
Si algo estamos aprendiendo este verano es que, si no tienes un ático, prácticamente no existes. No hay conversación inmobiliaria, política o social que no termine desembocando en uno. Da igual quién lo compre, quién lo venda o quién viva en él. Los áticos se han convertido en la unidad de medida del éxito. Parece que ya no aspiramos a tener una buena casa, sino una casa desde la que mirar por encima del resto. Yo también vivo en un ático. Uno de principios del siglo XX. Y, sin embargo, el verdadero lujo de mi casa no está en la terraza. Está en el baño. Concretamente, en un objeto que las nuevas promociones inmobiliarias parecen haber declarado en peligro de extinción: el bidé.
Hace unos días escuchaba un podcast en el que alguien contaba que había visitado una casa de once millones de euros. Once millones. Piscina, gimnasio, cine, bodega, vestidor más grande que mi salón… Ni un solo bidé. Y pensé una frase que resume bastante bien el mercado inmobiliario de 2026. "Seréis ricos, pero tenéis el culo sucio". Puede sonar provocador, pero tiene bastante más profundidad de la que parece. El bidé es probablemente el mayor símbolo del lujo silencioso. No presume. No sale en Instagram. Ningún agente inmobiliario abre una puerta diciendo: "Y aquí tenemos una pieza que cambiará su vida". Nadie organiza una fiesta alrededor de un bidé italiano de porcelana. Pero ocupa espacio. Y hoy el espacio vale oro.
El bidé nació en la Francia del siglo XVIII, cuando ducharse cada mañana no era precisamente una costumbre. Era un invento práctico, higiénico y sorprendentemente sofisticado para su época. Después llegaron las duchas, la fontanería moderna y la posibilidad de hacer en dos minutos lo que antes requería todo un ritual. Su función dejó de ser imprescindible. Lo curioso es que no solo dejamos de usarlo. Empezamos a avergonzarnos de él. Hace décadas todas las casas españolas lo incorporaban casi por defecto. Hoy es el primer condenado cuando llegan las reformas. Hay que ganar centímetros para la ducha efecto lluvia, para el mueble suspendido o para que el arquitecto pueda decir que el baño "respira". El pobre bidé acaba desterrado. Curiosamente, cuanto más cara es la vivienda, menos probabilidades hay de encontrar uno.
Nos hemos convencido de que la sofisticación consiste en tener una cafetera que habla con el móvil, un frigorífico con inteligencia artificial o una cocina donde nadie cocina. Mientras tanto hemos jubilado el único elemento que nunca pretendió impresionar a nadie. Solo hacerte la vida un poco más cómoda. Quizá ahí esté la paradoja. Antes el lujo consistía en vivir mejor. Ahora consiste en parecer que vives mejor. Hay una enorme diferencia. Porque un ático impresiona a tus invitados. Un bidé, en cambio, solo mejora la vida de quien vive allí. Y quizá esa sea la definición más elegante del lujo. El que no necesita hacerse fotos. El que no se presume. El que simplemente funciona.
Aunque, siendo completamente sincera, tampoco soy la persona más indicada para liderar la resistencia. Porque mi bidé hace tiempo que dejó de cumplir la función para la que fue creado. Hoy sostiene un pantalón que todavía no está suficientemente sucio para ir a la lavadora, pero tampoco lo bastante limpio para volver al armario. Encima suele descansar una camiseta, una toalla y, con frecuencia, el albornoz. En realidad, mi bidé ha acabado convertido en la silla del dormitorio… pero en porcelana. Quizá ese sea el destino inevitable de todos los supervivientes. Y, aun así, cada vez que alguien reforma un baño y decide eliminar uno, siento que desaparece un pequeño símbolo de una época en la que el lujo consistía, simplemente, en vivir un poco mejor.
