabé un vídeo para hacer del silencio un fenómeno compartido. Y es que la soledad empieza muchas veces por ahí. Por no tener quién te arranque la bota.
Al final, el verdadero lujo no es no caerse. Es tener a alguien cerca cuando el suelo está mal hecho y esperar que huela a gotas de lluvia y café en el campo.
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