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PISA: seguimos sin aprender la lección

Nada ha cambiado sustancialmente. Llevamos dos décadas perdiendo pie, con notas cada vez más bajas y alejándonos de los que mejor lo hacen.

Nada ha cambiado sustancialmente. Llevamos dos décadas perdiendo pie, con notas cada vez más bajas y alejándonos de los que mejor lo hacen.
Alumnos esperan para comenzar su primer examen de la PAU 2026, en la UCM. | Europa Press

Viendo algunos titulares parecería como si lo del último Informe PISA, publicado esta semana, fuera una enorme sorpresa. Algo inesperado. Un bofetón que no sabemos de dónde viene.

La magnitud del desastre para la educación española puede que sí sea relativamente llamativa. Pero la tendencia es la misma de los últimos 20-25 años. Nada ha cambiado sustancialmente. Llevamos dos décadas perdiendo pie, con notas cada vez más bajas y alejándonos de los que mejor lo hacen. ¿Qué en esta ocasión el batacazo ha sido algo más fuerte de lo previsto? Quizás, pero sería una cuestión de matiz. Lo relevante (hacia dónde nos dirigimos) no se ha modificado.

Lo que sí ha sido significativo es la reacción, muy previsible. Como ya no cuelan las excusas del tipo "y tú más", porque caemos más que casi todos los países, se ha tenido que buscar un culpable que sea relativamente popular y ante el que los responsables parezcan impotentes: las pantallas. Si hasta Pedro Sánchez ya le declaró la guerra a los tecno-oligarcas hace unos meses. Pues ahora, con más razón, nos dicen que no solo nos saturan de influencers de extrema derecha que no nos dejan ver todo lo que está consiguiendo este Gobierno; además, están impidiendo que nuestros niños estudien. Cualquier cosa con tal de no reconocer el fracaso del modelo que lleva vigente en España desde hace cuatro décadas o de no admitir que los problemas de las escuelas públicas (también privadas y concertadas, pero menos) en nuestro país van mucho más allá de si hay aire acondicionado en las aulas.

Lo primero, antes de que nadie mire al árbitro: PISA es un examen de un organismo gubernamental (la OCDE) y, si acaso, tirando a intervencionista. Es decir, si tiene un sesgo es más bien pro-socialdemócrata que otra cosa. Esto no invalida sus resultados (que, por cierto, tampoco debemos interpretar como si fueran las Tablas de la Ley, grabadas en piedra), pero que no nos digan que es fruto de la maquinación de un oscuro lobby de empresarios que quiere privatizar el sistema (más bien al contrario, en los informes de la OCDE sobre educación se intuye una sospecha poco fundada, de acuerdo a sus propios resultados, a la competencia o el mercado).

Dicho esto, lo que los resultados de PISA llevan mostrando desde hace veinte años es bastante consistente, en España y en muchos otros países.

1 No es el dinero, es el modelo

Dentro de dos semanas esto volverá a ser la parte central de cualquier conversación sobre el tema; pero, esta vez, algo hemos avanzado, al menos en el corto plazo. Porque lo más normal en cada edición de PISA es que los malos resultados fueran asociados a la falta de inversión, los recortes, el número de alumnos por aula o cualquier otra cuestión presupuestaria. En España, cada vez que se habla de educación, lo primero es mirar a los PGE y a cuánto nos gastamos. Y no, el principal problema no está ahí.

Cualquier mirada a los resultados ya indica que el gasto por alumno es una cuestión secundaria. Por supuesto, hay unos mínimos (que todos los países desarrollados alcanzan); pero, a partir de ese punto, lo que importa es en qué te lo gastes. Así, muchos de los países con mejores notas (Estonia, Polonia, varios de los asiáticos) están en la media o incluso por debajo en gasto por alumno. Enfrente, hay otros de elevada renta per cápita (Noruega, Luxemburgo) que tienen resultados más bien pobres.

No tenemos ni siquiera que irnos al extranjero. En España tenemos un campo de pruebas muy bueno, porque cada autonomía tiene las competencias en educación. Por eso los resultados del País Vasco y Madrid (las dos regiones de las que más se ha hablado estos días) son tan significativos: una es la que más gasta por alumno, a la otra la acusan siempre de infrafinanciar la educación o estar arrasando los servicios públicos. De nuevo, de la realidad al discurso hay un enorme trecho:

País Vasco y Navarra. En un país normal sus notas en PISA desatarían una tormenta política descomunal. En España, intuimos que en unas semanas ya nadie hablará de esto.

Decíamos antes que el dinero es un factor poco relevante. Pero esto no es del todo cierto. Sí lo es en cuanto al gasto público (a partir de un mínimo, repetimos) pero no tanto en cuanto a las condiciones generales del país. En PISA y en cualquier otra métrica sobre educación, los alumnos de los países y regiones más ricos, con más porcentaje padres-madres con educación superior, suelen sacar mejores notas. Es lógico. Digamos que esos jóvenes tienen un punto de partida de cierta ventaja.

En España, esa lógica casi se invierte. Las tres regiones más ricas y con familias con un nivel socio-económico-cultural más alto son Madrid, País Vasco y Navarra (de lo de Cataluña y la manipulación de la prueba, ni hablamos). Pues bien, en los resultados, mientras que Madrid es la primera, las otras dos se hunden al fondo de la clasificación. Así, Navarra, que era una de las del grupo de cabeza hace apenas diez años, ahora está en la media o por debajo. Y el País Vasco es la que peor lo hace en lectura y la penúltima en Ciencias. Es decir, no sólo no lo hacen un poco mejor que las regiones más pobres (sería lo normal si sus sistemas educativos fueran de similar calidad), sino que lo hace mucho peor. ¿Razones? Pues todos intuimos un sistema educativo hiperideologizado y tomado por el nacionalismo, con la imposición del euskera como bandera. ¿Que tu obsesión político-identitaria está destrozando el futuro de tus jóvenes, en especial de los de familias de menos ingresos que no pueden acudir a la concertada o privada? Bueno, víctimas colaterales en la construcción de la arcadia tribal.

Madrid. Frente a los resultados de País Vasco y Navarra, destaca Madrid. En Educación, como en Sanidad, la región no sólo no es ese infierno privatizador y de destrucción del tejido público que nos pintan los medios de izquierda (muy callados en este tema en lo que hace referencia a Madrid en los últimos días), sino que es la menos mala de las comunidades españolas. Ni mucho menos sus notas en PISA son para tirar cohetes (mediocres o correctas sin más, según queramos ver el vaso medio vacío o medio lleno), como no lo son sus indicadores de la sanidad pública; pero, comparada con el resto, es un oasis de buena gestión. Y sí, el hecho de que consiga estos resultados con menos gasto (que es lo que siempre se le achaca, los recortes) es otro elemento positivo: ser el mejor, aunque sea sólo el menos malo, gastando menos que los demás, es síntoma de eficiencia.

2 ¿Y qué modelo?

Pues olvidémonos de los detalles. Porque siempre discutimos sobre los temas menores (que si pantallas en las clases o no, que si más o menos porcentaje de alumnos en escuelas públicas o privadas, que si reducir el tamaño de los grupos…) y olvidamos lo sustancial.

Los sistemas que funcionan comparten dos cosas: exigencia y competencia. Es decir, se intenta igualar por arriba, con la búsqueda de la excelencia y se aprieta a los alumnos para que lo logren (importante: al hacerlo, se les manda el mensaje de que se confía en que podrán llegar hasta donde se les pide). Y se premia a los profesores y a los alumnos que mejor lo hacen, que compiten entre sí por ser cada vez mejores.

Cómo lo hace cada país. Ahí sí puede haber particularidades. Los asiáticos, por ejemplo, generan la competencia entre los alumnos desde arriba, con unas universidades muy exigentes en su acceso; otros lo hacen con sistemas encubiertos de cheque escolar (las escuelas públicas y privadas tienen cierta libertad decidir sobre temas curriculares y organizativas, y a cambio reciben su financiación según los alumnos que atraigan); otros tienen potentes exámenes universales y con consecuencias en función de los resultados (para alumnos y maestros); y los hay que diseñan carreras profesionales exigentes y prestigiosas para sus profesores (con rendición de cuentas, por supuesto). Pero lo fundamental está presente en todos: niños y mayores saben que su futuro depende en parte de su esfuerzo.

En este sentido, me imagino que la nueva moda será mirar a Inglaterra. Un país que lo está haciendo mal en tantos otros temas (por ejemplo, con un desempeño económico más que mejorable), pero que en PISA lo ha hecho bastante bien en la última década (al menos, en comparación con los demás y, sobre todo, en comparación con sus vecinos escoceses). Y servirá para reivindicar el modelo viejuno que se puso en marcha en 2011: más lectura, matemáticas, disciplina, exámenes… No seré yo el que cuestione el sistema tradicional (que es el que más me gusta), pero creo que también perderíamos el centro del debate si nos fijamos sólo en el detalle de estudiantes leyendo a los clásicos con 15 años. Sí, eso también es importante. Pero la clave es que ese modelo tradicional es otra forma de desarrollar lo fundamental: exigencia y competencia.

3 Pantallas

A mí no me gustan. Y también miro con desconfianza a los efectos que pueden tener sobre la atención o la lectura. Pero no nos confundamos. Podemos tirar las pantallas a la basura y, si no cambiamos nada del punto anterior, las notas no mejorarán o lo harán de forma marginal. Algunos de los países que mejores resultados tienen en PISA (de Estonia a los asiáticos) también son algunas de las sociedades más digitalizadas del planeta. Hace cinco años no había IA y hace 10 no había TikTok; pero las notas de España ya daban pena. ¿Ahora van a peor? Sí, pero intuyo que aquí tenemos un candidato fácil a culpable del año para, entre otras cosas, no tocar lo otro, aquello en lo que habría que pisar muchos callos.

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