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Vacas perdidas

No eran pasajeros de un tren. Ni maletas perdidas en Barajas. Ni votos en un escrutinio. Eran veintiséis vacas.

No eran pasajeros de un tren. Ni maletas perdidas en Barajas. Ni votos en un escrutinio. Eran veintiséis vacas.
Katy Mikhailova y dos vacas observando detrás. | Katy

Hay lugares donde uno mira el reloj. Y otros donde acaba olvidando que lleva uno en la muñeca. Estos días estoy en la finca Los Ángeles, de los hermanos Teruel. Miles de hectáreas extremeñas que esconden dentro de sus lindes el embalse de Valdecañas. Me acompañan el torero Ángel Teruel y mi amigo, el arquitecto Borja Esteras. Uno vive pendiente del ganado. El otro, de levantar edificios. Yo, de intentar entender por quí aquí el tiempo parece obedecer otras leyes.

La prueba llegó la tarde del pasado jueves: "Faltan veintiséis vacas". No eran pasajeros de un tren. Ni maletas perdidas en Barajas. Ni votos en un escrutinio. Eran veintiséis vacas. Subimos a un todoterreno y empezamos a recorrer la finca. Encinas, polvo, caminos, cercados, lomas y kilómetros de dehesa. Yo esperaba cierta tensión. Alguna carrera. Algún gesto de urgencia. Pero nadie corría. Simplemente había que encontrarlas. Al cabo de un buen rato, aparecieron. Habían decidido cambiar de zona. Como quien cambia de terraza un sábado por la tarde. Fin del misterio.

Y entonces entendí que la historia nunca había sido las vacas. Era el tiempo. O, mejor dicho, la cobertura. Porque mientras buscábamos veintiséis vacas, me di cuenta de que el móvil llevaba más de una hora sin señal. Y, curiosamente, nadie parecía preocupado. En Madrid habría sido una catástrofe. Y aquí era casi una buena noticia. Qué curioso que hayamos llegado a un punto en el que perder la cobertura nos angustia más que perder el tiempo. O quizá sea al revés. Hace tiempo que confundimos estar conectados con estar presentes.

Mientras tanto, media España lleva días analizando quién sale con quién. Si un futbolista de la selección ha rehecho su vida demasiado deprisa, si la nueva novia ya aparecía en alguna foto antigua, si un "like" significa algo o absolutamente nada. Lo curioso no es el cotilleo (el cotilleo existe desde que el ser humano descubrió el fuego), sino la convicción de que nuestra atención es un recurso infinito. Nos sabemos de memoria la vida sentimental de alguien a quien nunca hemos visto en persona y, sin embargo, somos incapaces de recordar la última vez que una mirada nos hizo perder la noción del tiempo (sensación que yo llamo "amor").

Este verano volveremos a leer artículos sobre "la cala secreta que debes visitar antes de que se masifique", "el restaurante del que todo el mundo habla" o "el pueblo escondido que aún no conoce nadie". Lo leerán millones de personas. Irán millones de personas. Y el secreto morirá de éxito antes de que termine el verano.

Por eso cada vez entiendo mejor el atractivo del campo. No porque sea más auténtico (esa palabra ya está demasiado explotada), sino porque todavía conserva un lujo que las ciudades han ido perdiendo sin darse cuenta: la posibilidad de desaparecer un rato.

Desaparecer del mapa. Del correo. De WhatsApp. Del ruido. Y comprobar que el mundo sigue funcionando exactamente igual. Mientras nosotros perseguimos notificaciones, allí la preocupación era bastante más sensata: localizar veintiséis vacas que habían decidido explorar otra parte de la finca. Supongo que cada uno pierde lo que considera importante. Ángel perdió unas vacas durante una tarde. Nosotros llevamos años perdiendo personas por no saber quedarnos quietos el tiempo suficiente para quererlas.

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