
Nos estamos riendo de unas frutas que se engañan, se embarazan y se vengan en treinta segundos. Y, sin embargo, no hay nada más serio que eso. Naranja casada con Banana Negra. Banana Negra acostándose con Limón que es la mejor amiga de Naranja. Dos embarazos simultáneos. Un hijo que no encaja. Un accidente aéreo. Una resurrección. Shakespeare, pero sin tiempo para pensar.
Lo inquietante no es la simpleza del formato, sino la precisión del fondo. En medio minuto, esas frutinovelas condensan todo lo que llevamos décadas intentando desmontar: celos, posesión, traición, venganza. Lo arcaico servido en cápsulas de la IA con acento mexicano. Nos reímos porque son frutas. Pero entendemos cada gesto como si fuera nuestro. Herida, reacción, justificación, relato. El mismo esquema.
Y entonces todo se parece demasiado a la vida real. A esas conversaciones (que no son discusiones, aunque lo parezcan) que tengo con JJ sobre el ego, el alma y esa supuesta capa lógica que él defiende. Él dice que todo es ego o alma. Yo sigo pensando que casi todo es relato. Porque el despecho no es una emoción. Es un guion. Y acostarse con alguien por despecho no es deseo, es narrativa. En esto estamos de acuerdo. En el vacío entre el ego y el alma él no.
A Isabel Díaz Ayuso le gusta la fruta. A mi entrenador de boxeo más aún. Y es que TikTok nos ha quitado el pudor, en un KitKat (Katy Queity como me llama JJ).
Y es que en tiempos de hurto de camiones llenos de chocolatinas que ya no sabemos si son noticia o campaña, hemos aprendido a dudar de todo menos de lo que sentimos mientras miramos.
Les escribo desde Val de Neu, en Baqueira. Hoy es Domingo de Resurrección, el día más importante del año para cualquier católico. Ya partimos a Madrid y, entre curvas y atascos (me imagino), intentaremos llegar a la misa de las nueve.
En medio de todo esto no deja de ser cuando menos irónico que hablemos de resurrecciones (de frutas, de historias, de versiones de nosotros mismos) justo hoy. Obviando la única resurrección que merece la pena. Porque solo Dios convierte el final en principio y solo Él sabe lo que significa volver para siempre.
