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La pregunta sin respuesta del Brexit

Diez años después, la duda no reside en por qué se fueron los británicos, sino en si los demás quieren quedarse.

Diez años después, la duda no reside en por qué se fueron los británicos, sino en si los demás quieren quedarse.
Un manifestante pro-UE, esta semana, durante una protesta contra el Brexit, en Londres. | EFE

Parece claro que el Brexit no ha resuelto ninguno de los problemas realmente relevantes de Reino Unido. Diez años después del referéndum (la efeméride se cumplía esta semana) la economía y la política británica siguen teniendo la misma pinta que entonces: no muy buena. Lo digo desde la distancia geográfica, pero con una cierta cercanía periodística (leo prensa británica con una cierta frecuencia). Y con la simpatía que siempre he sentido por el estilo de vida british (si es que todavía existe, que ésa es otra).

En unos días tendremos con nosotros al séptimo primer ministro en poco más de una década. Y las encuestas nos dicen que si mañana se celebrasen elecciones, los dos grandes partidos podrían recibir una somanta de palos histórica. En cuanto a la economía, pues tampoco hay nada que invite demasiado al optimismo: inflación elevada, poco crecimiento, no demasiado dinamismo… De hecho, por no servir, el Brexit no ha servido ni siquiera para aquello que se suponía que estaba pensado: atraer inversiones de otras grandes regiones económicas o parar la inmigración (han dejado de llegar comunitarios, pero han sido sustituidos por otros colectivos).

Dicho esto, ni tan mal. Ya en 2016 apuntábamos que a corto plazo era muy complicado que el Brexit saliera bien. Al final, no dejaba de ser, si todo marchaba y se negociaba con suavidad, una forma de poner barreras con tus principales socios comerciales. Así, uno mira las cifras de crecimiento acumulado por las grandes economías europeas en esta década y casi le asombra que los británicos aparezcan donde lo hacen, un poco a mitad del pelotón, ni los mejores ni los peores (un poco peor que Francia, un poco mejor Alemania). Visto el caos vivido en sus gobiernos, que además han acumulado mediocridades y pésimas decisiones; y tras una pandemia que debería haber impactado especialmente a un país tan dependiente de ciertas importaciones; a ver si al final vamos a tener que decir que ha sido un éxito.

En todo caso, lo que más llama la atención esta semana no es la mediocridad de la economía británica de la última década. Lo que debería hacer que levantásemos la ceja es lo del resto: los que se quedaron. No digo que estos diez años hayan sido un camino de rosas para nadie. Pero nos dijeron que el shock de la primera salida de la UE serviría para unir a los que se quedaban, que sería el trampolín para que nos pusiéramos las pilas, un acicate para demostrar a los británicos que se equivocaron. No ha sido así. Lo mejor que podemos decir es que salir de la UE no acaba con los problemas que puedas tener; quedarse, tampoco.

Esta semana, la noticia desesperanzadora venía, de nuevo, de Alemania, con el anuncio de Volkswagen de que recortará 100.000 empleos en todo el mundo por la crisis del sector automovilístico. Hablamos de uno de los pocos ámbitos de la industria en los que Europa era líder hace veinte años. A comienzos de siglo, parecía que era una de nuestras únicas bazas ganadoras. Coreanos y japoneses nos incordiaban (en el mejor sentido), pero incluso así, las marcas del Viejo Continente tenían ventajas competitivas potentes y mercados en los que dominaban con cierta comodidad. Ya no. Ahora mismo la sensación es de desplome, de que somos incapaces de hacer frente a los recién llegados, sobre todo chinos.

Si fuera sólo una cuestión de innovación o de destrucción creativa, no cabría más que aguantarse. El problema es que también aquí sentimos que nos hemos dado un tiro en el pie. La transición acelerada al vehículo eléctrico ha sido impulsada por la normativa comunitaria. Hemos puesto palos en las ruedas a uno de nuestros sectores líderes. Hablamos de un producto en el que el efecto acumulado es importante: nadie quiere ser el único que tenga un eléctrico o uno de gasolina: por bueno que sea tu coche, el coste de ser una minoría (desde encontrar donde repostar-recargar a los talleres y recambios) es un freno al cambio. Se podía haber dejado al mercado a su aire, a ver cuánto tardaba la transición. O puestos a favorecer políticamente una u otra opción, lo lógico desde Europa habría sido apostar por el coche de combustión, aunque sólo sea porque era el tuyo. Pues no, hemos hecho lo posible por fastidiar lo de casa.

Por todo ello, la pregunta no es la que nos han repetido hasta la saciedad esta semana. Esa hipótesis de, si hubiera un nuevo referéndum, ¿cuántos británicos volverían a votar Brexit y cuántos pedirían volver a la UE? Para empezar, porque mi sensación es que, para bien y para mal, han pasado página.

En realidad, el interrogante sigue siendo el mismo que hace diez o cinco años. Piensen en los países más ricos de la UE (Dinamarca, Suecia, Holanda…) E imaginen que no hay costes de transición. Es decir, que no hay referéndum, ni negociaciones ni ruptura traumática. Simplemente, se despiertan un día y pasan de estar en la UE a estar fuera, pero con un estatus similar al de noruegos o suizos. ¿Qué votarían en esos países ante este escenario? Durante estos diez años, siempre he pensado lo mismo: todos votarían por el formato suizo. Es verdad que nunca lo sabremos, porque hay muy pocas opciones de que se plantee la cuestión. Pero intuyo que casi todos pensamos que, como mínimo, el resultado sería muy ajustado. Y eso sí es dramático para el proyecto europeo: la sensación de que lo mejor que puede ofrecer no es la ilusión a futuro, sino el miedo a la ruptura y a sus costes.

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