Menú

Sin talones ni Ozempic

Somos tan iguales y, al mismo tiempo, nunca habíamos estado tan obsesionados con ser únicos. Y ahí está la paradoja.

Somos tan iguales y, al mismo tiempo, nunca habíamos estado tan obsesionados con ser únicos. Y ahí está la paradoja.
Cordon Press

Hemos convertido el cuidado en espectáculo y la disciplina en atajo. Pero hay una trampa elegante en todo esto. No es sofisticado pincharse una aguja en el estómago cada mañana para perder cinco kilos; es, como mínimo, una rendición maquillada de progreso. El fenómeno de Ozempic (o zempic, como ya se pronuncia en sobremesas con copa en mano) no habla de salud, habla de prisa. De una urgencia feroz por llegar a un cuerpo que ni siquiera sabemos si queremos o simplemente hemos aprendido a desear.

Descansar la dieta es un acto subversivo; porque implica aceptar que no todo se optimiza (ozempiciza), que no todo se acelera o se corrige. No somos un software a punto de evolucionar. Y adelgazar, lo siento mucho por mis amigos que han sucumbido a los encantos de la aguja milagro, sigue siendo, en esencia, comer mejor, moverse más y aceptarse. Todo lo demás son rodeos caros, cómodos y peligrosamente adictivos.

El otro día, Carmen Lomana dijo que a la belleza había que dejarla descansar. Y en esa frase hay más verdad que en cualquier rutina de ocho pasos con sérums de babas de caracol, esperma de salmón y teínas verdes. Descansar la belleza es casi un gesto de resurrección.

Y es que atravesamos una crisis en la que (por fortuna para los que sabemos hacerlo) no hay mayor verdad que la absoluta ausencia de conciencia mientras duermes. Dormir no cotiza en bolsa; no genera contenido, no se monetiza en un reel. Y, sin embargo, es probablemente el único espacio donde no competimos, donde no nos comparamos, donde no somos marca. Dormir (y reivindicar la siesta, tan injustamente infravalorada y asociada a la pereza) es lo más radical que nos queda. Desaparecer un rato de esta obsesión colectiva por ser alguien.

Mientras tanto, la moda (siempre brillante en su capacidad de exagerar lo que ya está en el ambiente) decide presentarnos unas sandalias que solo cubren el talón. Solo el talón. Chanel firma la jugada. No sé si como broma conceptual o como gesto de lucidez extrema. Pero ahí está. El nuevo lujo es proteger exactamente lo mínimo: el talón de Aquiles convertido en producto y la vulnerabilidad materializada en tendencia. Polémica servida. Y eso es lo que somos ahora mismo como sociedad: un gran conjunto de talones expuestos intentando parecer invencibles.

Nos pinchamos, nos copiamos, nos coreografiamos; bebemos lo mismo, deseamos igual. Misma serie de Netflix. Libro de autoayuda. Idéntico perfume; aroma a lo convencional. Fumamos un dispositivo eléctrico que calienta tabaco y exige enchufe, cargador, cajetilla con plastiquito y cierta fe en el progreso (¡y qué mal huele, por cierto!). Toda una liturgia para algo que antes se resolvía con un mechero. Hacemos cola para comprarnos un café matcha, mientras el champán espera en silencio, ajeno a la prisa y al like.

Somos tan iguales y, al mismo tiempo, nunca habíamos estado tan obsesionados con ser únicos. Y ahí está la paradoja. Estamos clonándonos, pero nos creemos excepcionales. Consumimos las mismas referencias mientras defendemos una identidad propia que, en el fondo, está construida a base de algoritmos. Queremos diferenciarnos sin renunciar a pertenecer; y en ese equilibrio imposible, acabamos perdiendo ambas cosas.

Les escribo desde la Caja Mágica; entre ostras y el olor reconocible de Laurent-Perrier. Aquí no hay teoría que valga: hay ruido, hay vida, hay hambre. Hay puros. Puro humo. Puro fuego. Se brinda, se repite, se celebra sin pedir permiso. Y se vuelve a brindar. Y el champán (bendito) tiene algo que el café matcha nunca tendrá: no necesita cola, sed, un color corporativo y una moda viral para existir. Y por supuesto: lo más importante, el tenis.

Reza el brindis legionario que quien bebe, se emborracha; quien se emborracha, duerme; quien duerme, sueña; y quien sueña, no peca. Puesto que al cielo vamos, bebamos... Quizá la verdadera felicidad, como dice un amigo mío, sea pecar y tocar el cielo.

Temas

En Chic

    Servicios

    • Oro Libertad
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida