
Trump captura a Maduro y el año empieza con un titular que suena a justicia universal. Por una vez, el mundo parece ordenarse en una narrativa comprensible. Hay culpables, hay consecuencias, hay una sensación (rara, casi reconfortante) de que algo importante sucede ahí fuera.
Y quizá por eso encaja tan bien con nosotros. Porque hay algo profundamente humano —y ligeramente ridículo— en nuestra obsesión por los comienzos. Pasadas doce uvas, de pronto todos limpios. Con propósitos nuevos y pecados viejos convenientemente olvidados.
El circo es siempre el mismo, pero cada año nos parece imprescindible. Como si el tiempo necesitara ser televisado para avanzar. Como si no creyéramos en el calendario, sino en el espectáculo.
Este año que dejamos ha tocado creer. Creer en Dios. En la luz. En lo divino. En la elevación moral vía prime time.
Hace nada analizábamos LUX, de Rosalía, envueltos en una espiritualidad íntima, estética y perfectamente fotografiable. El problema llega cuando lo íntimo se documenta, se ilumina y se convierte en formato, dejando de ser fe para convertirse en decorado. Ahora aparece La Oreja de Van Gogh (con un déjà vu sonoro de "Rayando el Sol" no declarado), vestida de blanco, con capa, proclamando que cree en Dios. Al final todo encaja: blanco, épica suave y una espiritualidad lo suficientemente limpia como para no incomodar a nadie.

Luego está Pedroche. Convertida ya no en persona, sino en concepto nacional. Ella cobrando sesenta mil, él treinta. Él de esmoquin. Ella convertida en manifiesto textil. Luego hablaremos de feminismo, de brecha salarial y de estructuras profundas. Pero primero, como país funcional que somos, hablaremos del vestido.
Y aquí conviene decirlo sin dramatismos: todos hemos sido Pedroche alguna vez. En Ryanair, poniéndonos veinte capas de ropa para no pagar equipaje. En una mudanza, bajando una silla abandonada "por si acaso". En una cena, exagerando un look para justificar nuestra presencia.
La estética de Maduro nunca ha sido la del traje ni la de la corbata, sino la del chándal. Ese chándal omnipresente, herencia del chavismo, convertido en uniforme cotidiano del poder. No es comodidad, es insistencia. El chándal como gesto político, como manera de ocupar el espacio sin elegancia y sin disculpa. No viste para convencer, viste para durar.
Por eso resulta casi coherente (y profundamente simbólico) que, llegado el momento serio, no hubiera traje. Que no hubiera solemnidad. Que no hubiera ni siquiera ese último gesto teatral de respeto al ritual. El chándal no es un descuido: es una declaración. Incluso cuando la justicia llama a la puerta, hay quien decide no cambiarse.
El outfit como estrategia de supervivencia. Como economía doméstica. Como relato.
Y quizá lo único verdaderamente bueno (además de todo lo que pueda significar esta operación que abre el año con titulares de justicia) es que, durante unas horas, se ha hablado un poco menos del horror de Pedroche.
Enero en Occidente funciona así. Cambiamos el calendario y, con él, los modos. De repente todos vestimos más sobrio, más limpio, más correcto. Colores neutros, silencios largos, gimnasios llenos y copas medio vacías. La culpa se disfraza de autocontrol y el exceso se promete para "más adelante". No es disciplina, es una coreografía colectiva.
La moda acompaña al gesto. Abrigos serios, botas prácticas, ropa cómoda que quiere parecer virtud. Nos vestimos como si estuviéramos a punto de recomponernos del todo. Como si el cambio fuera inmediato y bastara con combinar intención con abrigo. La moda sigue siendo preciosa. El problema es cuando creemos que también es redentora.
Las necesidades son volátiles cuando no saben dónde posarse. Conviene recordarlo en enero, cuando confundimos con facilidad lo primario y lo secundario. Vestir es una necesidad básica. Transmitir un mensaje a través de la vestimenta no lo es. Eso pertenece a otro plano, más inestable, más movedizo. Volamos de símbolo en símbolo porque no siempre sabemos qué nos falta de verdad. Por eso la moda, cuando intenta sustituir al sentido, se vuelve ruido. No porque sea frívola (la frivolidad puede ser fascinante) sino porque carga sobre texturas y estampados una responsabilidad que no les corresponde.
No sé si fingir creer nos hace mejores. Menos aún compartirlo. Pero tengo bastante claro que vestirnos de blanco o con cierto significado nos ha vuelto torpes.
El mundo seguirá girando, los titulares cambiarán. Nosotros seguiremos buscando sentimientos, símbolos y gestos mínimos. Vestiremos ideas, posturas y convicciones como quien se prueba un abrigo frente al espejo, esperando que nos quede bien algo que, en realidad, tendría que sostenernos por dentro.
No es grave, es humano. Pero conviene recordarlo. No todo lo que comunica tiene fondo y no todo lo que brilla debe ser interpretado. La fe, la justicia y el sentido no necesitan estilismo. Y quizá eso sea lo único verdaderamente revelador de este inicio de año: que mientras nosotros seguimos obsesionados con el vestido, el poder (cuando cae) puede hacerlo perfectamente en chándal.
